La vida es un sistema por el cual la experiencia de 3.900 millones de años se remansa y se reproduce en cada ente orgánico; de manera que, en la ontogenia de cada ente orgánico, que
sigue ese impulso, ese instinto o ese deseo, se reproduce la sabiduría acumulada filogenéticamente. Esta sabiduría filogenética podemos también llamarla ‘continuum’, siguiendo la brecha abierta
por la norteamericana Jean Liedloff en su libro The continuum concept. - Casilda Rodrigáñez
Según Jean Liedloff, el concepto del continuum se refiere a la idea de que, para alcanzar un óptimo desarrollo físico, mental y emocional, los seres humanos —especialmente los bebés— necesitamos vivir las experiencias adaptativas que han sido básicas para nuestra especie a lo largo del proceso de nuestra evolución. Para un bebé, estas experiencias necesarias son:
Los bebés cuyas necesidades continuum han sido satisfechas desde el principio a través de la experiencia “en brazos” desarrollan una gran autoestima y son mucho más independientes que aquéllos a los que se les ha dejado llorar solos por miedo a que se vuelvan unos “mimosos” o demasiado dependientes.
Extractos del libro "El concepto del continuum" de Jean Liedloff
Durante el breve periodo de algunos miles de años en el que el hombre se ha ido alejando del estilo de vida al que la evolución lo había adaptado, no sólo ha causado estragos en el orden natural
de todo el planeta, sino que además a logrado destruir el evolucionadísimo sentido común que había guiado su conducta a lo largo de todos aquellos siglos. Gran parte de su sentido común ha sido
socavado sólo recientemente a medida que los últimos secretos de nuestra capacidad instintiva han sido arrancados de raíz y sometidos a la perpleja mirada de la ciencia.
(...) Por ejemplo, no es competencia de la facultad intelectual decidir cómo debe tratarse a un bebé. Mucho antes de convertirnos en algo parecido al homo sapiens, ya teníamos unos instintos
exquisitamente precisos, expertos en cada detalle de la crianza de los hijos. Pero hemos conspirado para confundir este antiquísimo conocimiento de un modo tan absoluto que ahora recurrimos a
investigadores para que se dediquen plenamente a resolver cómo debemos comportarnos con los hijos, entre nosotros y con nosotros mismos. No es ningún secreto que los expertos no hayan descubierto
cómo vivir satisfactoriamente, pero cuanto más fracasan, más intentan llevar los problemas bajo la única influencia de la razón y rechazan lo que la razón no puede comprender o controlar.
(...) El continuum humano puede definirse como la secuencia de experiencias que corresponden a las expectativas y tendencias de nuestra especie en un entorno consecuente con aquello en lo que
esas expectativas y tendencias se formaron.
La Importancia de la "Fase en Brazos"
Durante los dos años y medio que pasé en la selva de Sudamérica junto a indígenas yequona, pude darme perfecta cuenta de que nuestra naturaleza humana no tiene mucho que ver con lo que nos han
hecho creer.
Los bebés Yequana, lejos de necesitar un clima de paz y tranquilidad para dormir, eran capaces de echar una cabezadita tranquilamente en el momento preciso en que se encontraban cansados, o
cuando los hombres, mujeres o niños que los cargaban bailaban, corrían, caminaban, gritaban o remaban en sus canoas. Los chiquillos se pasaban todo el día jugando juntos sin que se montara
ninguna trifulca. Ni siquiera discutían y obedecían a sus mayores al instante mostrando una voluntad plena.
Aparentemente, la idea de castigar a un niño nunca se le habría ocurrido a este pueblo. Tampoco su conducta mostraba nada que pudiera verdaderamente ser catalogado como permisividad. Ni un solo
niño habría soñado con incomodar, interrumpir o que un adulto tuviera que esperar por ellos. A los cuatro años, los niños ya contribuían más con la fuerza del trabajo dentro de su propia familia
de lo que sus cuidados suponían a los otros.
