"La cultura de los cazadores-recolectores paleolíticos fue barrida por una poderosa ola, al parecer procedente de Oriente, cuya característica era la modificación de la naturaleza en provecho del ser humano (…) Esta corriente cultural empezaría por arrastrar al animal prehistórico de sus costumbres ancestrales, transformándolo de salvaje e inaccesible, en dócil y doméstico, acabando por imponer el látigo y la cadena. La cadena y el látigo sometieron al ser humano al mismo nivel que el ganado que trabajaba la tierra. […] Y en plena orgía de domesticación, el hombre domesticó al propio hombre. Un profundo abismo separó lo salvaje de lo doméstico: lo libre de lo que tenía dueño. El ser humano rompió el cordón umbilical que le unía a la Madre Naturaleza.” — Félix Rodríguez de la Fuente, "Animales salvajes"
Como hemos visto en los capítulos anteriores, por alguna circunstancia o posiblemente por un cúmulo de ellas, a partir de finales del Neolítico —y especialmente durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro— un pequeño grupo de culturas comenzó a forjar un tipo de sociedades que eran la antítesis de todas las que les circundaban en un inmenso radio de miles de kilómetros. Este reducido grupo de culturas —de raíz indoeuropea y semita— que trajeron consigo el patriarcado, la jerarquización social y, sobre todo, el fenómeno cultural de la guerra, consiguió, durante una transición de muchos siglos de duración, expandir sobre los territorios que ocupaban una nueva cosmovisión belicista y antropocéntrica hasta entonces inexistente entre las culturas nativas que invadían.
Si actualmente admitimos que dicha forma de comprender el mundo pervive, en esencia, en las estructuras de poder que rigen las sociedades occidentales actuales y que su desarrollo a lo largo de los siglos no nos ha hecho avanzar hacia un mundo mejor —sino todo lo contrario—, sería lógico que nos preguntáramos cómo y por qué surgió dicha cosmovisión; pues, al hacerlo, estaríamos acudiendo a la causa, al origen, a la raíz del problema en busca de claves para transformar los paradigmas culturales hoy imperantes en las sociedades occidentales.
La ganadería: de la dominación animal a la dominación humana
Para ello, fijaremos nuestra atención en un elemento común a ambos grupos culturales (indoeuropeos y semitas): su modo de vida ganadero y nómada. Es decir, criaban rebaños y se desplazaban frecuentemente de lugar en función del crecimiento de los pastos. Los indoeuropeos lo hacían a lomos del recién domesticado caballo y los semitas, de igual manera, pero a lomos de sus camellos. Esta ganadería nómada supuso un trascendental cambio evolutivo con respecto a las “técnicas de acecho” del cazador paleolítico, ya que mientras este último seguía o esperaba las grandes migraciones de herbívoros para su caza, el pastor nómada ya no sigue a la manada, sino que la dirige y se adueña de ella. Aparece, de este modo, por primera vez en la historia humana el concepto de apropiación (de la naturaleza): "esta vida (animal) es ahora mía." Así lo explica el filósofo y biólogo Humberto Maturana:
"El pueblo patriarcal que llegó al área del Danubio por primera vez alrededor de 5000 años a.C, era gente pastora. No se tornaron patriarcales al llegar. Se habían tornado patriarcales antes, y bajo circunstancias de vida diferentes de las que encontraron. La Dra. Verden-Zöllery yo pensamos que se hicieron patriarcales en el transcurso del proceso de pasar a ser pastores. (...) El origen del pastoreo se asocia, pensamos, con el cuidado de grupos de animales nómadas, al seguirles de una manera u otra en sus movimientos en busca de pastos. Pero el solo seguir invierno y verano a los animales no constituye el pastoreo. El pastoreo comienza en el momento en que los humanos restringen el acceso alimenticio normal de otros comensales (ej. lobos) a los animales de que ellos se alimentan y siguen. Al hacer esto los humanos definen un borde de exclusión y constituyen un área de apropiación." — Humberto Maturana, "El sentido de lo humano"
Desde el punto de vista de las cosmovisiones indígenas ancestrales, la irrupción del concepto de apropiación expuesto por Maturana supuso una quiebra de la "ley natural", pues rompía el vínculo ancestral y sagrado entre animales y humanos que había pervivido generación tras generación desde el principio de los tiempos a través de la espiritualidad naturalista paleolítica.
