4. Chamanismo femenino y ritos animistas en el etxe

Guillermo Piquero

Mircea Eliade, quizá la referencia académica más conocida en los estudios sobre el chamanismo comparado, expone en sus trabajos como existe un rito común a numerosas culturas indígenas de todos los continentes, en el que el/la chamán, para iniciarse en su función, debe realizar un descenso espiritual al inframundo, dónde se verá sometido a distintas pruebas que, de superarlas, le permitirán regresar al Mundo Medio como una persona ya iniciada (re-nacida). Esta consideración de la iniciación como un nuevo nacimiento (extrapolable a otro tipo de iniciaciones como, por ejemplo, los “ritos de paso”), se fundamenta en el hecho de que el neófito ha recorrido el mismo sendero por el que discurren las almas de los difuntos hasta la matriz de la Diosa, dónde acontecerá su muerte ritual (ego), para retornar de nuevo (renacer) al mundo de los vivos como una persona ya iniciada.

 

Las cuevas permitían (y permiten) que dicho descenso iniciático al inframundo se realizara no solo espiritualmente, sino también físicamente y en unas condiciones de oscuridad y silencio absoluto, que facilitan que se desarrollen los estados acrecentados de consciencia propios del chamanismo (como manifiestan haber experimentado muchos espeleólogos actuales). Este puede ser el contexto en el que se crearon muchas pinturas rupestres que se encuentran en lo más profundo de algunas cavidades, en lugares recónditos y de difícil acceso y a las que solo se puede acceder siguiendo un recorrido en el que hay que optar por diversas bifurcaciones laberínticas.    

 

Han tenido que pasar más de 150 años de investigaciones sobre las culturas Paleolítico Superior, para que se empiece a admitir de manera generalizada que, algunas cuevas, además de refugio y hogar, constituían templos sagrados cuyas especiales características (profundidad, oscuridad, silencio,..) facilitaban el acceso al Mundo espiritual a través de estados acrecentados de consciencia. Y este parece ser el significado que en realidad se esconde, tras el universal mito de entender la caverna como entrada primordial al útero de la Madre Tierra (más allá del simbolismo que evocan sus características geológicas).

 

Y puesto que todos estos ritos y ceremonias chamánicas están imbuidos, simbólica y espiritualmente, de evidentes connotaciones uterinas, parece lógico pensar, que las mujeres pudieran haber desempeñado en ellas, un papel protagonista. Frente a la visión patriarcal de la arqueología, que hasta hace unos pocos años, nos presentaba al grupo masculino celebrando ceremonias de caza en el interior de las cuevas y pintando animales en sus paredes, los más recientes estudios arqueológicos están revelando una visión de la prehistoria muy diferente. Una muestra de ello es el estudio que realizó el arqueólogo de la Universidad de Pensilvania (EE:UU:)  Dean Snow sobre las famosas pinturas de impresiones de manos en cuevas paleolíticas de España y Francia, que determinó que, en un muestreo de 32 de dichas representaciones, el 75% de ellas eran manos femeninas. Hay que recordar que la interpretación más compartida entre los investigadores actuales sobre dichas representaciones es que pudieran formar parte, precisamente, de ceremonias iniciáticas que se llevaban a cabo en las cuevas.

 

 

Para numerosas culturas indígenas actuales, y es de suponer también que para las del Paleolítico Superior, el cuerpo femenino es un microcosmos, una representación a pequeña escala del propio cuerpo de nuestro planeta. Según esta visión, el útero de cada mujer está conectado a su vez con la matriz primordial de la que procede el espíritu de todo ser vivo. Y así, en virtud de todo ello y puesto que muchos ritos chamánicos se fundamentan en establecer comunicación con el Mundo Subterráneo, con el inframundo uterino de la Diosa/Mari, las mujeres parecen estar en “ventaja” respecto a los hombres para desempeñar dichos roles espirituales:

