Capítulo 4


Las invasiones indoeuropeas y semitas en Asia

 Sólo podemos conjeturar de qué manera la cultura de la diosa de la Edad del Bronce habría continuado desarrollándose de no haber sido conmocionada por la llegada de miembros guerreros de tribus migratorias, que impusieron su mitología y sus costumbres patriarcales a los pueblos agrícolas cuyos teritorios invadieron. Allá donde se encuentren dioses del cielo  —del rayo, trueno, fuego, aire y tormenta—, junto a la maza, el hacha de combate y a la glorificación del guerrero, nos hallamos en presencia de la herencia indoeuropea (aria) y semítica. El impacto producido por estos pueblos tribales en las culturas de la diosa de la Edad del Bronce, de Europa a la India, fue dramático. [...] Dondequiera que penetrasen se establecían como la casta dominante, y su aparición queda marcada por la estela de devastación que van dejando a su paso [...]El eco de la mitología de la guerra, que escuchamos en el Mahabharata, en la Ilíada, y en el Antiguo Testamento, proviene de estas migraciones de la Edad del Bronce." — Anne Baring y Jules Casford, El mito de la Diosa"


 

Como hemos visto a lo largo del capítulo anterior, hoy podemos afirmar con seguridad y rigor, que la guerra y el poder jerárquico patriarcal que se muestran en nuestros libros como parte intrínseca e inevitable del devenir de la historia, aparecen en realidad en un determinado momento histórico: cuando comienza la expansión de las llamadas culturas indoeuropeas hace alrededor de unos 6.000 años. Este choque histórico entre los complejos culturales preindoeuropeo e indoeuropeo, teorizado por la arqueóloga Marija Gimbutas en su ya famosa hipótesis de los kurganes, supuso un vuelco de extraordinarias consecuencias en la historia de nuestro continente. Conocerlo en profundidad es también indagar en las raíces culturales primigenias de lo que hoy denominamos Civilización Occidental y nos ayuda a entender nuestro presente como una consecuencia evolutiva de aquellos procesos históricos que las culturas indoeuropeas pusieron en marcha para aniquilar las condiciones originales de vida (matrifocal, igualitaria, pacífica…) de las culturas indígenas europeas.

 

Prosiguiendo con el análisis de estos procesos históricos, es importante reseñar que la expansión de los pueblos indoeuropeos desde la estepa póntica no sólo se produjo hacia el Occidente de Europa; también avanzaron hacia el sur y hacia el este, dejando a su paso un reguero de muerte y destrucción desde Oriente Próximo (hurritas, casitas, hititas...) hasta el  Valle del Indo (arios) y la Cuenca del Tarim (tocarios). 

 

«Las migraciones de los nómadas indoeuropeos no se dirigieron tan sólo hacia Occidente. Por rutas todavía no bien individualizadas y tal vez múltiples (Anatolia, el Cáucaso, pero, sobre todo, las estepas situadas al este del Mar Caspio y Siberia meridional), llegaron a la meseta de Irán, a los oasis de Asia central y a los contrafuertes y valles del Pamir. Algunas tribus avanzaron más aún. A través de los pasos del Hindu Kush penetraron en el subcontinente Indio e irrumpieron en el valle del Indo. También en estas tierras chocaron con las poblaciones locales asentadas desde tiempo atrás, dotadas de una civilización urbana, agrícola y marinera más avanzada. También en estas tierras los invasores terminaron por imponerse y casi borrar los rastros de un mundo que había sido refinado y tecnológicamente desarrollado. Ha sido sólo en nuestro siglo, a partir de 1921, que las excavaciones arqueológicas han permitido volver a descubrir una historia perdida. Volvieron a la luz las imponentes ruinas de las ciudades de Harappa y Mohenjo-daro, distantes entre sí unos seiscientos kilómetros y, sin embargo, tan semejantes que inducen a pensar en un proyecto común. El ápice de su prosperidad ha sido situado entre el 2.300 y el 1.750 a.C." Gianluca Bocchi y Mauro Ceruti, "El sentido de la historia"

 

Rutas que siguieron las invasores indoeuropeos en sus incursiones en el continente asiático
Rutas que siguieron las invasores indoeuropeos en sus incursiones en el continente asiático

 

Paralelamente a dichos procesos históricos, los pueblos semítas (acadios, asirios, hicsos, hebreos....), portadores de una cosmovisión con valores belicistas y patriarcales muy similares a los indoeuropeos, se expandieron violentamente por Oriente Próximo desde el desierto arábigo.  