“La diferencia más llamativa entre la sensibilidad paleolítica y la contemporánea descansa en la reverencia que estos pueblos primitivos sentían hacia los animales. En el comienzo de la tradición judía y cristiana, a los seres humanos se les decía: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra" (Génesis 1, 28). Semejante aislamiento de la tierra y del animal, pájaro o mundo marino, hubiese sido considerado sacrílego en el paleolítico. Allí, los animales eran seres sagrados, maestros de las leyes fundamentales a las que ambos, el humano y el animal, se sometían.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la Diosa”
Antes de la aparición de la ganadería, nuestros antepasados —al igual que muchas culturas cazadoras-recolectoras actuales— consideraban a sus hermanos animales maestros superiores cuya sabiduría y capacidad de supervivencia era reverenciada por ser fuente de aprendizaje para la propia sabiduría y supervivencia humana. Este conocimiento sagrado era transmitido desde el mundo espiritual por los propios antepasados-animales del clan (totemismo), los cuales eran reverenciados como espíritus tutelares colectivos, pero también de forma individual, pues cada persona nacía vinculada al espíritu de un animal determinado con el que establecía una alianza sagrada propia (coesencia, animal de poder, etc.). Esta cosmovisión animista, holística y sagrada fue definida así por Félix Rodríguez de la Fuente:
“El hombre de la época gloriosa del Paleolítico tenía un profundo respeto por la naturaleza. Estaba integrado en su seno. Tenía una ética, una moral y me atrevería a decir que hasta una religión ecológica […] cada vez que mataba a una criatura, cada vez que cortaba un árbol, cada vez que arrancaba una planta, tenía conciencia de que, de alguna manera, estaba atentando contra un ente superior en el que él mismo está integrado y que es el Todo. […] No hay una tribu primitiva que no tenga unos tremendos y exquisitos tabúes que dictaminan en qué épocas del año han de matar a determinados animales, que un hombre no puede matar más carne de la que necesita para comer, que no se puede matar una hembra embarazada, que un hombre no puede matar a una pareja de animales cuando se encuentra en celo, que no puede cortar un árbol si no lo necesita para hacer una casa. Hay en la filosofía del hombre primitivo un profundo y exquisito respeto a ese ente superior que llamamos vida.” — Félix Rodríguez de la Fuente, "Animales salvajes".
Así, si hacemos un esfuerzo de empatía e intentamos percibir el mundo desde esta perspectiva animista y sagrada, doblegar la “fuerza” o el “espíritu” de un animal salvaje para crear manadas de animales domesticados debió de representar un momento histórico excepcional que supuso un cambio radical en el sistema de valores y de pensamiento de las sociedades europeas arcaicas. Así lo afirma la cultura indígena iroquesa, que en un mensaje dirigido a las naciones occidentales expuesto en la sede de la ONU en Ginebra en 1977, afirmaba:
“El pueblo indoeuropeo que ha colonizado nuestras tierras (Norteamérica) ha evidenciado muy poco respeto por las cosas que crean y sostienen la vida. Creemos que tal gente cesó su respeto por el
mundo hace un larguísimo tiempo. Muchos miles de años atrás, todos los pueblos del mundo creían en el mismo modo de vida: el de la armonía con el universo. Todos ellos vivían de acuerdo con las
leyes naturales.
Alrededor de diez mil años atrás, la gente que hablaba los idiomas indoeuropeos vivía en un área que hoy conocemos como las estepas de Rusia. En tal época, eran un pueblo del mundo natural que
vivía de la tierra. Había desarrollado la agricultura, y se dice que había iniciado la práctica de la domesticación de los animales. Se ignora que fue el primer pueblo del mundo que practicó la
domesticación de los animales. Los cazadores y recolectores que erraban por el área probablemente adquirieron animales del pueblo agrícola, y adoptaron una economía basada en reunir y criar
rebaños de animales.
El juntar y criar animales señaló una alteración básica de la relación de los humanos con otras formas de vida. Puso en movimiento una de las verdaderas revoluciones de la historia humana. Antes
de los rebaños, los humanos dependían de la Naturaleza para los poderes reproductivos del mundo animal. Con el advenimiento de los rebaños, los humanos asumieron las funciones que, a través de
los tiempos, habían sido las funciones de los espíritus de los animales. Tiempo después de que eso sucedió, la historia registra la aparición inicial de la organización social conocida como
Patriarcado.” — Confederación de Seis Naciones iroquesas. "Los Haudenosaunee se dirigen al mundo occidental."