“Uno de los intereses más concretos de los chamanes indígenas que en la antigüedad vivieron en México es lo que denominaban la liberación de la matriz […] A los chamanes les interesaba el despertar de la matriz porque, aparte de su función primaria reproductora, sabían de una función secundaria; una capacidad para procesar conocimientos directos sensoriales e interpretarlos directamente sin el auxilio de los procesos de interpretación que todos conocemos. […] La matriz y los ovarios se convierten así en elementos de percepción, en virtud de los cuales, las mujeres ven directamente la energía con más facilidad que los  hombres.” Carlos Castaneda, “Pases mágicos”

Tras estas palabras, cobra pleno sentido, un proverbio de la cultura indígena siberiana chukchee, que dice: “la mujer es por naturaleza un chamán.” Es decir, que por el  hecho de ser mujer, está determinada biológicamente (útero) para la práctica del chamanismo. El origen de este proverbio es importante desde el punto de vista de las investigaciones etnográficas, ya que el chamanismo siberiano actual (o el que se desarrolló al menos hasta tiempos históricos recientes), es considerado una práctica espiritual cuyas raíces culturales primigenias podrían remontarse, según los estudiosos de la materia, hasta el Paleolítico Superior. 

 

Así, el término “shaman” fue tomado precisamente de una lengua indígena siberiana, la evenk, dónde se pronuncia Scharman. Su etimología procede del verbo scha que significa “saber”. Es decir que un chamán para los evenk  es un “sabio”; o quizás sería más apropiado decir “sabia”, pues la mitología evenk cuenta que el primer chamán fue una mujer que poseía extraordinarios poderes. Del mismo modo, todavía hoy en día, el chamanismo femenino es aún muy relevante en otras muchas culturas siberianas como los yakutos, ostiakos, buriatos,...

 

Una circunstancia que para muchos investigadores constituye una prueba de que el chamanismo siberiano es una tradición espiritual cuyo origen surge en el grupo femenino, radica en el hecho de que mientras los términos usados para denominar al “chamán masculino” en dichas lenguas son múltiples y muy variados, no ocurre lo mismo  respecto a los términos que se emplean para designar a la “mujer chamán”, que son muy similares entre todas ellas. Así por ejemplo tenemos los términos udaɣan (en yakuto), udagan (en buriato), udugan (en Evenki y lamut), odogan (en nedigal),…  lo que evidencia que todos ellos proceden de una raíz  lingüística común muy antigua.

 

Aunque no está claro el origen de dicha raíz, algunos investigadores apuntan al tártaro udege, que significa al mismo tiempo “chamana” y “ama de casa”. Esto es un indicador, que les permite a algunos investigadores afirmar, que el chamanismo como práctica espiritual se inició originariamente en el seno familiar, en el clan paleolítico, cuya estructura social sería por tanto matrifocal, de ahí que la chamana fuera al mismo tiempo la “matriarca” o persona de mayor autoridad del clan.

 

Esta interrelación entre las funciones de chamana y matriarca, es claramente manifiesta en el hogar tradicional vasco, dónde la etxekoandre (Señora de la Casa), como máxima autoridad familiar, es la que oficia los ritos que se llevan a cabo en el etxe (sobre todo para comunicarse con el mundo subterráneo, dónde según la creencia ancestral vasca moran las almas de los antepasados).

 

“La etxekoandre es la principal ministra del culto doméstico. Ella practica distintos ritos como ofrecer luces y comestibles a los difuntos de la casa o adoctrinar a todos en el deber de mantenerse en comunión con sus antepasados. ” J.M. de Barandiaran. “Mitos del pueblo vasco”.

 

 

Hay que aclarar también, que no estamos hablando de una estructura de poder femenino, sino de un sistema de organización comunitario que propicia todo lo contrario: una tendencia hacia la equidad entre los géneros, a pesar de que cada uno de ellos suela realizar labores bien diferenciadas.  Por otro lado, dicha cultura matrifocal o matrística, solo obtiene su razón de ser en la familia como grupo social amplio y comunitario, en las familias extensas que durante miles de años precedieron a los reducidos núcleos familiares actuales. Estamos hablando, en definitiva, de la organización social y familiar que permitió nuestra consolidación como especie en el tiempo y que evolucionó posteriormente hacia las culturas matrísticas del neolítico preindoeuropeo. En este sentido, la arqueóloga Marija Gimbutas afirmaba que en la cultura de la Vieja Europa la identidad era grupal, y que posiblemente los hijos “no eran propiedades de madres individuales”. Ella hablaba de un “clan matrístico de principios colectivistas”, sugiriendo que los hijos lo eran de todo el clan. 