 

Mapa que muestra el origen geográfico de los pueblos semitas y las rutas que siguieron sus migraciones.
Mapa que muestra el origen geográfico de los pueblos semitas y las rutas que siguieron sus migraciones.

“Los arios no fueron las únicas tribus que amenazaron la cultura de la Diosa en Oriente Próximo. Hacia el oeste de Mesopotamia hay un vasto desierto que, por el norte, alcanza Siria y, por el sur, el extremo sur de Arabia. Fue esta región, tan radicalmente diferente de los valles fértiles del interior y de las tierras nutridas por grandes ríos, el lugar del que surgieron todas las tribus semíticas conocidas y mencionadas a lo largo de las edades del Bronce y el Hierro. Entre ellas se hallaban los acadios, que se establecieron en el norte de Sumer y que finalmente también se hicieron con el control de las ciudades del sur bajo se rey Sargón (2.300 a.C.); los amorreos babilónicos, cuyo rey Hammurabi (1800 a.C.) es famoso por su código de leyes. Otro grupo de amorreos conquistó la ciudad de Jericó cerca de 1450 a.C., dejándola en ruinas; fueron luego sucedidos por los cananeos, pero sucumbieron ante los asirios (580 a.C.), que habían tomado Babilonia en el 1100 a.C., extendiendo su inmenso imperio sobre sus aterrorizados vecinos." Anne Baring y Jules Casford, El mito de la Diosa":

 

Estas culturas semitas guardan enormes paralelismos con las indoeuropeas. Son pastores nómadas que se desplazan a lomos de camellos junto a sus rebaños de ovejas y cabras. Son patriarcales, jerárquicos, adoran a dioses celestes masculinos, etc. Sobre el trasfondo antropológico y simbólico de dichas similitudes culturales Bocci y Ceruti señalan:

 

“Entre la expansión de los pueblos indoeuropeos y la expansión de los pueblos semíticos hay notables analogías. Ambos grupos de pueblos fueron en su origen grupos nómadas y pastorales cuyo hábitat se hallaba en las lindes de los primeros focos de civilización; ambos emigraron recorriendo miles de kilómetros y conquistaron los grandes centros de las civilizaciones agrícolas y urbanizadas (en Mesopotamia, las primeras oleadas semíticas sustituyeron a los sumerios); ambas irrumpieron en los escenarios del Asia menor y del Oriente Medio aproximadamente en el mismo período, durante el tercer milenio a. C. (los hititas indoeuropeos y los asirios semitas al parecer se encontraron en Kanes, en la Anatolia central, 1.900 años antes de Cristo).

 

Pero, sobre todo, tanto los pueblos indoeuropeos como los pueblos semíticos tenían estructuras sociales rígidamente androcráticas. En sus ritos eran frecuentes las invocaciones a los dioses de la tribu, de la guerra y de la conquista. Muy similares fueron los conflictos sociales y espirituales que generó su encuentro/choque con las poblaciones (agrícolas y gilánicas) que vivían en Europa y el Oriente Medio en la época de sus invasiones. Al igual que en la Vieja Europa (Old Europe), también Mesopotamia conserva la memoria de un tiempo de paz y abundancia, bruscamente interrumpido; también los sumerios veneraban a una Diosa Creadora similar a la de sus vecinos, los elamitas. […] Los indoeuropeos no son parientes próximos de los semitas, como demuestra la lejanía de sus hábitats originarios. Sin embargo, las oposiciones «androcrático» versus «gilánico», «ganadero» versus «agricultor», «nómada» versus «urbano» definen una polarización fundamental entre indoeuropeos y semitas por un lado, y las poblaciones de la Europa neolítica, del Oriente Medio pre-semítico y de la India pre-aria por el otro.” Gianluca Bocchi y Mauro Ceruti, "El sentido de la historia"