Para algunos autores es más que obvia la relación entre la ganadería y el surgimiento del patriarcado, pues la ganadería implica una explotación de las hembras con fines reproductivos y para la extracción de su leche. Estas técnicas de dominación habrían servido como un primer "banco de pruebas" que los indoeuropeos aplicaron, posteriormente, sobre las mujeres de los pueblos que conquistaban; pues ya hemos visto en capítulos anteriores cómo los estudios genéticos muestran que dichas invasiones estaban compuestas en su inmensa mayoría por hombres foráneos que reemplazaban por la fuerza los linajes masculinos autóctonos y esclavizaban a las mujeres con fines reproductivos. Así lo creen Juan Merelo-Barberá y Casilda Rodrigáñez:
“Tal división, tal acción de una parte de la humanidad sobre la otra mitad, no hubiera surgido si la especie humana no hubiera hecho el ensayo previo de someter a otras criaturas del universo. Pues el mismo método empleado para la domesticación de los animales sirvió para domesticar a la mujer, aprovechando el momento propicio de su necesidad de mayor solidaridad: el estado grávido y el parto”. — Juan Merelo-Barberá, “Parirás con placer”
“La similitud entre mujeres y vacas en tanto que animales de crianza es asombrosa. Nuestros antepasados aprendieron un día que las vacas se podían clasificar y seleccionar y ser montadas por ciertos sementales obteniendo una cierta producción de terneros. Y que la mecánica de la reproducción era parecida en todos los mamíferos. No es casual, pues, la coincidencia histórica entre la aparición de la ganadería y la dominación de la mujer por el varón.” — Casilda Rodrigáñez, "La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente".
Como ya hemos reseñado anteriormente, el filósofo y biólogo Humberto Maturana también sostiene que la ganadería se halla en el origen de los sistemas de dominación humanos. Su hipótesis —transmitida casi a modo de fábula o relato mitológico— propone que el inicio del patriarcado transcurre de manera paralela al inicio de la enemistad entre el ser humano y el lobo, animal que pasó de ser un compañero de ecosistema y animal totémico por antonomasia de los cazadores primitivos, a ser un enemigo acérrimo que intenta "apropiarse" de los animales que, con el advenimiento de la ganadería, comenzaron a tener dueño. En una de sus conferencias, recogida en su obra “Transformación en la convivencia”, el autor explica como la irrupción del pastoreo transformó nuestra estructura psíquica y nuestra biología emocional.
"En algún momento de la prehistoria, pequeñas comunidades humanas matrísticas seguían a animales migratorios, y se alimentaban de ellos (...) Algunas de estas familias que seguían a los animales de los cuales vivían compartían las manadas de herbívoros con el lobo; de modo que seres humanos y lobos eran comensales, se alimentaban de los mismos animales. (...) Pienso que, tal vez hace 20 mil años atrás, en Asia Central, alguna pequeña comunidad humana, que vivía siguiendo a estos animales migratorios, empieza a impedirle al lobo su acceso normal a su comida. ¿Por qué lo hace? Por cualquier circunstancia: tal vez un invierno crudo que diezmó el tamaño de las manadas.
Entonces comienza a ahuyentarse al lobo para que fuera a comer un poco más lejos. Esta exclusión del lobo, como un fenómeno ocasional, es irrelevante. (...) hasta que pasa a ser un modo cotidiano de convivir y de vivir. Los niños aprenden también a excluir al lobo, a empujarlo, a ahuyentarlo y pasa algo fundamental: este modo de vida empieza a conservarse generación tras generación. Lo interesante es que, en ese preciso momento, cuando se excluye al lobo, no de manera ocasional, sino sistemáticamente, como un modo de vivir, aparecen cambios emocionales fundamentales.
El primer cambio, tal vez, y no el primero, pero central, es que aparece la apropiación; la exclusión sistemática del lobo y su acceso normal a la comida implica apropiarse de los animales que quedan fuera del alcance del lobo, en un acto intencionado. Excluir al lobo, destruirlo al excluirlo de su acceso normal a su comida es un acto completamente distinto a matar un ciervo para comerlo, (...) En el acto de matar al lobo para que no coma, el instrumento de caza se transforma en arma. (...) De modo que aparecen, junto al pastoreo: la apropiación, la enemistad, la matanza del enemigo como el extremo rechazo de la negación, la desconfianza, el control.