Cuando los bebés estaban en brazos, rara vez lloraban; nunca gritaban y, lo que es más fascinante, no agitaban las manos ni pataleaban ni movían la cabeza; tampoco arqueaban la espalda ni
retorcían los pies o las manos, tal y como vemos con frecuencia en nuestros niños. Se mantenían tranquilamente sentados sobre los hombros o bien se quedaban traspuestos sobre la cadera de
alguien, lo cual desconfirma el mito de que los bebés tienen que ir flexionados para "hacer ejercicio". Tampoco echaban buches, a no ser que estuvieran realmente enfermos, y no tenían cólicos.
Cuando durante los primeros meses les atraía algo, se arrastraban por el suelo, andaban a gatas y luego caminaban sin esperar a que alguien viniera a por ellos, sino que ellos mismos iban hacia
sus madres o cuidadores buscando la confianza necesaria antes de retomar sus actividades exploratorias. Sin lo que conocemos como supervisión, incluso los más pequeños rara vez resultaban heridos
de alguna manera.
¿Acaso su "naturaleza humana" es diferente a la nuestra? Hay quien puede imaginar que así es. Ahora bien, existe una especie humana. Entonces, ¿Podemos aprender NOSOTROS del ejemplo Yequana?
Nuestras expectativas innatas
Vamos a intentar entender en su totalidad el poder formativo de lo que yo denomino "fase en brazos", que empieza
con el nacimiento y concluye con el comienzo voluntario del gateo, que es cuando el bebé puede marcharse y volver desde y hacia las rodillas de la persona encargada de su cuidado. Esto consiste,
simplemente, en que el bebé disfrute de 24 horas al día de contacto físico con un adulto o con otro niño.
En principio, todo consistía en una mera observación de esta experiencia de estar en brazos, y pude comprobar que tenía un efecto impresionante sobre la salud de los bebés y que no suponía ningún
"problema" [estar todo el tiempo en brazos]. Presentaban un tono muscular suave y sus cuerpos se adaptaban convenientemente a cualquier tipo de posición que requiriera la propia dinámica del
cuerpo que lo iba cargando... Incluso hubo quien colgaba a los bebés a su espalda mientras los agarraba por las muñecas. Como contraposición a esto que les cuento, tenemos la INCOMODIDAD de los
bebés a los que se les tumba sobre un "cómodo" moisés o cochecito mientras le pasan la manita suavemente por encima mientras se retuercen y lloran por ese cuerpo vivo que es, por derecho natural,
el lugar adecuado para estar.
¿Por qué esta incompetencia en nuestra sociedad? Desde la infancia se nos enseña a no creer en nuestro conocimiento instintivo. Se nos dice que los padres y los profesores lo saben todo mejor y,
entonces, cuando nuestros sentimientos no coinciden con sus ideas, es que estamos equivocados. Viviendo condicionados para descreer o desconfiar completamente de nuestros sentimientos, nos
dejamos convencer fácilmente para no respetar a ese bebé cuyo llanto nos dice claramente "¡cógeme!", "¡déjame dormir contigo!", "¡no me abandones!".
Estos sentimientos, que constituyen claramente nuestra respuesta natural, son regidos entonces por una ley superior en rango que se encuentra a la par de la moda y dictada por los "expertos" en
el cuidado del bebé. Esta pérdida de fe en nuestra experiencia innata nos deja en manos de este u otro libro, como consecuencia de cada sucesivo esfuerzo errado de sobrepasar a la
naturaleza.
Ahora es fundamental preguntarse quiénes son los verdaderos expertos, contando con que el segundo gran experto en el cuidado del bebé se encuentra dentro de nosotros. Esto es tan cierto como que
reside igualmente dentro de cada especie superviviente que, por definición, ya sabe cómo cuidar de su prole. El mayor experto de todos es, por supuesto, el bebé... programado durante millones de
años de evolución para señalar, por medio de la voz y la acción, cuándo la atención que le proporcionan es incorrecta. La evolución es un proceso de refinamiento que ha construido nuestro
comportamiento innato con una precisión exquisita. Esa señal que emite el bebé, la comprensión de esa señal por parte de su gente, el poderoso impulso que los lleva a obedecerla... todo ello es
parte integral de las características de nuestra especie.