 

En las siguientes imágenes podemos ver tres ejemplos de distintas representaciones de la Gran Deidad femenina que, de manera común, presidía el universo simbólico de los territorios que invadieron las culturas indoeuropeas y semitas (Pulsa en las imágenes ara leer su respectivo pie de foto).

 

 

En su libro "Mitología Occidental" —tercer volumen de "Las mascaras de Dios"—, el antropólogo Joseph Campbell nos describe la profunda transformación social que las cosmovisiones indoeuropea y semítica provocaron en las sociedades de la época:

 

"Hacia finales de la Edad del Bronce y, de modo más intenso, en los albores de la Edad del Hierro (C. 1250 a. C. en el Próximo Oriente), la antigua cosmología y las mitologías de la Diosa madre fueron transformadas, reinterpretadas y, en gran medida, hasta suprimidas de forma radical por aquellos guerreros patriarcales tribales, inesperados intrusos, cuyas tradiciones nos han llegado principalmente a través del Antiguo y Nuevo Testamento y de los mitos de Grecia.

 

Dos matrices geográficas extensas fueron las tierras de origen de estas oleadas de guerreros insurgentes: para los semitas, los desiertos sirio-árabes, donde, como nómadas errantes, pastoreaban rebaños de cabras y ovejas y más tarde dominaron al camello; y, para las estirpes heleno-arias, las extensas planicies de Europa y del sur de Rusia, donde apacentaban sus manadas de ganado y donde pronto domesticaron al caballo. (...) Ahora está perfectamente claro que antes de su violenta irrupción acaecida en la Edad de Bronce tardía y la Edad de Hierro temprana, en los viejos lugares de culto del mundo antiguo había prevalecido una visión de la naturaleza y de las necesidades de la vida esencialmente orgánica, vegetal y no heroica; dicha visión resultaba completamente repugnante para quienes la lanza de combate y el pillaje, y no la paciente labor de la tierra, eran fuentes de riqueza y gozo." Joseph Campbell, "Mitología Occidental"

 

No es muy difícil deducir mediante un sencillo ejercicio de empatía que, a consecuencia del nuevo fenómeno cultural de la guerra, el miedo pasó de ser una emoción esporádica a ser un sentimiento que lo impregnó todo, obligando a las ciudades a abandonar los valles para crear fortificados asentamientos en lugares estratégicamente defensivos. Esta es la verdadera cara del periodo histórico en el que surgen todas estas civilizaciones patriarcales y no la que edulcoran las grandes producciones cinematográficas con el honor y la heroicidad que envuelven a sus actores protagonistas.  

 

"Como consecuencia de las invasiones arias y semíticas, las actitudes ante la vida y la muerte se alteraron radicalmente, en tanto que se sentía que no se podía confiar en la vida, y la muerte violenta se convirtió en la norma antes que en la excepción. Así, una relación con la naturaleza de muchos miles de años de antigüedad sufrió una conmoción, al dejar de sentirse la gente segura en sus aldeas y buscar refugio primero en pequeñas ciudades y luego en grandes ciudades cercadas con muros inmensos. Un nuevo grupo social, el de los guerreros, hizo su aparición. y el anterior grupo de granjeros, se convirtió en poco más que en siervos." Anne Baring y Julesh Cashford, "El mito de la Diosa"

 

Testimonio de la barbarie en los textos antiguos

A diferencia de las invasiones indoeuropeas en el continente Europeo, de la que carecemos de documentos que narren lo que allí sucedió, en Oriente Próximo y en el Indo si tenemos diversos testimonios escritos de lo allí acontecido desde el punto de vista de los invasores indoeuropeos y semitas. A continuación, realizamos un breve repaso de dichos procesos escritos a través de la literatura asirio-babilónica, el Antiguo Testamento y el Rigveda hindú.  

