8. El árbol sagrado como centro del espacio ceremonial vasco

Guillermo Piquero.

La representación arquetípica del Árbol del Mundo como axis mundi, parte siempre de su ubicación simbólica en el “centro” de un territorio o espacio ceremonial concreto. Desde ahí sus raíces se hunden hasta el Mundo Subterráneo y sus ramas se expanden hacia el Cielo. Por tanto, raíces, tronco y ramas son reflejo de los tres niveles del universo cosmológico chamánico (Inframundo, Tierra y Cielo). Esta representación, con las particularices propias de cada cultura concreta, está ampliamente extendida entre culturas arcaicas de todos los continentes. Quizá el ejemplo más conocido sea el Yggdrasil de la mitología nórdica, pero existen otros muchos como el Ashvatha Hindú, el Kiskanu babilónico, el Gaokarana persa, el Kien-mou chino, el Sicomoro egipcio, el Yaxche maya,…

 

“Encontramos en el árbol sagrado no solo una representación cósmica que heredamos de los antiguos mitos del árbol del paraíso o del árbol universal que sostiene y contiene el mundo entero; sino una encarnación de la propia divinidad o espíritu de la tierra y, al mismo tiempo, del templo que en las viejas tradiciones era el árbol o el bosque. Y esta idea del Dios-Templo resulta arcaica y a la par novedosa en nuestro contexto cultural en el que las religiones han evolucionado desde hace muchos siglos hacia los cultos y rituales que se practican en templos artificiales, erigidos muchas veces en los mismos enclaves dónde tenían lugar los ritos paganos.” Ignacio Abella, “La cultura del tejo.” 

 

Desde el punto de vista de lo sagrado femenino, la vinculación simbólica del árbol con la matriz de la Diosa y la regeneración de la vida, puede constatarse en un rito enraizado en numerosas culturas indígenas que consiste en enterrar al pie de un árbol, de manera ceremonial, la placenta que protegió al bebe durante su estado de gestación. Resulta realmente asombroso el parecido de la placenta (junto a su cordón umbilical) con la fisionomía del árbol. Sabiendo como sabemos, que para las culturas animistas, las formas de la naturaleza evocan siempre información y conceptos que las trascienden, podríamos interpretar que los árboles, o más bien los bosques, serían la placenta o membrana de protección de nuestro planeta, sin bosques nuestro planeta estaría pues desprotegido física y espiritualmente. De ahí el nombre de “Árbol de la Vida”.

 

 A la izquierda, "arbol del mundo" como axis mundi. A su derecha, fotos de placentas. "En  la tierra fértil (útero) crece un árbol (placenta) que a través de la savia (alimento) que corre por su tronco (cordón umbilical) genera el fruto (bebé)."

 

Este sentido umbilical del tronco del árbol mundo, dota a su vez de pleno sentido la definición del concepto cosmológico chamánico del “centro” como “ombligo”, como la abertura a través de la cual, uno puede adentrarse (en espíritu) al interior de la matriz de la Diosa/Mari. Por otro lado y desde un punto de vista biológico, la interpretación del bosque como una “membrana protectora” o placenta que protege y alberga en su interior la VIDA con mayúsculas, es también perfectamente entendible: atrae las lluvias y sostiene los manantiales, produce frutos y medicinas, da refugio a infinidad de formas de vida y proporciona la madera con la que se puede construir prácticamente de todo. La cosmovisión de las culturas preindoeuropeas estaba por tanto, indisolublemente unida al bosque, hogar y templo de nuestros ancestros.

 

"Antes de que nacieran las religiones y las civilizaciones humanas, los primeros templos se encontraban ya al pie de los árboles, en lo más profundo del bosque o en los claros de las inmensas selvas que poblaban Europa. […] Se calcula que no queda ni siquiera un 1 % de los bosques que cubrían, hace apenas un par de milenios, cuatro quintas partes de Europa Occidental. […] toda Europa era un bosque formado por florestas inmensas, interminables. […] Podríamos decir que los europeos fuimos vecinos de un mismo bosque y que toda Europa era el País de los árboles y nosotros, habitantes e indígenas de aquella selva que proveía lo necesario para nuestra subsistencia e inspiraba nuestras más profundas creencias y formas de entender la vida.” Ignacio Abella, “La memoria del bosque. Crónicas de la vieja selva europea.”