El presuntuoso intelecto se ha demostrado a sí mismo que se encuentra equipado para descubrir los requisitos auténticos de los bebés humanos. A menudo surge la siguiente cuestión: ¿Debería de
coger al bebé cuando llora, o primero lo dejo llorar un poco? ¿O debería de dejarlo llorar y llorar para no mimarlo y que se convierta en un tirano? -palabrita del Dr. Spock.
No habría ningún bebé que estuviera de acuerdo con NINGUNA de esta serie de imposiciones. De modo inequívoco y unánimemente, nos hacen saber que ¡NO SE LES DEBE DEJAR SOLOS NUNCA!. Dado que esta
opción no ha sido fomentada en la civilización occidental contemporánea, la relación existente entre el progenitor y el niño ha permanecido firmemente en conflicto. El juego ha consistido en cómo
hacer que el bebé se quede dormido solito en la cuna, sin tener en cuenta si el bebé llora o no. A pesar de que algunos libros de Tine Thevenin como "La Cama de la Familia" se han adentrado en
parte por la vía para abrir el tema de los niños que duermen con sus padres, la base fundamental no se ha tocado con claridad: ACTUAR CONTRA NUESTRA NATURALEZA COMO ESPECIE ES PERDER EL
BIENESTAR.
Una vez hayamos entendido y aceptado el principio de respetar nuestras expectativas innatas, seremos capaces de descubrir con precisión cuáles son estas expectativas que surgen... En otras
palabras: lo que la evolución se ha encargado de adaptar para nuestra experiencia.
El papel formativo de la "fase en brazos"
¿Cómo llegué a concebir la "fase en brazos" como elemento tan crucial para el desarrollo personal? Primeramente, viendo a este pueblo tan feliz y relajado que habita las selvas de América del Sur
arrastrando con sus bebés por todos lados. Nunca los soltaban. Poco a poco fui dando con la conexión existente entre este simple hecho y la calidad de vida de la que disfrutaban por completo. Con
mis observaciones, un poco más adelante llegué a algunas conclusiones acerca del "cómo" y "por qué" de este constante contacto y sus repercusiones esenciales para la etapa inmediatamente
posterior al nacimiento relacionado con el desarrollo humano.
Primera función: Parece que la persona que lleva al bebé - que normalmente es la madre durante los primeros meses y luego algún/a niño/a de entre 8 y 12 años- está construyendo un propósito
fundacional que va a resultar útil en posteriores experiencias. El bebé participa de manera pasiva en las actividades de la persona que lo carga: correr, caminar, reír, hablar, cantar, trabajar y
jugar. El tipo de actividad, el ritmo al que se produce, las inflexiones de la lengua utilizada, la variedad de señales observadas, los cambios de luz del día y la noche, los cambios de
temperatura, la humedad, la sequedad, los sonidos de su familia, la vida tribal... Todos estos elementos constituyen la base de su participación de modo activo en su entorno, hecho éste que va a
comenzar a los seis u ocho meses, cuando comienza a arrastrarse, luego a gatear y más tarde a caminar.
Sucede que, cuando, por otra parte, un bebé se ha pasado la mayor parte de este tiempo echado en la cuna con la mirada apuntando a la pared de enfrente o mirando al interior del cochecito en el
que lo llevan o dirigiendo la mirada constantemente hacia el cielo... se habrá perdido, entonces, la mayor parte de esta esencial experiencia.