 

a) Valle del Indo:

La población indígena drávida había desarrollado por entonces en el valle del Indo y zonas adyacentes del Noroeste del Indostán, una civilización neolítica que alcanzó un altísimo grado de desarrollo, del cual dan testimonio las excavaciones arqueológicas en las ciudades de Harappa (actual provincia de Punjab) y Mohenjo-Daro (provincia de Sindh). La arquitectura y la planificación urbana de estas ciudades era verdaderamente asombrosa para su época, y, de hecho, la segunda poseyó un sistema de acueductos y cañerías al que, al decir de los arqueólogos, tendrían mucho que envidiar las ciudades occidentales de la actualidad.  

 

"Imaginaos la existencia de una sociedad sin guerras, armas ni desigualdad. Es una utopía, ¿verdad? Pues, parece increíble, pero existió. Los habitantes del valle del Indo vivieron así durante más de medio milenio (2600-1900 a. C.) en las llanuras del río Indo. Desde que arqueólogos británicos e indios tuvieron constancia de la existencia de este pueblo, en la década de 1920, han surgido numerosas teorías de su civilización. Una de ellas la apunta ahora Andrew Robinson, autor del libro The Indus: Lost Civilizations, en un artículo de la revista 'New Scientist'.

Después de casi un siglo de excavaciones se han descubierto más de un millar de asentamientos que abarcan, al menos, 800.000 kilómetros cuadrados de lo que hoy es Pakistán y el noroeste de la India. La investigación ha revelado datos sorprendentes que ofrecen un halo de esperanza a la humanidad. Robinson apunta que, aunque "fue una sociedad próspera y moderna", no se han encontrado restos arqueológicos que evidencien la presencia de ejércitos o alguna guerra en la región. [...] Podrías pensar que esto sucedió porque eran cuatro gatos. Pero nada más lejos de la realidad. El valle del Indo contaba con una población de un millón de personas, las cuales se dedicaban al comercio de exportación marítima con el Golfo y Mesopotamia. " M. Palmero,  "Descubren una civilización que vivió sin guerras ni desigualdad"

 

 

El universo simbólico drávida era muy similar al de la Vieja Europa neolítica. Eran pacíficos, matrifocales y tenían una cultura compleja: desarrollo urbano, escritura pictórica, comercio terrestre y marítmo...
El universo simbólico drávida era muy similar al de la Vieja Europa neolítica. Eran pacíficos, matrifocales y tenían una cultura compleja: desarrollo urbano, escritura pictórica, comercio terrestre y marítmo...

 

Los ecos de la existencia de esta antigua civilización — que mantenía un fluido comercio con las culturas mesopotámicas— debieron llegar hasta las culturas indoeuropeas de las estepas. Una rama de ellas, los arios, avanzaron hace unos 4.000 años hacia el sureste,  y tras pasar el famoso paso de Khyber, llegaron  finalmente hasta el Valle del Indo.

 

Así, el libro sagrado de los hindúes, el Rigveda, es el texto indoeuropeo más antiguo que se conoce, y se suele aceptar que procede más o menos de aquella misma época. Sus páginas reflejan un proceso invasor que supuso un conflicto racial y espiritual entre una cosmovisión indígena "demoníaca", y la nueva religión solar y heroica de los invasores arios. En el Rigveda, el líder de la invasión de los arios es el Dios Indra, un dios solar vinculado con el trueno y el rayo a la manera de los grandes y despiadados dioses del panteón clásico indoeuropeo (Thor, Perun, Zeus, Tarhun...). Según la mitología hindú (aria), Indra decapitó al dragón Vritrá y posteriormente a su madre, la diosa drávida Danu. Un relato mítico que mostraba “a las claras” el fin del universo simbólico preindoeuropeo y la imposición de la sociedad de castas hindú. 

