7. LA MONTAÑA CÓSMICA: EL TEMPLO DE MARI...Y SUGAAR

Guillermo Piquero.

La montaña sagrada como “centro del mundo” de un espacio geográfico y cultural concreto, constituye uno de los símbolos míticos más arcaicos de nuestro planeta. Así, entre innumerables ejemplos podríamos citar al monte Kailāsh del Tíbet, considerado por el hinduismo como “el pilar y centro del mándala del mundo”; el monte Uluru australiano, al que las culturas aborígenes se refieren como el “ombligo del mundo”; una denominación muy similar a la que utilizan los palestinos para referirse al monte Tabor: “el ombligo de la Tierra”. Para los bereberes norteafricanos, el monte Atlas es el “pilar del Cielo”, y la misma denominación utiliza la tradición espiritual taoísta para referirse a las montañas Kunlun chinas. Vemos pues, como entre las descripciones que todas estas culturas arcaicas hacen de sus respectivas montañas sagradas, siempre aparecen de una u otra forma, referencias a la terminología vinculada al concepto de Axis Mundi (“Centro”, “ombligo”, “pilar” o “unión” entre el Cielo y la Tierra, etc.).

 

Sabemos que dicha cosmovisión naturalista tiene su origen en los albores de las culturas humanas, pues en ella se basaron las primeras grandes civilizaciones de la antigüedad para diseñar y estructurar sus templos. Según Mircea Eliade: “los templos son réplicas de la Montaña cósmica y constituyen, por consiguiente, el vínculo por excelencia entre la Tierra y el Cielo.” Es el caso de los zigurats sumerios, que eran conocidos con el nombre de Ekour (“la casa de la montaña”) o Dur an ki ( “enlace entre cielo y tierra”); otro ejemplo lo constituyen los templos mayas de Mesoamérica, entre los que podríamos citar el Gran templo de Kukulkan, considerado “montaña sagrada y centro del universo maya”; o el santuario de Göbekli Tepe ( “colina del ombligo”) en la actual Turquía, que constituye el Templo arquitectónico más antiguo de la humanidad. 

 

Esta antiquísima cosmovisión universal que equipara simbólicamente la estructura de la montaña sagrada con la del templo  arquitectónico, se fundamenta en el hecho de que, las montañas, no eran concebidas (como cabría pensarse) como inmensas moles de piedra, macizas y monolíticas, sino más bien como estructuras naturales huecas (templo) que evocaban el cuerpo o vientre de la Diosa/Mari, y que comunicaban con el exterior a través de simas y cavidades (puertas). Esta concepción mitológica, es perfectamente reconocible en la cosmovisión ancestral vasca:

 

“En el interior de la Tierra existen comarcas inmensas, donde corren ríos de leche; pero son inaccesibles al ser humano, mientras éste viva en la superficie. Con ellas comunican ciertos pozos, simas y cavernas, como el pozo Urbión, las simas de Okina y de Albi y las Cuevas de Anboto, de Muru y de Txindoki.” Joxe Miguel de Barandiaran, Mitología vasca”

 

Y así, este misterioso “mundo subterráneo de las montañas,” es considerado en los mitos vascos como el hogar donde habita Mari:

 

“La morada ordinaria de Mari son las regiones situadas en el interior de la Tierra. Pero estas regiones comunican con la superficie terrestre por diversos conductos, que son las cavernas y las simas. Por eso Mari hace sus  apariciones en tales lugares con más frecuencia que en otros. A este propósito se señalan  varios antros dónde el numen se ha dejado ver en ocasiones que todavía son recordadas por muchos. Tales lugares son, la cuevas y simas de Baltzola (Dima), Supelaur (Orozko), de Gaiztozulo  Anboto (Durango), de Atxorrotx (Eskoriatza), de Zaldiaran, de Aketegi, De Agamunda (Ataun), de Azalegi (Alzay) Gaiztozulo  (Aloña), de Murumendi (Beasain), de Marizulo (Amezketa), de Mendikute (Albistur), de Obanzun (Berastegi), de Odabe (Altsasua), de Akelarre  (Zugarramurdi), de Marixilo (Biriatu), de lezia (Sara), de Zelharburu (Bidarray), de Otsibarre, etc.” José Miguel de Barandiaran, “Mari o el genio de las montañas”

 

Por tanto, un factor clave para entender toda esta cosmología mítica, es que la cueva de Mari no es un habitáculo subterráneo independiente del contexto natural que la rodea, sino que debemos considerarla más bien como la entrada hacia el interior de su montaña, de su templo. No es por tanto, tan solo, “la cueva de Mari”, sino que sería más apropiado y preciso decir “la cueva de la Montaña de Mari”. 