 

 

Sobre la magnitud de aquellos bosques dice Julio Cesar sobre la selva Herciniana (Europa Central) en el "Libro VI de la Guerra de las Galias":

 

"La selva Herciniana […] no tiene medidas itinerarias. Comienza en los confines de los helvecios, remetes y rauracos, y por las orillas del Danubio va en derechura hasta las fronteras de los dacos y anartes. Desde allí tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río y, por ser tan extendida, entra en los términos de muchas naciones. Ni hay hombre de la Germania conocida que asegure haber llegado al principio de esta selva aun después de haber andado sesenta días de camino o que tenga noticia de dónde nace. […]

 

Respecto a la Selva de las Ardenas (Bélgica y Francia), dice César un poco más adelante:

 

"La mayor de la Galia, que de las orillas del Rhin y fronteras de los trevirenses corre por más de quinientas millas."

 

 

Los habitantes de aquellas "selvas" (silva en latín significa “bosque”) eran llamados por el Imperio romano "salvajes" (silvaticus o salvaticus en latín vulgar), gentes y culturas que vivían integradas y fusionadas con el bosque, y cuyas costumbres resultaban repulsivas para quienes hacia siglos que habían elegido a la civilización sobre la naturaleza (de ahí que utilizasen de forma peyorativa la palabra salvaje, y así ha seguido hasta nuestros días.) Su equivalente preindoeuropeo o euskeriko es Basati (con la raiz Bas- que significa bosque) y así también, en algunas zonas de Navarra se conoce como Basoko Mari (“Mari del bosque”) a la Gran Dama vasca, quién entre sus múltiples apariencias, suele manifestarse también en forma de árbol. En el mismo sentido, una hipótesis etimológica que se ha mantenido a lo largo de los siglos expone como la misma palabra “vasco” proviene de "Basoko" (del bosque), lo cual parece bastante verosímil al menos en su trasfondo filosófico, pues de lo que no cabe duda es de que nuestros antepasados sentían y comprendían al árbol como un igual, pues así ha quedado reflejado en el euskera, dónde se da un extraordinario paralelismo entre la forma de denominar a las partes del árbol y las de nombrar al cuerpo humano:  

 

Izerdi significa sudor y savia.

Gerri, tronco y cintura.

Azal, piel y corteza.

Beso, rama y brazo.

Adaburu,  copa del árbol (de adar, rama y buru, cabeza).

Adabegi, nudo de la madera (de adar, rama y begi, ojo).

 

Esta simbiosis árbol/humano que contiene el euskera como reflejo oral de la ancestral cosmovisión preindoeuropea, nos resulta también esclarecedora desde el punto de vista de las cosmologías chamánicas, pues nos permite interiorizar la idea de que los conceptos de Cielo, Tierra e inframundo, no son exteriores al ser humano, sino parte intrínseca de nuestro propio cuerpo y nuestra propia consciencia.

 

El pueblo vasco que, como reminiscencia cultural de un pasado espiritual que aún sigue latente en su folklore y sus costumbres, guarda aún su culto reverencial hacia los árboles en el simbolismo (indoeuropeizado y patriarcalizado) del Árbol de Gernika, vive hoy, mayoritariamente, huérfano de bosques y vida salvaje, rodeado de plantaciones de especies exógenas que secan la fertilidad de sus valles y montañas. Parece ser, por tanto, que se ha olvidado lo obvio: que el árbol (de Gernika) es en última instancia un símbolo del bosque, del contexto natural y sagrado en el que se originó y se desarrolló durante milenios la cultura de l@s vasc@s (Basokoak, Basatiak).  