 

Ejemplar del Rigveda escrito en sánscrito (indoeuropeo) y con letra devanágari.
Ejemplar del Rigveda escrito en sánscrito (indoeuropeo) y con letra devanágari.
Tú, Indra, eres el destructor de todas las ciudades, el matador de los dasyu, el prosperador del hombre, el señor del cielo. VIII, 87.6

 

Indra, el matador de Vritra, el destructor de las ciudades, ha dispersado a los dasyu nacidos de una matriz negra. II, 20.6

 

El dios que destruyó a los dasyu y protegió al color ario (aryavarna). III, 34.9
"El Rigveda, precioso testimonio de aquellos tiempos, habla de las victorias que los arios (indoeuropeos) del color del trigo consiguieron sobre las gentes de piel oscura. Ese giro se produjo hace más de tres mil años, después del 1.500 a.C. Sin embargo, todavía impregna la civilización india contemporánea. Ha generado el sistema de las castas, que ha regulado y aún regula la vida de las sociedades hindúes. Ha producido la principal división lingüística del subcontinente, que confronta a las lenguas indoeuropeas, que prevalecen en la India septentrional, con las lenguas dravídicas, que prevalecen en la India meridional. Sus efectos todavía están presentes en los rasgos característicos de la religión india.” Gianluca Bocchi y Mauro Ceruti, "El sentido de la historia"
Como una nube tormentosa,


el héroe armado irrumpe en la vorágine de la batalla.


¡Gloria a ti y cuerpo ileso!


¡Protéjate la recia armadura!


Con nuestro arco queremos conseguir rebaños.


Con nuestro arco ganaremos batalla tras batalla.


Con nuestro arco, terror del enemigo,


confiamos adueñarnos de las tierras.

 

“En el que fuera quizás el momento más importante (y quizás el más nefasto) del desarrollo de la India, los relativamente pacíficos y sumamente sofisticados drávidas (junto con otros de los pueblos que habitaban el Indostan) fueron invadidos y conquistados por los belicosos y rústicos indoeuropeos. Triste como pudo haber sido este evento, fue como resultado de la interacción entre los conquistados y los bárbaros conquistadores que surgió la síntesis cultural que durante los últimos milenios ha constituido la civilización de la India.

 

El sistema de castas surgió de la necesidad que sentían los indoeuropeos de mantener los privilegios que la conquista sobre los preindoeuropeos les había proporcionado. La casta suprema, que se llamó brahmana y adquirió funciones sacerdotales, agrupó a quienes tenían una mayor proporción de sangre indoeuropea, lo cual fue justificado en el Rigveda (X. 90) diciendo que ellos surgieron de la boca de Purusha, el alma universal. La casta inmediatamente inferior, que se llamó kshatriya y se transformó en la nobleza a cargo de las funciones de Estado y de guerra, agrupó a quienes tenían una proporción un poco menor de sangre indoeuropea, y la mitología del Rigveda justificó sus privilegios afirmando que los mismos habían surgido de los brazos de Purusha.

 

La casta vaishya, de los artesanos y comerciantes, agrupó a quienes tenían todavía más sangre preindoeuropea, los cuales según el mito habrían surgido de los muslos de Purusha, mientras que la casta shudra, de los sirvientes y agricultores, comprendió a quienes tenían una cantidad todavía mayor de sangre preindoeuropea, que habrían surgido de los pies del alma universal. A quienes no tenían nada de sangre indoeuropea se los declaró intocables, ya que, no habiendo surgido de la división del alma universal, no poseían el principio divino que hacía posible la plena práctica de la religión, y el más mínimo contacto con ellos haría que cualquier hindú perdiese su casta.” Elias Capriles, "Qué somos y a dónde vamos".

 

Máxima extensión que tuvo el Imperio asirio.
Máxima extensión que tuvo el Imperio asirio.

b) Textos asirios.