 

 “La Vieja Europa y Anatolia, así como la Creta minoica, eran una "gylanía". Este sistema social equilibrado, ni patriarcal ni matriarcal, queda reflejado en la religión, mitología y folklore que se derivan de los estudios de la estructura social correspondiente a las culturas minoicas y de la Vieja Europa, y se corrobora por la continuidad de los elementos en un sistema matrilineal, como el de la Grecia Antigua, Etruria, País Vasco y otros países de Europa.” Marija Gimbutas, “El lenguaje de la Diosa.”

 

Todos estos datos engarzan a su vez y dotan de un sentido de continuidad histórico a la tradición espiritual de las llamadas “brujas” europeas, mujeres que aún preservaban, transmitan y empleaban los conocimientos de la ancestral cosmovisión indígena europea. Y aunque parafraseando al cristianismo romano, en su persecución “pagaron muchos justos por pecadores”, muchas de las brujas eran verdaderas  practicantes y en algunos casos oficiantes, de una antigua religión naturalista que interactuaba empíricamente con la dimensión espiritual de la naturaleza y utilizaba ese conocimiento ancestral en beneficio de la comunidad, como cualquier otra cultura chamánica del mundo.

 

“Las Brujas fueron las chamanas europeas pre-cristianas. Mujeres que, desde el Paleolítico Superior hasta la época de la Inquisición, desarrollaron cosmovisiones y prácticas espirituales, sanadoras, visionarias, rituales y de género que inspiraron y guiaron sus vidas y las de las comunidades donde vivieron. Fueron mujeres sabias, es decir, mujeres que tenían conocimientos, poder y respeto, similar al que obtienen las chamanas indígenas en sus sociedades originarias.” Analia Bernardo, “Diosas y chamanas: Orígenes de las brujas”

 

En este sentido, podríamos considerar a la tradición espiritual femenina vasca (sorginkeria), como un pequeño rescoldo cultural, que sobrevivió hasta tiempos históricos recientes, de una ancestral religión animista que hundía sus raíces hasta tiempos paleolíticos. Y aunque hasta tiempos históricos recientes existieron grupos de personas iniciadas (Sorgin, azti,…) que realizaban distintos tipos de trabajos espirituales y oficiaban ceremonias colectivas estacionales, estamos hablando también de una religión naturalista conocida y practicada en los hogares y núcleos familiares vascos, que no necesitaban de ayuda exterior para llevar a cabo sus ritos sagrados. Dichos ritos se han convertido en las últimas generaciones en meros actos litúrgicos, pero es de suponer que, en su origen, fueran prácticas chamánicas en su sentido pleno, es decir, en las que la “comunicación” con los espíritus se producía de manera real y empírica, como ocurre en todas las culturas animistas que aún mantienen viva su conexión con la dimensión espiritual de la naturaleza. Y este es un punto clave que es indispensable admitir, si lo que se pretende es conocer y comprender el llamado “animismo vasco.”

 

“Los Chamanes han sido llamados “los que ven” o “la gente que sabe”, en el lenguaje de las culturas indígenas, porque están involucrados en un sistema de conocimientos basados en experiencias de primera mano. El chamanismo no es un sistema de creencias, […] los chamanes no creen en espíritus, los chamanes hablan, interactúan con ellos. […] Esto es muy importante, porque el chamanismo no es un sistema de fe. […] los chamanes hablan con plantas y animales, con toda la naturaleza. Esto no es sólo una metáfora. Esto lo hacen en un estado acrecentado de consciencia.” Michael Harner, “La senda del chamán”

 

Respecto a los ritos oficiados por la etxekoandre, estos estaban orientados  principalmente en mantener la comunicación y la comunión entre los vivos y los difuntos del clan, los cuales, hasta la irrupción del catolicismo en tierras vascas, recibían sepultura junto a la casa familiar. Esta consideración del etxe como cementerio, además de hogar, lo dotaba de un cierto status de emplazamiento sagrado, al que las leyes vascas reconocían derecho de asilo e inviolabilidad, como ocurría con los templos en la antigüedad.