 

"El bosque sagrado ha sido escenario de las reuniones de carácter político y social, ya fueran asambleas vecinales o parlamentos de una tribu, un pueblo, una comarca o un país. La imagen del consejo o asamblea del bosque continúa presente en nuestro imaginario colectivo de muchos modos distintos. (...) En definitiva, casi siempre árboles sagrados, pero también bosquetes o arboledas de donde, con el tiempo, el árbol único parece haberse segregado, sobreviviendo como una representación del antiguo bosque. (...) Así en el País Vasco, el robledal de Gernikazarra fue la matriz del actual parlamento y árbol juradero de Gernika. Pero citaremos algunos otros ejemplos de estos parlamentos vascos del bosque, como el «hermoso robledal» junto a la iglesia de Begoña (Bilbao) del que habla Humboldt en 1801, en el que el Encino de Begoña fue lugar de reunión de la Junta de vecinos. En Guipúzcoa, era lugar de concejo el robledal de Enecosaustegui. En el País Vasco francés, se celebraba la asamblea de Ustariz (Labourd) en el bosque de Haïtze y en el bosque de Libarrenx se reunía el «Silviet», la asamblea de Soule, en la que se tomaban las decisiones sobre las cuestiones comunes de todo el territorio (...)." Ignacio Abella, "El bosque sagrado. Creencias, mitos y tradiciones de los pueblos cantábricos."

 

 

 

Como nos indica Ignacio Abella, parece una hipótesis bastante verosímil, el que a partir de estos bosques y arboledas sagradas que constituyeron los primeros Templos de la humanidad, con el paso del tiempo y a medida que las masas boscosas fueron menguando en tamaño y se comenzó a urbanizar la vida cotidiana, fueran sobreviviendo tan sólo determinados arboles venerables como representación del originario y ancestral bosque. Estos árboles totémicos, constituían el “centro” de espacios ceremoniales alrededor de los cuales nuestros ancestros celebraban sus ritos y compartían la palabra. La última generación de dichos árboles venerables se mantiene aún con vida en algunos pueblos europeos y representan un fino y frágil hilo que nos mantiene todavía unidos a la  cosmovisión y a la espiritualidad naturalista de las culturas preindoeuropeas. Una cosmovisión arbórea, por otra parte, que es compartida por prácticamente todas las culturas indígenas del planeta:

 

"El Árbol Sagrado es un símbolo muy importante para los pueblos indígenas de la Tierra.  (...) representa la vida, los ciclos, la Tierra y el universo. El sentido del Árbol Sagrado se expresa a través de la rueda sagrada. En el centro de la rueda sagrada está el árbol que a su vez  es un símbolo del centro de la tribu y de la creación. Esto se refleja en la canción sobre el Árbol Sagrado, que acompaña al baile del sol de los pueblos indígenas de América del Norte: Estoy en pie de manera sagrada en el centro de la Tierra. El pueblo me ve y yo veo al pueblo reunido en torno a mí."  P. Lane, J. Bopp, M. Bopp y L. Brown, “El árbol sagrado. Reflexiones sobre la espiritualidad indígena americana”

 

El árbol es un ser trascendental para toda aquella cultura que se precie de serlo. Es un símbolo de VIDA que reúne en su ser a los cuatro elementos de la naturaleza: el agua (savia) que corre por su tronco, el fuego contenido en su madera, el aire que filtran sus hojas y la tierra de la que se alimentan sus raíces. Este simbolismo vital y espiritual del árbol, como figura arquetípica sagrada utilizada por los pueblos del mundo para representar el centro de su respectivo universo cosmológico, está sintetizada en la famosa visión del chamán sioux Alce Negro:

 

Heȟáka Sápa (Alce Negro), 1863-1950.
Heȟáka Sápa (Alce Negro), 1863-1950.