La época gloriosa que nuestros libros de historia dedican a los Imperios babilónico y asirio fue en realidad un tiempo histórico de crueldad sin límites, como así lo muestra el aterrador arte asirio y numerosos testimonios que recoge la literatura sagrada semítica de la época, 

 

"La época que los libros de historia de principios de este siglo solían designar admirativamente como Gran Era de los imperios babilónico y asirio  estuvo marcada por la más bárbara de las crueldades: cuerpos desollados vivos, ojos arrancados y miembros amputados, miles de prisioneros enemigos asesinados, […] Esto creó, más que ninguna otra cosa, una compulsión hacia la agresión. La mayoría de los hombres tenían que ser guerreros. Defendían la comunidad, vengaban a los muertos, honraban su apellido. El rey en particular tenía que ser un guerrero poderoso, como David. En honor a éste los guerreros danzaban y entonaban cánticos, que decían: Saúl mató a millares y David sus miríadas. […] La crueldad se convirtió en virtud y la barbarie en modo de vida. La guerra se consideraba natural y justa, camino digno de monarcas que un hombre debía seguir si quería servir a sus dioses, a su rey y a su país. El ideal de conquista forjó los lazos de una conciencia tribal, llegando a impregnar el arte; éste se hizo eco de reflexiones que eran, por lo demás, universales, como puede verse en las aparentemente interminables filas de guerreros idénticos tallados en tablillas asirias que se dedicaban a la destrucción.” Anne Baring y Jules Cashford, “El mito de la diosa”

 

 

A continuación, recogemos una pequeña muestra de traducciones de algunos textos asirios sobre las guerras que emprendían. Así, por ejemplo, podemos comenzar por ejemplo con lo que dijo Senaquerib, Rey de Asiria (704-681 a.c.) al conquistar babilonia:

 

“No dejé a uno solo, joven o viejo. Con sus cadáveres llené las anchas calles de la ciudad […] Los bienes de esa ciudad, plata, oro, piedras preciosas, efectos personales, pertenencias, los consideré el botín de mi pueblo, que como suyos los tomaron. Los dioses que moran en su seno fueron apresados y aplastados por las manos de mi pueblo, que se llevo sus efectos y pertenencias.”


Un nuevo dios legitimaba la barbarie, era Erra, el dios asirio de la muerte. Este es un extracto de un poema épico sobre este sanguinario Dios: 

 

¡No respetes a ningún dios! ¡No temas a ningún hombre!
Da muerte tanto a jóvenes como a viejos,
al lactante y al bebe, ¡no dejes a ninguno!

 

Y esto es lo que decía el nieto del rey Senaquerib, Asurbanipal (668-626 a.c.): 

 

“Entonces yo, como ofrenda para Senaquerib, aré viva a esta gente. Su carne di de comer a los perros, los cerdos, los buitres, las águilas; […] Tome los cadáveres de la gente a la que Erra había derribado y aquellos cuyas vidas habían sido abatidas por el hambre y la hambruna […] aquellos huesos yo saqué de babilonia, Kuta y Sippar y los arrojé en montones.”

 

De Asurbanipal también parecen ser esta palabras:

 

"Mis carros de guerra aplastan a los hombres y las bestias y los cuerpos de mis enemigos. Los trofeos que conquisto están hechos de cadáveres humanos, de los que he arrancado los miembros y las cabezas. Hago cortar las manos a todos los que prendo vivos". 

 

Por su parte según otro texto asirio Assurnasirpal II relataba así sus hazañas:

 

"Levanté un pilar en la entrada de la ciudad para colgar los pellejos de los príncipes a los que hice arrancar la piel. Algunas pieles estaban en el pilar, otras colgadas con estacas a su alrededor. A algunos rebeldes solo los hice descuartizar..."

 

 

c) Antiguo Testamento

Igualmente otro testimonio escrito que puede considerarse como representativo de lo que sucedió cuando los pueblos semíticos hebreos penetraron en Canaán, lo encontramos en el libro de Josué (Antiguo Testamento), dónde Yahvé como un poderoso dios tribal, guía a su pueblo hacia la tierra que ha escogido para ellos y se dirige a Moisés instruyéndole en el arte de la guerra.