Pero, si he perdido la confianza, estoy inmerso en el control: control sobre la vida de estos animales, y en este proceso, mi vida empieza a depender de la procreación de ellos (...) La valorización de la procreación en los animales que constituyen el ganado, al que la acción de exclusión del lobo ha transformado en una propiedad, se expande a la familia y se empieza a valorar la procreación en la familia. Y vean ustedes que lo que he mostrado en esta proposición, es una forma de origen de las dimensiones relacionales fundamentales del patriarcado: apropiación, control, valorización de la procreación, enemistad y guerra." — Humberto Maturana, "Transformación en la convivencia"
A través de este relato, Maturana nos invita a ver el patriarcado como una deriva cultural nacida de la cosificación de la naturaleza. Al surgir la "apropiación", el ser humano no solo cambió su forma de adquirir alimento, sino su biología emocional, sentando las bases de una cultura basada en la jerarquización (antropocéntrica) y el control reproductivo. Este sistema de valores es aún hoy claramente patente, por ejemplo, en el conflicto que enfrenta a los pastores españoles con el lobo ibérico. Un conflicto de parámetros similares que también afronta la población indígena sami de Escandinavia, quienes de ser cazadores ancestrales de renos han pasado a pastorearlos. Una realidad compleja que queda perfectamente resumida en este artículo de David Nieto, donde se describe con precisión el concepto de "apropiación" de la naturaleza expuesto por Maturana.
Los lapones tienen su origen en las culturas cazadoras paleolíticas que, tras la última glaciación, se desplazaron hacia el norte siguiendo a las manadas de renos. No obstante, y por diversas razones históricas, a partir del siglo XVII, el cazador nómada sami se convirtió, paulatinamente, en pastor y sucumbió al arte de la dominación. Bajo esta nueva lógica, el reno salvaje se transformó en ganado dócil. Para lograrlo, los pastores aplican técnicas como la castración de los machos —a través de la técnica dental realizada a mordiscos por el propio pastor y denominada 'gaskit'—, asegurando así que los rebaños sean más manejables y que la lógica de la "apropiación" se imponga de esta espeluznante forma.
“Los padres de nuestra civilización descubrieron lo que hay que hacer para convertir a un toro en buey y poder utilizar su fuerza sumisa para tirar de la carreta o labrar los campos: castrarlo cuando es muy pequeño; entonces inventaron la ganadería, tener un montón de vacas, de ovejas o de lo que sea, reproduciendo lo que interesa; se trata de dominar a la especie en cuestión para reducir su vitalidad sin matarla del todo, para poder explotar la producción de esas vidas mutiladas. Este arte de la dominación, de la devastación y de la explotación lo aplicaron a la sociedad humana, para conseguir ejércitos para las guerras de conquista, y esclavos para el trabajo forzado.” — Casilda Rodrigáñez, "La sexualidad y el funcionamiento de la dominación".
Hay que señalar que la castración de los ejemplares machos es una técnica clave en la ganadería que se practica de manera generalizada en todo el planeta con todo tipo de especies. Con ella se aumenta la docilidad del animal y se propicia que gane peso para obtener más carne. Solamente unos pocos animales se libran de la mutilación en cada rebaño: aquellos que son seleccionados como sementales; el resto son sacrificados. Este proceder parece haber servido de ejemplo en las invasiones indoeuropeas pues, como evidencian las investigaciones arqueogenéticas, a partir de la conquista de un determinado territorio desaparecían casi por completo los linajes paternos indígenas (cromosoma Y) y empezaban a predominar los de los invasores. Es decir, los guerreros indoeuropeos actuaban a modo de "sementales" de la población nativa femenina superviviente, que pasa a ser concebida como un rebaño humano al que se le aplica la lógica de la producción ganadera. Todo ello provocó un notable cambio en el concepto simbólico de fertilidad, que pasó de ser asociado a los ritmos de vida, muerte y regeneración de la naturaleza —propio de la cosmovisión indígena preindoeuropea— a asociarse a la cantidad, a la máxima reproducción posible.