"Miré ante mí y percibí que los montes tenían peñas y bosques, y que de las alturas partía todo género de colores hacia el firmamento. De súbito estuve en la montaña más alta, y alrededor de mí, a mis pies, se dilataba la extensión total del mundo. Y mientras allí estaba contemplé más de lo que puedo describir y comprendí mucho más de lo que había comprendido hasta entonces; pues veía de modo sagrado, con el espíritu, las formas de las cosas, como si todo estuviera unido, como si todo fuera un único Ser. Y contemplé cómo el círculo sagrado de mi pueblo era uno de los muchos que componían un Gran Circulo, amplio como la luz del día y como el resplandor de las estrellas en la noche; y en su centro crecía un árbol majestuoso y florecido, que cobijaba a todos los hijos de una misma Madre y de un mismo Padre, y sentí que aquel árbol era sagrado."  

 

Efectivamente, los testimonios históricos (y algunos árboles supervivientes) nos indican que hasta tiempos históricos recientes (y en algunos casos hasta hoy en día) fue una costumbre ampliamente arraigada, el que clanes, aldeas o comarcas enteras tuvieran un árbol venerable alrededor del cual realizaban ceremonias sagradas, compartían la palabra o tomaban decisiones en asamblea de forma colectiva y consensuada. Debido a la persecución de la espiritualidad “pagana” europea a lo largo de los últimos siglos, no tenemos testimonios ni información sobre en que pudieron consistir los ritos sagrados que nuestros ancestros realizaban alrededor de estos árboles totémicos. Si lo tenemos, sin embargo, de otro tipo de ceremonias o reuniones de carácter más “mundano”, aunque no menos importantes, en las que se gestionaban y dirimían todo tipo de asuntos que afectaban a la vida comunitaria de nuestros ancestros.

 

Estas asambleas comunales se conocen hoy en día con el término genérico de “concejos abiertos” (o batzarres, en el caso particular vasco) y pueden considerarse como la institución comunitaria más antigua de nuestro continente. Según los lingüistas, la palabra concejo proviene del latín concilium (concilio), por lo que es obvio que el origen de estas asambleas era el de conciliar las distintas opiniones de los miembros de una misma colectividad. Los acuerdos se basaban en el quórum (consenso) al que llegaban los habitantes de cada aldea para decidir sobre cualquier aspecto en el que estuvieran involucrados particular o colectivamente los miembros de una comunidad concreta.  

 

Pero además de a través de estas etimologías latinas (concilium y quórum), podemos entender un poco mejor el verdadero sentido de estas asambleas comunales si las interpretamos desde una lengua preindoeuropea como el euskera. Ya hemos dicho antes que el equivalente al concejo abierto en la cultura vasca es el batzar o batzarre, compuesto por batz(a) (unión, conjunto) y ar (un sufijo que denota "fuerza o energía activa"). Así que una posible interpretación del término sería la de "acción /fuerza   de la   unión/conjunto".

 

Por unidad tenemos que entender claro está a la comunidad, a la unión de los miembros mediante el consenso que desemboca en "la acción conjunta." Este acción se manifiesta en el trabajo en pos del mantenimiento y desarrollo fraternal de la comunidad, y que en la cultura vasca se denomina auzolan, de auzo (vecino, vecindad) y lan (trabajo). Así que sería algo así como "trabajo de/entre la vecindad."  Pero puesto que en la cultura tradicional vasca, la vecindad significa mucho más que la mera proximidad física, y el trabajo no tenía mucho que ver con la concepción asalariada que actualmente se otorga al término, podríamos traducirlo, en definitiva, como "tarea/labor en comunidad".

 

Encontramos pues, sintetizado en el significado etimológico de los términos batzarre y auzolan, el profundo comunalismo que impregnaba la vida de las culturas aborígenes europeas, y como éste se amparaba en la tutela de árboles sagrados que actuaban como autoridad y testigos de los acuerdos que en torno a ellos se consensuaban. Así nos lo explica Ignacio Abella:

 