 

“Según la concepción tradicional que aún perdura en el pueblo, el vasco se halla ligado a un ETXE (casa). Muchas veces el apellido mismo es nombre de su casa  de origen. El ETXE es tierra y albergue, templo y cementerio, soporte material, símbolo y centro común de los miembros vivos y difuntos de una familia. Es también la comunidad formada por sus actuales moradores y por sus antepasados. Tales son los atributos de la casa tradicional vasca que ahora, con los nuevos modos de vida, van desfigurándose o desapareciendo.” J.Barandiaran

 

 

La etxekoandre actuaba como sacerdotisa del culto a los antepasados de su respectivo linaje, oficiando ritos con un claro substrato animista o chamánico, y que por fuerza tenían como objetivo comunicarse con el Mundo Subterráneo. En este sentido, José Miguel De Barandiaran, nos expone la creencia ampliamente compartida de que el etxe vasco está en conexión con el inframundo, a través de galerías subterráneas que desembocaban en el fuego del hogar y que permiten a las almas de los difuntos visitar por las noches a sus parientes “del otro lado”.

 

"Los personajes a quienes se tributa el culto doméstico son las almas de antepasados. Estas son concebidas como luces y como ráfagas o golpes (indar) de viento. Pero en algunos sitios, principalmente en Vizcaya, se las considera  como sombras. A esta última concepción responde su nombre gerixeti, usado en aquella región. Erio, que es el personaje que representa la muerte, las separa de los cuerpos. Desde aquel momento su mansión ordinaria son las regiones subterráneas, según lo sugieren los relatos populares más viejos.

 

Regresan, sin embargo, frecuentemente a la superficie durante la noche, sobre todo a su Etxe, a ayudar a sus familiares vivos, a consumir las ofrendas, a  divertirse en sus hogares respectivos y a poner en regla cuentas que, al morir, dejaron pendientes. A estas almas de antepasados que, según se supone, visitan su antiguo hogar, las llaman autzek en Ziortza. También llaman así a los genios «familiares».

 

Los caminos de las almas, si nos atenemos a algunas leyendas, son ciertas galerías misteriosas que ponen en comunicación cada hogar con el mundo subterráneo. Ciertas simas y cavernas del país son tenidas como conductos por donde circulan las almas. Se refieren leyendas, según las cuales, tales conductos  desembocan en hogares o cocinas, sobre todo en los de las casas más antiguas que se hallan en comunicación con antros y cuevas frecuentadas por almas y espíritus.” J.M. de Barandiaran. “Mitología vasca.”

 

Este precioso testimonio en torno a la conexión del fuego del hogar con el inframundo vasco, es sin duda una reminiscencia de la espiritualidad prehistórica que sobrevivió, sin aparentes fisuras, de la hoguera de la cueva a la cocina del etxe. Por tanto, parece una hipótesis bastante plausible el que efectivamente como afirman algunos autores como Louis Charpentier o Andrés Ortiz-Osés, el etxe represente un continuum cultural y simbólico respecto a la caverna paleolítica, en cuanto a su concepción como templo o santuario que alberga las sucesivas generaciones de un mismo linaje…materno.