"Cambia la noción de fertilidad, que deja de ser la armonía del vivir en ciclos de nacimiento y muerte de la naturaleza, para pasar a ser el crecimiento en cantidad; la procreación pasa a ser un valor, y no sólo la procreación del ganado, sino también de los hijos, con lo que la mujer pasa a ser una fuente de riqueza. Pero, con la valoración de la procreación surge la explosión demográfica y la sobrecarga ecológica. Todo se hace apropiable, no sólo el ganado, todo lo que se puede defender por la fuerza. (...) La mujer pierde su autonomía sexual y su sexo pasa a ser propiedad de un patriarca." —Humberto Maturana, "El sentido de lo humano".
Este vuelco simbólico en las creencias parece estar reflejado en numerosos mitos indoeuropeos y semíticos que representan a un guerrero —habitualmente ecuestre (San Miguel, San Jorge...)— matando al dragón; es decir, matando al arquetipo mítico con el que las culturas preindoeuropeas representaban al principio de fertilidad masculino de la naturaleza —como Ofión entre los pelasgos o Sugaar entre los vascos— y asociado al principio femenino de la Gran Diosa. A partir de entonces, es el caballero quien encarna el paradigma de virilidad y masculinidad patriarcal —sin paredro femenino—, que ya no se asocia arquetípicamente a la naturaleza, sino a la batalla. Así lo explican Jakue Pascual y Alberto Peñalba:
"El caballero dirige, controla, domina el caballo. Es el amo que prevalece sobre la cabalgadura. De esta manera, se formula el principio de la separación, de la cosificación como expresión extrema de la alienación, estigmatizando al otro como un objeto al que se le niega su cualidad activa y creativa. En definitiva, la afirmación de lo masculino (Ar) -principio básico de la caballería- sin atender a su recíproco componente femenino (Eme)." — Jakue Pascual y Alberto Peñalba, "El juguete de Mari"
Cabe recordar, del mismo modo, que los indoeuropeos fueron los primeros en conseguir domesticar el caballo, utilizarlo para la guerra y recorrer grandes distancias gracias a él. El caballo, animal totémico por excelencia de los pueblos paleolíticos y que, según la tradición de numerosas sociedades arcaicas, es el encargado de conducir las almas de los difuntos hacia el más allá (animal psicopompo), fue precisamente empleado por estas culturas patriarcales como una herramienta bélica portadora de muerte (tal como ilustran los jinetes del Apocalipsis de la tradición semítica).
"Los descendientes de los viejos cazadores paleolíticos, en sus tribales tierras originales de las vastas y verdes estepas del norte de los mares Negro y Caspio, se han convertido ahora en guerreros. (...) Según Joseph Campbell "eran polígamos, patriarcales, orgullosos de sus genealogías, sucios, duros y habitaban en tiendas". Apacentaban ganado, cabalgaban sobre caballos y, en torno al 2000-1700 a.C, inventaron la rueda de radios y los carros ligeros. Enterraban a sus líderes tribales bajo un montículo junto con sus ayudantes y caballos. (...) Ensalzaron al guerrero por encima incluso del sacerdote que celebraba sus rituales de sacrificio donde la víctima principal fue el caballo. Un escriba sumerio, alrededor del 2100 a.C, podría estar describiéndolos al mencionar la devastación efectuada por "una hueste cuya arremetida era como un huracán, un pueblo que jamás había conocido una ciudad". La vista de estos hombres unidos a sus caballos debió de haber aterrorizado a la gente sobre la que se lanzaban, dando lugar tal vez a la imagen del centauro u hombre-caballo." Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la Diosa”
La ganadería como sinónimo de riqueza
Hasta ahora hemos podido comprobar cómo existe un más que evidente nexo entre el surgimiento de la ganadería nómada de grandes rebaños y el patriarcado. A continuación, intentaremos demostrar también cómo el desarrollo de la ganadería transcurrió de forma paralela al surgimiento de los primeros sistemas de intercambio monetario. Y es que nuestros libros de historia suelen indicarnos que, con el crecimiento demográfico y la aparición de los “excedentes” agrícolas cerealistas, sobrevino inevitablemente la lucha por el poder, la sociedad de clases, etc.