“En muchos lugares se consideraba que la palabra dada, y los tratos al pie de estos árboles debían ser inviolables. En estos concejos abiertos se elegían representantes, se dirimían las cuestiones sociales, se planificaban los trabajos comunales, se decidía sobre la gestión de pastos, helechales y terrenos del común, repoblación de montes, acotados… Esta institución era, por tanto, el centro neurálgico de la sociedad y del paisaje que, desde allí, se planificaba y gobernaba. Por otro lado, la ley y las ordenanzas propias de cada lugar, se hacían en estas mismas asambleas bajo los mismos árboles, que también servirían para celebrar los juicios. Pactos, tratos y acuerdos de cierta relevancia se sellaban al pie de árboles testigos. Y numerosos rituales, fiestas y otros eventos se realizaban asimismo alrededor. En muchas regiones, los tejos y otros viejos árboles fueron también mausoleo vivo, entre cuyas raíces se iban enterrando, por generaciones enteras, todos los vecinos del lugar hasta formar un “árbol ancestral." Ignacio Abella, "La cultura del tejo."

 

 

Entre los vascos, la imagen del árbol de concejo por excelencia es la del Árbol de Gernika. Sin embargo, las famosas juntas que han tenido lugar a los pies de los sucesivos robles que allí han crecido a lo largo de más de 600 años, son una imagen desvirtuada del originario concejo abierto o batzarre. Así, mientras este último es sinónimo de democracia directa (asamblea), las juntas de Gernika lo son, por su parte, de la democracia representativa (parlamento). 

 

Es más que probable, que la tradición de “jurar los fueros” bajo la tutela del Árbol de Gernika, tuvo su origen en una época en el que las asambleas a pie de árbol eran una práctica generalizada por todo el territorio vasco (y peninsular). Los "nuevos señores" (de Bizkaia) se apropiaron de esa práctica comunitaria de relaciones horizontales y convirtieron el tradicional concejo abierto, en un concejo cerrado y “representativo”, en el que se tomaban las grandes decisiones de la comunidad, pero sin la comunidad. Con el paso del tiempo, además, se fue mitificando la imagen del Árbol de Gernika como "único", cuando en realidad eran numerosos los arboles sagrados que existieron en los pueblos y comarcas vascas (Ignacio Abella ha encontrado testimonios históricos de al menos 34 árboles de batzarre entre el País Vasco y Navarra).

 

"La falta de testimonios escritos nos deja por el momento ante un amplio terreno a investigar. (...) La merindad de Zornoza celebraba sus Juntas bajo el árbol de Aretxabalagañe, situado en término de Larrabetzu (Bizkaia). Este "aritz-zabala" o roble ancho era visitado por el señor de Vizcaya después de jurar en Gernika. Las Juntas de las Encartaciones lo hacían bajo el árbol de Avellaneda y la merindad de Durango en la ermita situada en la cumbre de la colina de Gerediaga. El árbol de Gerediaga proyectaba su sombra sobre la mesa y asientos de piedra colocados ante la ermita que servían de asientos y mesa deliberatoria a los apoderados de las repúblicas vizcaínas que correspondían a la merindad. Este árbol era un roble secular que dejó de existir a raíz de un corrimiento de tierras en la segunda mitad del siglo XIX. El Ayuntamiento de Artzentales se congregaba bajo el roble llamado la Rebolla del Concejo, situado al lado de la parroquia de Linares. La merindad de Markina celebraba sus Juntas bajo el árbol de Sagastiguren". Idoia Estornés Zubizarreta , "Árboles sagrados en Euskal Herria."

 

 

Diversas evidencias históricas han puesto de manifiesto que el papel que ha ocupado el roble a lo largo de los últimos siglos como “centro” del espacio ceremonial vasco en el que se celebraban los batzarres (concejos), parece que se impuso sobre la previa veneración indígena al tejo como árbol totémico más representativo, en torno al cual no solo se celebraban concejos, sino también ritos de carácter animista cuyas características concretas nos son desconocidas hoy en día.