 

 

“Contrariamente a lo que definen todas las leyes sobre la propiedad, la casa no es propiedad de un hombre, de una pareja o de una familia más que aparentemente. Lo contrario sería más correcto: los habitantes de una casa son los que, en cierto modo, forman parte de la propiedad de la casa.  […] La casa es la sucesora normal de la caverna; es la caverna reconstituida sobre el suelo y ésta, tanto si las personas habitan en ella o no, es el dominio de Mari. Quizá vaya muy lejos al emitir la hipótesis de que, como resto de tiempos muy antiguos, la etxekoandre remplaza y es, en cierto modo, la proyección de Mari en sus cavernas inviolables. La etxekoandre es la representante de Mari, regente de un poder religiosamente transmitido. A ella le corresponde determinar lo que puede o no puede hacerse en el dominio de Mari. Los eruditos, ocupados con este problema con una mentalidad de inspiración cristiana, que reserva los papeles tanto sociales como religiosos únicamente a los hombres, no podían comprender, ni a menudo admitir, esta autoridad femenina, de la cual no han solido ver ni el alcance ni sus límites. No comprendieron que la etxekoandre era la representante de un bien más espiritual que temporal. Era la guardiana de un templo. A ella le correspondía hacer respetar este lugar y su perennidad, como un centro religioso que integraba, a la vez, tanto a muertos como a vivos.” Louis Charpentier,”El misterio vasco.”

 

Esta afirmación de Louis Charpentier, de que el etxe constituía un templo que reproducía las atribuciones espirituales y simbólicas de la caverna como espacio sagrado, puede constatarse al analizar uno de los lugares ceremoniales por antonomasia de la cultura tradicional vasca: la cueva de Zugarramurdi. Esta legendaria caverna conocida también bajo el nombre de “Sorginen Leizea” (Cueva de las sorginas), está atravesada en su interior por el “infernuko erreka” (Arroyo del infierno). El nombre de este pequeño riachuelo nos indica como dicha cueva era concebida como entrada al Mundo Subterráneo, como una “puerta” hacia la matriz de la Diosa/Mari. Por otro lado, la tradición oral de Zugarramurdi ha conservado una pequeña invocación que formaba parte de los ritos que tenían lugar en la cueva y que, como podemos comprobar a continuación, no tiene nada que ver con los supuestos tenebrosos sortilegios que la inquisición atribuía a estas mujeres vascas:

 

Oh izpiritua,

Zuk biziaren sekretuak dakizuna, erakuts nazazu egiaren bideak.

Utz nazazu nire aintzindakoen su inguruan dantzatzen.

Erakuts nazazu haizea bezain aske izaten

zapalatza  bezain indartsu

eta natura bezain jakintsu

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Oh Espíritu,

Tu que conoces los secretos de la vida, muéstrame los senderos de la verdad.

Permíteme danzar junto al fuego de mis antepasados,

Enséñame a ser libre como el aire,

poderosa como el águila

y sabia como la naturaleza.

 

 

Podemos observar como en la tercera línea de la “invocación” de las sorginas, se hace referencia al “fuego de los antepasados”, constituyendo otro evidente paralelismo simbólico con el fuego del hogar del etxe, por dónde las almas de los antepasados ascendían por las noches desde el mundo subterráneo. Por tanto, dos conclusiones podemos sacar de esto: la primera es que para los antiguos vascos, tanto la etxe como la cueva estaban conectadas con el Mundo Subterráneo. Y la segunda, que el vehículo de comunicación con este particular inframundo vasco parece haber sido el fuego.

 

“En muchos sitios puede decirse que el fuego de la casa es ininterrumpido. En lugar de apagarlo lo cubren de noche con cenizas, y por la mañana basta avivar la brasa para tener pronto un buen fuego. Considerando esta costumbre antiguamente universal en el País Vasco, se comprende el decir, que el fuego se viste de noche y se desnuda de día (Arratsean besti eta goizean billusten). Por el año 1924 solíamos visitar el caserío Empaundi y la abuela nos decía, cuando la veíamos apilar el fuego por la noche, que los difuntos de la casa lo necesitaban de noche como los vivos de día.” Anastasio Arrinda Albisu, “Los vascos: de la magia al animismo.”

