Presentación
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Las evidencias arqueológicas del arte prehistórico y el simbolismo de las mitologías arcaicas europeas sugieren que una misma cosmovisión en torno a la sacralidad de la naturaleza y sus ciclos —personificados en los atributos míticos de una Gran Madre y un antropomorfo astado— fue compartida y transmitida, generación tras generación, durante un inmenso periodo temporal de más de 35.000 años en gran parte del continente euroasiático. Dicha cosmovisión primigenia habría tenido su origen a finales del Paleolítico Medio con la cultura neandertal, cuyo universo simbólico y formas de vida se integraron posteriormente con la cultura del Homo Sapiens durante el Paleolítico Superior, evolucionando y alcanzando su máxima forma de desarrollo en el seno de las primeras comunidades humanas sedentarias del Neolítico preindoeuropeo.
Estas culturas neolíticas preindoeuropeas —además de heredar y adoptar el universo mítico-simbólico paleolítico a un nuevo modo de vida agrícola y sedentario— nos muestran que, mucho antes del auge de las civilizaciones clásicas de Egipto, Mesopotamia, Grecia o Roma, ya existían en Europa sociedades con un alto nivel de desarrollo técnico (navegación a vela, uso extendido del telar, sistemas de irrigación, escritura pictórica y una abundante producción artística), pero que no necesitaban ni de ejércitos ni de esclavos para mantener su modo de vida. Aquellos primeros grandes asentamientos humanos del Neolítico —algunos de los cuales alcanzaron los 20.000 habitantes— estaban ubicados en el corazón de grandes valles abiertos, en emplazamientos estratégicamente vulnerables que carecían de muros defensivos, por lo que parece evidente que no temían ser atacados. En su arte colorido y naturalista no se ha hallado ni un solo motivo bélico o militar; y aunque conocían la metalurgia del cobre, no la aplicaban para manufacturar armas. Los restos arqueológicos muestran sociedades pacíficas y fraternales que, sin querer caer en la utopía, nos permiten afirmar que tendían hacia la equidad social, con estructuras familiares comunales que seguían la línea de descendencia materna.
Este periodo histórico fue paulatinamente llegando a su fin a partir del surgimiento de las denominadas invasiones indoeuropeas protagonizadas por culturas que portaban una cosmovisión belicista y patriarcal hasta entonces inexistente en nuestro continente. Esta nueva cosmovisión se amparaba mítica y religiosamente en dioses celestes masculinos que blandían el hacha y la maza como armas de guerra con las que imponer por la fuerza sus designios. Paralelamente, esta nueva forma de comprender el mundo encontraría otro vehículo de expansión en Oriente Próximo con las invasiones y movimientos migratorios protagonizados por las culturas semitas, las cuales terminaron por desarrollar teologías que otorgaban al ser humano el papel de dueño y señor de la naturaleza: "Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla" (Génesis 1:28).
Con el paso de los siglos, dicha cosmovisión belicista y antropocéntrica cristalizó en nuestro continente a través de la expansión del cristianismo romano y dio el salto hacia otros lugares del planeta mediante procesos coloniales que, además del expolio de los recursos naturales de las regiones invadidas, buscaron someter y sojuzgar a todas aquellas culturas indígenas que aún preservaban el biocentrismo originario de las primeras sociedades humanas. Finalmente, el desarrollo industrial y tecnológico —vinculado a una ideología de progreso y desarrollismo sin límites— ha situado a nuestro planeta y a las sociedades humanas en una situación de colapso sin precedentes, ante la que las estructuras de poder occidentales no parecen dispuestas a ofrecer soluciones reales o efectivas.