 

Sabemos de esta preponderancia del tejo respecto al roble, porque aún existen tejos milenarios presidiendo espacios sagrados antiquísimos en determinadas áreas de la geografía del llamado Arco Atlántico europeo, dónde junto a las construcciones megalíticas, constituyen rescoldos de una ancestral cultura preindoeuropea que se extendió desde Alemania hasta Galicia (Isas Británicas incluidas), y de la que la cultura vasca formaba parte. Este culto al tejo podría remontarse incluso hasta el Paleolítico Superior, dónde sus hojas aparecen ya recreadas en pinturas rupestres del arte franco-cantábrico junto a distintas representaciones animalísticas.

 

Tejo de Llangernyw en Gales, al que se le estiman unos 4.000 años de antiguedad.
Tejo de Llangernyw en Gales, al que se le estiman unos 4.000 años de antiguedad.

 

Pero a diferencia de otras áreas geográficas de dicho Arco Atlántico europeo como Asturias, Bretaña, Irlanda o Escocia, en la que aún sobreviven algunos ejemplares venerables de esta ancestral cosmovisión naturalista, en el territorio vasco no queda en la actualidad ni un solo espacio ceremonial presididos por tejos. Persiste sin embargo su memoria en numerosos escudos de ayuntamientos, sobre todo gipuzkoanos (incluido el de la propia provincia de Gipuzkoa), pero también en Bizkaia, dónde encontramos la imagen del tejo en el escudo de la villa marinera de Lekeitio. Esta población, que curiosamente dista poco más de 20 kilometros de Gernika, albergó hasta tiempos recientes un tejo que, a juzgar por su tamaño, ya era anciano cuando nació el primer roble de Gernika. En la siguiente cita recogida por Ignacio Abella, se puede comprobar que hace más de 500 años  se realizaban batzarres en torno a él:

"En Lekeitio, Bizkaia, donde ya ni siquiera se recuerda el tejo, salvo por su presencia en el escudo de la villa, tenemos una valiosa cita de Antonio Cavanilles, sobrino del famoso botánico, que escribía en su libro Lequeitio en 1857: “Hay acuerdos de primero de Enero de 1487 y de años  posteriores, en que se dice que el ayuntamiento se reunía debajo del tejo que está en el cementerio de la iglesia. Esto era entonces muy general, y aun en Bayona se usó este modo de celebrar concejo.”

 

Tejo milenario que acogió los batzarres de lekeitio durante siglos.
Tejo milenario que acogió los batzarres de lekeitio durante siglos.

 

Esta trascendental información, rescatada por Ignacio Abella junto a esta antigua foto del árbol, es de un valor incalculable para poder demostrar el papel que jugó el tejo como árbol sagrado de los espacios ceremoniales vascos. Sabemos que el tejo es el árbol de crecimiento más lento y que a tenor del tamaño del tronco estamos ante un árbol milenario (así por ejemplo, al famoso texu de Bermiego de 7 metros de cuerda se le estima una antigüedad de 2.000 años). Sabemos también que el tejo estaba situado en el cementerio de la iglesia de Santa María, construida en el SXV, que a su vez se edificó sobre la anterior iglesia románica del SXIII, por tanto, la primera iglesia fue construida en un espacio ceremonial pagano y en el que tejo ya llevaba muchos siglos presidiéndolo. Este espacio ceremonial era al mismo tiempo cementerio y lugar de junta vecinal (batzarre).

 

"El cementerio no era simplemente un "depósito de cadáveres". El campo santo era sagrado porque allí estaban todas las generaciones de ancestros de una determinada comunidad y, seguramente por este motivo, muchas juntas y concejos se celebraban en estos recintos o en sus inmediaciones. En efecto, el árbol o árboles de cementerio, especialmente los tejos del Arco Atlántico, tenían una función funeraria, acogiendo a todos los vecinos en una suerte de mausoleo vivo que terminaba absorviendo y encarnando de algún modo los cuerpos de los difuntos en un solo cuerpo colectivo y vegetal. Pero al mismo tiempo en lugares como Estry (Normandia), San Esteban de Cuñaba (Asturias), Toporías (Cantabria) o Lekeitio en Vizcaya, por citar algunos ejemplos notables, tenemos constancia de que ese tejo fúnebre hacía también las veces de ayuntamiento o lugar de asamblea de los vecinos, en un bucle que unía al mundo de los vivos y de los muertos. De ahí también el carácter sagrado del árbol testigo y los acuerdos que se tomaban a su vera." Ignacio Abella, "El bosque sagrado."