 

En el mismo sentido sagrado, Barandiaran identifica el fuego del hogar con Mari: “el etxe es lugar sagrado protegido por el fuego del hogar (símbolo de Mari) que tiene virtudes sobrenaturales”; a lo que podríamos añadir como información complementaria que su consorte o amante, Sugaar (Sug/gar, “serpiente/llamas”) es un dragón o culebro de fuego. Esta Hierogamia ígnea que suele pasarse por alto en los estudios sobre mitología vasca, parece representar la unión entre el fuego del cielo (sol, relámpagos) y el del Mundo Subterráneo (magma), con el fuego del hogar del etxe como nexo.

 

El fuego ceremonial del hogar (Jo/gar), como antaño así era considerado el que ardía en las etxes vascas, tiene propiedades sagradas y místicas para sus moradores (y del mismo modo en todas las culturas arcaicas del planeta). Solo ahora, tras decenas de miles de años en las que sucesivas generaciones han avivado o encendido el fuego cada mañana, hemos roto la cadena generacional que nos unía a este acto sagrado, integrado en la cotidianidad de las comunidades humanas desde el principio de los tiempos. Hoy en la mayor parte de los hogares ya no hay fuego, algo impensable para nuestros ancestros, pues además de luz, calor y cocina, constituía un elemento indispensable para llevar a cabo los ritos sagrados vinculados al culto a los difuntos del etxe:

 

“Antes de la introducción del cristianismo, la casa misma debió de servir de sepultura familiar. Y en ella se hacían las ofrendas a los muertos. De esto quedan vestigios como la costumbre de encender luces y de depositar ofrendas para los difuntos de la casa en las ventanas de la misma, es decir, sobre el baratz (huerto contiguo a la casa en el que estaba el cementerio familiar), en la creencia de que aquellas luces velan por los difuntos alumbrándoles realmente en su vida subterránea (…) procurando conservar el fuego del hogar siempre encendido conforme a una ritual prescripción o norma de alumbrar a los muertos siquiera sea con una pajuela.” J.M. de Barandiaran. “Mitología vasca.”

 

 

Para nuestros antepasados, debió de representar una transición muy dolorosa el hecho de verse obligados a enterrar a sus difuntos en un lugar alejado de la casa en que nacieron. Primero fueron obligados a hacerlo en el interior de las iglesias, en las sepulturas colectivas (jarleku) habilitadas para cada etxe, y posteriormente en los cementerios. Sin embargo, las familias conservaron ciertos ritos animistas que antaño celebraban en la intimidad de su hogar y que por fuerza mayor ahora celebraban, aunque de forma atenuada, en “camposanto”.  Uno de estos ritos animistas a través del cual se comunicaban con los antepasados debió de ser el que realizaban a través de las argizaiolas (“cera/vela + tabla”) o argiolas (“luz/tabla”), una tabla de madera, generlmente de forma antropomorfa, en la que se enrolla un largo cordón de cera (ezkobildu) a modo de vela. El último tramo de dicho cordón se coloca en vertical sobre la tabla, dando la sensación de representar el cordón umbilical de la figura antropomorfa de madera. La encargada de oficiar el rito es la etxekoandre, quien enciende la argizaiola y la deposita sobre el jarleku

 

Aunque hoy en día haya quedado reducido a un mero acto litúrgico, la ceremonia que se lleva a cabo durante la eucaristía del día de los difuntos en la Iglesia de Amezketa (Gipuzkoa), constituye sin duda, una reminiscencia de los antiguos ritos animistas vascos. Así, haciendo un esfuerzo de empatía sobre en qué pudo consistir el rito original podríamos aventurarnos a decir esto: la sacerdotisa/chamana (etxekoandre) oficia la ceremonia sobre la entrada al inframundo (sepultura) para ponerse en comunicación con los espíritus de los ancestros del clan, para ello se vale de una estatuilla antropomorfa (tabla de madera) y el fuego como “hilo conductor” (cordón de cera encendido). Es también reseñable la forma antropomorfa de la tabla, lo que en cierto modo las vincula simbólicamente con las estatuillas femeninas antropomorfas halladas en tumbas del Paleolítico y el Neolítico preindoeuropeo.