Dado que existe esta necesidad del niño por disfrutar de este tipo de experiencia prematura, se requiere que aloje en su ser esta visión panorámica de la vida en la que va a entrar. También es
importante que los cuidadores no se limiten simplemente a sentarse y echar un ojo, ni que se pongan a preguntarse qué necesitará el niño, sino más bien tener una vida activa ellos mismos. De
manera ocasional, uno no puede resistirse a darle un fuerte achuchón repleto de besitos pero, ahora bien, cuando se programa al bebé para que esté observando tu agitada vida, se siente confuso y
frustrado cuando inviertes tu tiempo en observarlo a él. Un bebé que se encuentra en el meollo del aprendizaje de lo que es la vida tal y como las vives tú se siente confuso; es como si lo que
quisieras fuera que el bebé finalmente fuera quien dirigiera tu propia vida.
Segunda función: la segunda función esencial que cumple la "fase en brazos" parece haberse escapado del raciocinio de todos (incluida yo hasta mediados de los años 60). Consiste en proporcionar a
los bebés un medio que les facilite descargar el exceso de energía que tienen en sus cuerpos hasta el momento en que puedan hacerlo por ellos mismos. Durante los meses previos al momento en el
que los bebés son capaces de levantarse por sí mismos, acumulan energía de la absorción de los alimentos y el sol. En consecuencia, el bebé requiere un contacto constante con el campo energético
de una persona activa que pueda igualmente descargar el exceso de su energía. Así se puede explicar la razón por la que los bebés de los Yequana vivían en ese estado de relajación, no mostraban
síntomas de agarrotamiento, no pataleaban ni arqueaban o flexionaban sus músculos para liberar esa incomodidad que supone tal acumulación de energía.
Si queremos facilitar una experiencia "en brazos" óptima, debemos ser capaces de descargar de manera eficiente nuestro propio campo energético. Se puede calmar rápidamente a un bebé irritado si
corremos con él o saltamos, bailamos, o bien realizando cualquier cosa que reduzca nuestros propios niveles energéticos a un nivel que resulte cómodo para nuestra actividad. Cuando de repente un
padre o una madre tienen que salir a comprar algo no van a tener que volver a decir nunca más "¡Venga, coge tú al bebé que voy a bajar a comprar!", sino que igual que baja corriendo, se lleva al
bebé aprovechando la situación y le da una vuelta por ahí. ¡Cuanta más acción, mejor, para que la fluya la energía!
Tanto los bebés como los adultos sufren tensiones cuando se impide la circulación de la energía por los músculos. Un bebé que parece estar lleno de energía por descargar sólo está buscando
acción. A veces incita a quien le cuida con pequeñas llamadas de atención, a la vez que intenta descargar su incomodidad arqueándose, flexionando su cuerpo, etc. Darle una vueltita por la
habitación o ponerlo en brazos de alguien que haya estando haciendo ejercicio poco antes... Con ello, el campo energético de un bebé se va a beneficiar de esos momentos que comparte con un adulto
que está en proceso de descarga. Los bebés no son cositas frágiles que manejemos con guantes de terciopelo. De hecho, cuando un bebé recibe este tipo de tratamiento "frágil" en esta etapa
formativa, puede llegar a convencerse de que es frágil, con lo que puede llegar fácilmente a perder la confianza en su propio cuerpo. Entonces, ¿qué es lo que conseguimos? De manera Inconsciente
vamos a perjudicar a nuestra descendencia.
Como padres, ustedes son capaces de adquirir el conocimiento suficiente como para comprender la "fase en brazos" con la circulación y fluidez de la energía. Van a descubrir muchas maneras de
ayudar a sus bebés a mantener un tono muscular suave característico de nuestro ancestral bienestar. Al mismo tiempo, vamos a transmitirles la calma y la comodidad que necesita un bebé para
sentirse en casa como en su propia piel, a la vez que se sienta bien recibido en el mundo en que vivimos.
El Concepto del Continuum: en busca del bienestar perdido.
Autora: Jean Liedloff
Editorial: OBstare
Para profundizar un poquito más en lo anteriormente expuesto, aquí tienes estos dos enlaces:
* Enlace al artículo de Denis Toledo El concepto de continuum: Revolucionando la crianza desde una perspectiva ancestral