No obstante, hoy sabemos que las eminentemente agrícolas culturas neolíticas preindoeuropeas eran notablemente excedentarias (lo suficiente para desarrollar abundante arte, centros urbanos, comercio, etc.) pero que, a pesar de ello, coexistieron de forma fraternal entre todas ellas durante un inmenso periodo de tiempo que, en ocasiones, sobrepasa los dos mil años ininterrumpidos sin signos de violencia o enfrentamientos bélicos. Sin embargo, si tomamos como referencia la etimología de diversas palabras relacionadas con los conceptos de riqueza, dinero o capital, llegaremos a la conclusión de que el primer valor de intercambio durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro fue el ganado.
La pista más clara nos la da, precisamente, la misma palabra “ganado” que viene de “ganancia”. Así, en la antigua Roma el término indoeuropeo pecu (ganado) derivó en el latín pecunia (dinero). Igualmente, el vocablo “dinero”, proviene del latín denarius, moneda de plata entre los antiguos romanos que en su origen valía diez ases, lo que remitía al precio equivalente de “diez asnos” (Denis asinum). Del mismo modo, la palabra “capital” proviene del latín capitalis y este, a su vez, del indoeuropeo Kaput, que significa “cabeza” (de ganado); es decir, que el capital de una persona era el número de cabezas de ganado que poseía. Y si nos remontamos aún más en el tiempo, hasta el idioma vasco (euskera), la última lengua preindoeuropea de Europa Occidental, nos encontramos con que riqueza se dice aberatza, compuesta por abere (ganado) y tza (sufijo de abundancia).

Manuel-Antonio Marcos Casquero destaca la unanimidad de las fuentes clásicas —Varrón, Plinio, San Isidoro y Cicerón— al derivar el término pecunia (dinero) del latín pecus (ganado), reflejando cómo la riqueza en la antigua Roma se medía inicialmente por la posesión de animales. El estudio señala que, con el tiempo, el concepto evolucionó de pecuniosus (ganadero) a una acepción más amplia de riqueza:
“Los antiguos etimologistas latinos mostraron una absoluta unanimidad a la hora de explicar el término pecunia, ‘dinero’, como vocablo estrechamente emparentado con pecu (‘ganado’), pecus -oris (‘ganado, rebaño, manada’) y pecus -udis (‘res, cabeza de ganado, carnero, oveja’). Así lo manifiesta Varrón cuando afirma que pecuniosus (adinerado) proviene de pecunia magna (dinero abundante), y que pecunia (dinero) deriva de pecus (ganado), pues el origen de estos vocablos se remonta a los pastores. Otro tanto hace Plinio el Viejo: pecunia se dice así por derivar de pecus -oris.
Y con ellos coincide San Isidoro de Sevilla, que se apoya en la autoridad de un pasaje ciceroniano (De rep. 2,9,16) para explicar el significado de pecuniosus como ‘ganadero’ o
‘adinerado’: Tulio [Cicerón] dice que inicialmente se aplicó este nombre a los que poseían abundante pecunia, es decir, pecora (ganado). Así los denominaban los antiguos; pero poco a poco, y
por ampliación abusiva de su sentido, se aplicó este nombre a otros bienes.
En efecto, según el pasaje de Cicerón: La primitiva Roma, en sus orígenes, mantenía el orden castigando con multas consistentes en la entrega de ovejas o bueyes, pues antaño la riqueza
consistía en la posesión de ganado y tierras, y de ahí que a los ricos se los denominase pecuniosi (ganaderos) y locupletes (terratenientes)." — Antonio Marcos Casquero,
“Pecunia. Historia de un vocablo”
Parece ser, por tanto, que no fue la agricultura la que, con sus excedentes, creó la propiedad privada, la sociedad de clases o la lucha por el poder, sino que las evidencias lingüísticas señalan explícitamente a la ganadería como origen de los sistemas humanos de dominación y acumulación de riquezas. Así lo explicaba Pablo Pedro de Astarloa hace más de doscientos años (en 1803) en relación al euskera, la lengua más antigua de Europa occidental:
"En el tiempo de la imposición del nombre "aberatza" (rico), no se conocía el oro, la plata, ni otras cosas preciosas que hoy constituyen al verdadero rico; y que esta verdad y la de haber sido la primitiva voz "riqueza" la abundancia de ganados, hace ver la analogía que tiene nuestra voz "aberatza" con el origen antiquísimo de la riqueza." — Pablo Pedro de Astarloa, "Apología de la lengua bascongada, o ensayo crítico filosófico sobre su perfección y antigüedad."