 

Tejo rodeado de tumbas en Dartington, Inglaterra.
Tejo rodeado de tumbas en Dartington, Inglaterra.

 

El tejo es una de las especies de árbol más antiguas del mundo (más de 1 millón de años de antigüedad) y ha sobrevivido, por tanto, a todo tipo de vicisitudes climáticas en la historia de nuestro planeta. De extraordinaria longevidad, siempre verde y rebrotando aún caído, es un árbol venerado desde la antigüedad en todo el hemisferio norte. Así por ejemplo, la denominación del tejo en japonés (Ichi-i), tiene un significado de “rango social supremo”; del mismo modo entre las culturas nativas norteamericanas el tejo es el “árbol jefe de todos los árboles” y en la tradición irlandesa, el tejo es denominado el “patriarca de los bosques antiguos”. En igual sentido, y si consideramos como hemos dicho antes, al euskera como un reflejo oral de la cosmovisión preindoeuropea, la palabra para denominar al tejo, Agin, denota  la importancia que tuvo en las culturas aborígenes de nuestro continente. Así, el verbo Agin(du) en euskera está relacionado con la idea de "autoridad, liderazgo" (autorizar, mandar, prometer, dar la palabra,....). Y  el sustantivo agintari significa "jefe" o "lider".  

 

Por otro lado, es un árbol que representa a la perfección el nexo entre lo terrenal y el “más allá”, pues su altísima toxicidad tanto quita la vida (recordemos la muerte por ingestión de tejo que se daban los pueblos cantábricos para evitar la esclavitud romana) como la salva (un derivado del tejo, el taxol, se utiliza en medicina como un potente anticancerígeno). Igualmente también existen diversos testimonios que algunas sustancias alcaloides del tejo (taxinas) fueron utilizados antiguamente para elaborar un alucinógeno que se tomaba con fines rituales (aunque esto es algo que, por su obvia peligrosidad, recomendamos encarecidamente no hacer en la actualidad). Este posible uso psicoactivo del tejo en ceremonias de carácter chamánico, así como su estrecha vinculación con la muerte y el más allá, fueron, sin duda, algunos de los factores que desembocaron en que el tejo fuera la especie elegida para presidir los lugares de enterramiento de nuestros antepasados. Su papel de psicopompo (vehículo de las almas hacia el más allá) en la cosmovisión indígena europea puede comprobarse en una leyenda bretona según la cual “las raíces del tejo se introducen por la boca de los difuntos que yacen a sus pies”. El sentido sacramental de este árbol era tal que, con la irrupción del cristianismo, en vez de talar el tótem de la antigua religión pagana, construyeron ermitas e iglesias junto a él (como aún hoy es perfectamente evidente en Asturias). 

 

 

Podríamos concluir por tanto que no existe especie arbórea que representa mejor los atributos de la Diosa/Mari: su conexión directa con el inframundo, con la matriz de la Diosa que alberga el espíritu de los ancestros de cada comunidad concreta, queda atestiguado por su función primordial como árbol funerario, por otro lado, sus excepcionales particularidades biológicas tanto pueden permitir la sanación, como provocar la muerte, algo paralelo al papel dual de Mari como Deidad de la naturaleza salvaje que tanto puede “crear” fenómenos atmosféricos benignos, como dañinos para la comunidad. Del mismo modo su papel de jefe (Agin-tari) de todos los árboles, es similar al rol de Mari respecto al resto de númenes de la mitología vasca, que están al servicio de la Gran Dama. Ahora bien, ¿Por qué en el territorio vasco la cultura del tejo ha desaparecido por completo a diferencia de otras áreas del Arco Atlántico europeo? 