 

“Yahvé tu Dios la entregará en tus manos, y pasarás a filo de espada a todos sus varones; las mujeres, los niños, el ganado, todo lo que haya en la ciudad, todos sus despojos, los tomarás como botín. Comerás los despojos de tus enemigos que Yahvé tu Dios te ha entregado. Así has de tratar a todas las ciudades muy alejadas de ti, que no son de las ciudades de estas naciones. En cuanto a las ciudades de estos pueblos que Yahvé tu Dios te da en herencia, no dejarás nada con vida, sino que lo consagrarás al anatema: a hititas, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos, como te ha mandado Yahvé tu Dios.” (Dt 20, 13-17). 

 

Siguiendo dicho  mandato divino, el libro de Josué registra que en Jericó:

 

"Consagraron al anatema todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ovejas y asnos, a filo de espada. Prendieron fuego a la ciudad con todo lo que contenía" (Jos, 21, 24).

 

En el Éxodo Yahvé guía al pueblo de Israel a través del desierto hacia la tierra prometida de Canaán, una tierra de la que fluye leche y miel. Aquí habla como un dios tribal, que guía y dirige a su pueblo hacia la tierra que ha escogido para ellos. Pero este dios es también un dios guerrero a la manera aria. Su pueblo es, por encima de todo, guerrero:

 

 "Destruiréis todas sus imágenes pintadas, destruiréis sus estatuas de fundición, demoleréis todos sus altos. Os apoderaréis de la tierra y habitaréis en ella, pues os doy a vosotros todo el país en propiedad. Di a los israelitas: Cuando paséis el Jordan hacia el país de Canaan, arrojaréis a vuestra llegada a todos los habitantes del país." (Num 33, 51-53).

 

 

Carls Jung comenta acerca de Yahvé:

 

"La ausencia de moralidad humana en Yahvé es un obstáculo que no puede ser pasado por alto. Echamos de menos la razón y los valores humanos, esto es, dos características principales de una mente humana madura. (...) Es la imagen de una especie de demonio de la naturaleza y al mismo tiempo la de un primitivo cacique, aumentado hasta alcanzar un tamaño colosal; precisamente el tipo de concepción que se podría esperar de una sociedad más o menos bárbara, cum grano salis”.

 

Conclusión:

Estos testimonios escritos de las literaturas sagrada aria, asiria y hebrea, nos muestran las características fundamentales de una aterradora cosmovisión que estaba en las antípodas de la de “la celebración de la vida” de sus predecesoras neolíticas. Y así, a partir de aquellos terribles procesos históricos anteriormente citados, se comenzó a fraguar, progresivamente y a lo largo de una transición de muchos siglos, un nuevo imaginario colectivo en el que se ensalzaban, a través de los mitos indoeuropeos y semíticos, los valores del patriarcado, de la jerarquización social o de la guerra. Hasta que llegó el momento en el que dichos valores y preceptos morales fueron asimilados por gran parte de la población, no como algo impuesto, sino como parte natural del desarrollo y organización de toda sociedad humana.

 

"Resulta esencial distinguir entre la visión y los valores de las tribus arias y semitas, y los de aquellos pueblos  que habían sido agricultores asentados durante miles de años, en apariencia de forma más o menos pacífica. Nada menos que nuestra visión de la naturaleza humana está en juego. ¿Hemos de atender a los valores destructivos de estas tribus nómadas como específicos de su propia experiencia de la vida, o como representativos de toda la raza humana? (...) Como herederos de ambas experiencias, la del Neolítico y la de la Edad del Bronce tenemos dos "almas históricas" dentro de nosotros, una con la visión de la vida que prevaleció antes de la Edad del Bronce, y la otra, fraguada en el crisol de aquella edad aterradora. Es posible que hayamos aceptado, de forma acrítica que sólo una de esas visiones es intrínseca a la naturaleza humana - el paradigma de "los vencedores" - antes que preguntarnos si fue algo que nos fue impuesto hace tanto tiempo que ahora parece natural." Anne Baring y Julesh Cashford, "El mito de la Diosa"