Y en el mismo sentido, el antropólogo Ernest Borneman señala:
"Es un hecho innegable que el primer objeto de la propiedad privada no fue el suelo, sino el ganado; que los inventores de la explotación no fueron los agricultores, sino los pastores. El ganado es como el dinero: se multiplica.” — Ernest Borneman, "Le patriarcat"
La confrontación histórica entre agricultores y pastores
El choque histórico entre las culturas indosemitas y las sociedades nativas que invadieron ha quedado reflejado en algunos de los textos sagrados más antiguos de la humanidad bajo la apariencia de relatos míticos que enfrentan a pastores y agricultores. En dichos mitos se intenta prestigiar la figura del pastor nómada como símbolo de la nueva era patriarcal (no hay que olvidar que, en las culturas preindoeuropeas, la agricultura y la recolección eran labores eminentemente femeninas). Veamos algunos ejemplos:
1. El Poema de Gilgamesh
Como ya hemos dicho anteriormente, los pueblos semíticos representan uno de los dos focos de origen de la
cultura patriarcal. Eran pueblos de pastores nómadas de ovejas y cabras que habitaban el desierto arábigo y que, desde ahí, emigraron hacia el norte (posiblemente debido a la desertificación de
su territorio) para colonizar a los pueblos agricultores preindoeuropeos de Oriente Próximo. Uno de estos pueblos fueron los acadios, que con el paso de los siglos levantarían su imperio en
tierras mesopotámicas hace unos cuatro mil años. De esa época procede una de las copias más antiguas del famoso Poema de Gilgamesh, en el que encontramos la historia de Enkimdu el
agricultor y Dumuzi el pastor.
El punto central del mito consiste en el cortejo a Inanna, la Gran Diosa del panteón sumerio. Inanna debe elegir esposo, y los dos rivales son Dumuzi, el pastor, y Enkimdu, el agricultor. Utu,
dios del sol y hermano de Inanna, la insta a que acepte a Dumuzi, pero al principio Inanna muestra preferencia por Enkimdu. Sin embargo, Dumuzi insiste, asegurando que sus rebaños son un producto
más valioso que aquello que pueda ofrecer el agricultor. Los rivales se encuentran y se pelean a orillas de un río, pero Enkimdu se rinde y permite que los rebaños de Dumuzi pasten en su tierra.
Finalmente, Inanna escoge como esposo al pastor Dumuzi.
En esta historia, Enkimdu (quien según la mitología sumeria es salvaje, vive en el bosque con los animales y los libra de las trampas de los cazadores) representa al antiguo mito preindoeuropeo
del Señor de los Animales y de los bosques, el Dios Astado de la fertilidad que, junto a la Diosa, protagonizaba cada año el rito sagrado agrícola de la Hierogamia (matrimonio sagrado).
Con la nueva mitología patriarcal, sus funciones serán reemplazadas por el pastor Dumuzi, el nuevo representante del principio masculino de la naturaleza.
2. En el Antiguo Testamento
Otro pueblo de origen semítico fueron los hebreos. En el libro del Génesis encontramos la famosa
historia de Caín, el agricultor, que mata a Abel, el pastor. Hoy sabemos que el simbolismo de dicho mito refleja exactamente lo contrario de lo que pasó: que fueron las culturas ganaderas quienes
iniciaron una guerra a sangre y fuego contra las agricultoras. Se trata, por tanto, de una de las primeras "verdades oficiales" de la historia, creadas por el bando ganador. Un resumen de lo que
cuenta el capítulo cuarto del Génesis podría ser este:
Caín fue el primogénito de Adán y Eva una vez que habían sido desterrados del paraíso; fue el primer ser humano nacido sobre la Tierra. Posteriormente nacería su hermano Abel. Caín se dedicó a la
agricultura, mientras que Abel fue pastor de ovejas. El relato bíblico explica que un día los hermanos ofrecieron en sacrificio los frutos de sus trabajos a Dios. Yahvé prefirió el
sacrificio de Abel (de los primogénitos de sus ovejas) sobre el de Caín (del fruto de la tierra), quien enloqueció de celos y mató a su hermano. Al ser interrogado por Yahvé acerca del paradero
de su hermano, Caín responde: «¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?». Sabiendo lo que había ocurrido, Yahvé castigó a Caín condenándolo a vagar por la tierra de
Nod.