 

"El tejo, árbol mucho más antiguo y duradero que el roble (puede llegar a alcanzar entre 3000 y 4000 años) fue también considerado sagrado en toda Europa, Oriente Próximo y el mundo mediterráneo. No cabe duda de que fue sagrado también entre los vascos, y en toda la Cordillera Cantábrica, ya que, sobre conservar esa consideración, ahora en auge respecto al roble, aparece a menudo junto a dólmenes, viviendas de traza neolítica e iglesias (...) En plena Edad Media, el venerable tejo de Ankerwycke, en el Prado de Ruanymede, a orillas del Támesis es famoso por que, según la tradición, bajo sus ramas juró en 1215 Juan sin Tierra (rey de Inglaterra, señor de Irlanda, Duque de Normandía y Aquitania y conde de Anjou) la Carta Magna: un pacto con los nobles (guerreros hacendados), villas y ciudad de Londres, en el que se obligaba a respetarles sus fueros. Es decir, sus costumbres, derechos, privilegios y libertades. Su contenido presenta varios puntos esenciales comunes con las posteriores versiones escritas (1445 y 1527) de los Fueros de Vizcaya, donde, dadas las relaciones marítimas, sería sin duda bien conocido. Cabe preguntarse, pues, por qué en la Edad Media, para el caso de que no remita a la Antigüedad o tiempos anteriores, se consolidó el roble, y no el tejo, en particular entre los vascos, como árbol-concejo o árbol-asamblea y, en consecuencia, como árbol símbolo jurídico." Guillermo Garcia Perez, "El arbol de Guernica y otros árboles junteros."

 

Obviamente, no se trata aquí de elegir entre una especie u otra, sino de dilucidar por qué se produjo este cambio simbólico en el algún momento de la historia antigua. En este sentido algunos autores señalan que es posible que la preponderancia simbólica del roble sobre el tejo tomara forma durante la Edad Media, cuando los valores indoeuropeos penetraron a través de los Señores de Vizcaya. Así, el roble es el árbol sagrado por antonomasia de los pueblos indoeuropeos, representa a Zeus entre los griegos, a Júpiter entre los romanos, al herrero divino Thor entre los germanos, a Perun en las culturas eslavas; y entre los pueblos semíticos, Yahve elige precisamente un roble para aparecerse ante  Abraham. Del mismo modo en la tradición espiritual indoeuropea de los druidas, el roble es la especie arbórea totémica:

 

"El término druida se dice que deriva de los términos indoeuropeos “roble” (drus) y “conocimiento” (wid), y por tanto, esencialmente druida significa “alguien con el conocimiento del roble”, o “sacerdote del culto del roble.” “Brian Morris, “Religión y antropología”.

 

Bellota ("glande" en latín).
Bellota ("glande" en latín).

Además de este vínculo con la espiritualidad masculina indoeuropea (druidas celtas), el roble es, por otra parte, un árbol estrechamente vinculado con el mundo material ("fuerte como un roble"), pues con su resistente madera nuestros antepasados construían prácticamente de todo, se abastecían de una excelente leña y utilizaban su fruto, la bellota, para elaborar la harina con la que cocinaban y horneaban todo tipo de alimentos. De igual modo, al ser una de las especies que con mayor frecuencia eligen los rayos en sus descargas sobre la tierra, fue una especie especialmente reverenciada por los pueblos indoeuropeos, cuyas principales deidades masculinas y celestes portaban un rayo en sus manos (Zeus, Jupiter, Perun, Thor,...). Y si nos tomamos la licencia de hacer un paralelismo con la mitología preindoeuropea, el tejo siempre verde e inmutable, parece representar a la eterna e inmortal Gran Diosa del inframundo. Por su parte el roble, con su hoja caduca y su simbólica bellota que evoca en sus formas la fertilidad masculina (no en vano en latín bellota se dice "glande"), representaría al Dios año de la fertilidad (Hombre Verde), que muere y renace periódicamente al ritmo de los ciclos solares. Ambos árboles, entrelazados como una Hierogamia arbórea, representan las dos especies totémicas por excelencia de la Europa prehistórica.