Pero a pesar de todos esos procesos históricos, aún existen en la actualidad culturas indígenas que conservan la memoria de sus orígenes, que han logrado preservar su lengua nativa y que mantienen una parte significativa de sus ritos y tradiciones ancestrales. Dichas culturas representan el último y frágil hilo que todavía nos mantiene unidos a nuestra originaria naturaleza humana, por lo que su voz debería ser un referente obligado en estos tiempos de búsqueda de sendas alternativas al callejón sin salida social y medioambiental al que nos conduce el actual modelo antropocéntrico occidental. Estas naciones indígenas comparten mayoritariamente la idea —expresada en sus visiones y en distintos foros internacionales— de que es necesario un cambio de paradigma cultural que implique un retorno hacia los valores holísticos y comunitarios de las cosmovisiones nativas ancestrales.
Obviamente, este mensaje va dirigido especialmente hacia nosotros los occidentales, quienes desde esta perspectiva debemos encaminarnos hacia el reencuentro con nuestras raíces culturales primigenias. Un primer paso hacia ese cambio de paradigma bien podría pasar por volver a situar en nuestro imaginario colectivo aquel periodo histórico paleoeuropeo en el que la cosmovisión de los pueblos de nuestro continente aún estaba hermanada con el resto de culturas indígenas del planeta. En este sentido, y a pesar del inmenso tiempo transcurrido, aún sobreviven diseminados en el folclore, la mitología y las tradiciones europeas pequeños vestigios culturales que podrían remontarse, en sus aspectos más elementales, a dicho periodo histórico. Estos vestigios constituyen finos hilos que nos conectan y pueden ayudarnos a recomponer la memoria cultural de nuestros orígenes, no por un mero ejercicio de romanticismo, sino con el objeto de reencontrarnos con una forma de comprender el mundo que puede ser portadora de valores alternativos y potencialmente transformadores para las sociedades actuales.

Con este fin, prestaremos en esta web especial atención a la denominada cultura tradicional vasca, pues su extraordinaria resiliencia desde tiempos anteriores a la irrupción indoeuropea nos ofrece pistas valiosas sobre la forma de entender el mundo de las culturas indígenas de nuestro continente. A este respecto, no deja de resultar sorprendente que la última lengua paleoeuropea occidental (el euskera), así como la última mitología que mantiene a un numen femenino (Mari) como eje vertebrador de su universo cosmológico —vinculado a paredros masculinos como el culebro Sugaar o el numen astado Akerbeltz—, pervivan precisamente en la misma área geográfica donde vio la luz la cultura paleolítica franco-cantábrica; un hecho que, unido a las evidencias arqueogenéticas, parece respaldar la continuidad biológica y cultural de una parte significativa de la población vasca desde la era glacial en dicho territorio.
Podemos afirmar, por tanto, que el pueblo vasco conservó hasta tiempos históricos recientes —y en algunos casos hasta la actualidad— determinados aspectos fundamentales de una antiquísima cosmovisión matricéntrica (etxekoandre) y comunitaria (como el Derecho Pirenaico, el batzarre o el auzolan) que, bajo diversos nombres, formas, lenguas y tradiciones, fue compartida por una gran amalgama de pueblos preindoeuropeos que antaño habitaron a lo largo y ancho de nuestro continente. Desde esta perspectiva, la llamada singularidad vasca deja de ser un hecho diferencial para transmutarse en un elemento integrador y de convergencia que puede aportar su particular granito de arena en pos de la reconexión y recomposición de las raíces culturales primigenias de Europa occidental.
De este modo, y para profundizar en lo aquí expuesto, esta web se estructura en tres apartados principales:
1. EL PALEOLÍTICO Y LA NATURALEZA HUMANA ARCAICA
Aborda la reconstrucción de la cosmovisión de las primeras culturas europeas a través de las evidencias que nos brindan la arqueología y la etnología comparada.
3. MITOLOGÍA VASCA: UN NEXO CON LA COSMOVISIÓN INDÍGENA EUROPEA
Recompone los aspectos elementales de la cosmovisión vasca arcaica apoyándose en la arqueología y la etnología comparadas, así como en la búsqueda de analogías con estructuras mítico-simbólicas compartidas por diversas culturas ancestrales.