Vemos cómo, al igual que en el Poema de Gilgamesh, la deidad elige las cualidades del pastor por encima de las del agricultor. De igual modo, el Nuevo Testamento
convierte a Abel en mártir y a los pastores semitas en el prototipo de la más honrosa justicia humana. Jesús lo canoniza (Mateo 23:34-35) como el primero de los muertos en nombre de la justicia,
y su ejemplo sirve a los apóstoles como premonición del sacrificio de Jesús. En el Corán, el pacifismo de Abel, que se niega a resistirse a la violencia, es la virtud que lo salva, siendo el
principal ejemplo de mansedumbre para el islam.
Como señala el escritor Josu Naberan en su obra "La vuelta de Sugaar":
"Ahora sabemos que las cosas no fueron exactamente así, sino todo lo contrario. Fue Abel (abel en euskera significa ganado, y abeltzain es el pastor) el que invadió las tierras de Caín el
labrador, y quien realmente mató o esclavizó a los habitantes del este de Europa, Anatolia o Canaán. Puede ser que algún Caín, en alguna revuelta, matara a algún que otro Abel, pero la historia
no sucedió como quedó escrita por los historiadores del bando vencedor. Los vencedores seguirían manipulando sistemáticamente la historia: convirtiendo al agresor en víctima, y a la víctima en
agresor.”
3. La invasión de América
Y para hacernos una idea de cómo pudo ser en la antigüedad el choque entre las culturas ganaderas indosemitas y las eminentemente agrícolas preindoeuropeas, podemos fijarnos en lo que ocurrió con la invasión española del continente americano. Este proceso histórico actúa como un espejo donde se refleja la misma lógica de dominación:
-La llegada de una cultura de "caballeros" y pastores a territorios habitados por sociedades agrícolas y recolectoras con una cosmovisión radicalmente distinta.
-El reemplazo de los linajes masculinos nativos.
-El mestizaje forzoso con las mujeres locales con fines reproductivos.
Fabio Yepes argumenta que la ganadería en la América colonial funcionó como una estrategia de ocupación territorial que permitió a los hidalgos españoles consolidar su poder económico y político, desplazando a la población indígena. Esta actividad señorial, que evitaba el trabajo físico servil, utilizó la destrucción de cultivos nativos por parte del ganado como mecanismo para forzar la migración indígena hacia zonas montañosas.
"La propensión pastoril del español sufrió una sublimación al ser trasplantada a América, porque los hidalgos que llegaban pobres y se volvían ricos en poco tiempo con el oro tomado a los indios, una vez que decidían echar raíces en el Nuevo Mundo, lo hacían con una actividad como la ganadería, digna de su condición de hidalguía. La agricultura representaba una ocupación servil por implicar trabajo físico, y por ello fue despreciada y relegada a la población indígena, para luego pasar a la negra y mestiza.
La cultura ganadera se fue consolidando como actividad señorial y la apropiación del territorio para el ganado se hizo desalojando a los indígenas de las planicies herbosas, las mejores para la cría. Para ello utilizaron el modo más eficaz: soltaban el ganado para que destruyera los cultivos, obligándolos a emigrar a lugares alejados, generalmente a las zonas montañosas. La vieja institución española de la "derrota" o libertad de los rebaños para invadir los cultivos durante el tránsito de un lugar a otro, se trasplantó a América y contribuyó a que los terratenientes ensancharan sus propiedades. Es así como la ganadería se constituyó en una estrategia de ocupación territorial y en fuente de poder económico y político." Fabio Yepes, "Ganadería y transformación de los ecosistemas."
Posdata:
Al principio de este capítulo recogíamos un texto de la Confederación de Naciones Iroquesas indicándonos que la domesticación de animales fue el catalizador que provocó el que se pusiera en marcha una nueva forma de concebir el mundo, cuya continuidad y expansión a lo largo de la historia han situado a nuestro planeta al borde del colapso. Esta afirmación puede resultar extraña o exagerada para muchos lector@s. Sin embargo, si echamos un vistazo a las consecuencias actuales que está provocando la expansión mundial a gran escala de la ganadería industrial, podemos darnos cuenta de que los iroqueses no iban del todo desencaminados.
-Informe sobre la situación actual:
- La ganadería industrial está destruyendo el planeta
- Video de 3 minutos que resume la cuestión:
La verdadera relación entre ganadería y deforestación
- Modelos alternativos a la ganadería industrial:
Respuestas para un modelo alimentario mas justo, saludable y sostenible