 

Así, muchos de los nombres más conocidos que han llegado hasta nuestros días relacionan a Mari con alguna de las más emblemáticas montañas de la geografía vasca, como por ejemplo: Anbotoko Sorgina  (La Bruja de Anboto), Aketegiko Damea (Dama de Aketegi), Txindokiko Mari (Mari de Txindoki), Aralarko Damea (Dama de Aralar), Muruko Damea (Dama de Muru),…; y del mismo modo, cada montaña de la lista anterior tiene una determinada cueva dónde se dice que habita la Gran Dama vasca. Se podrá comprobar como en la inmensa mayoría de los casos, la caverna se encuentra siempre en la parte superior de la montaña y, en muchos casos, muy cerca de la cima, es decir, que actúa de nexo simbólico entre el Mundo Subterráneo y el Mundo Celeste. Constituye pues la “abertura o agujero” (en este caso también natural y física) de la que nos habla Mircea Eliade en relación a las cosmologías chamánicas, en la que confluyen el Plano Vertical (Cielo e inframundo) con el Plano Horizontal (Tierra).  Del mismo modo, muchos relatos y leyendas vascos también constituyen un ejemplo perfecto de la montaña sagrada como axis mundi que entrelaza las tres regiones (Cielo, Tierra e inframundo) del universo cosmológico chamánico. Y me estoy refiriendo particularmente a aquellos relatos en los que Marí, desde la profundidad del Mundo Subterráneo, crea los fenómenos meteorológicos que se manifiestan en el Mundo Celeste, y que afectan posteriormente a las distintas comarcas vascas sobre la superficie terrestre.

 

“Mari fragua tempestades. En Oiartzun dicen que las forma en Aralar y en Trinidademendi. En Zegama y en otros pueblos del Goierri guipuzcoano se cree que las lanza, bien desde la cueva de Aketegi, bien desde la de Murumendi. En Arano dicen que las envía de una sima de Mugiro, y que ella cruza entonces los aires en figura de caballo. En Gorriti creen que Mari saca las nubes tormentosas de una sima de Aralar. Los vientos tempestuosos los suele sacar de un pozo situado junto al puente de Maimur, según creencias de Leitza. En muchos pueblos de Álava creen que tales vientos y nubes salen de la sima de Okina. En  Kuartango dicen que salen del lago de Arreo. En Rioja es frecuente oír que vienen del pozo de Urbión. En la región de Lescun dicen que Jonagorri (Mari),  que habita en el pico de Anie, los lanza desde su morada. ”  J.M. de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”

 

 

Este particular inframundo vasco posee evidentes connotaciones uterinas, en las que el interior de la montaña actúa como proyección simbólica del propio vientre de Mari “pariendo” los diferentes fenómenos meteorológicos al exterior. 

 

La mitología vasca gira en torno a la diosa Mari, personificación de la Madre Tierra (Ama Lur). Por ello ha sido calificada como una mitología matrial, en la  que la matriz es el principio y el fin, el agujero de salida y de entrada, el origen y el destino, el nacimiento y la muerte. En esta cosmovisión vasca la energía exterior (indar) tiene una matriz mágica a modo de interior místico (adur), de  forma que toda exterioridad procede de una impronta o potencia interior.”  Andres Ortiz-Oses, “Mitología vasca.”

 

Por tanto y como indica Ortiz-Oses, esta matriz primordial, no es solo “dadora” de vida, sino también “regeneradora”, en el sentido de acoger “de vuelta” las almas de los difuntos en su tránsito hacia un nuevo renacer. Esta forma de entender la relación entre vida y muerte, común a todas las culturas de la Vieja Europa preindoeuropea, queda perfectamente expresada en el famoso mito de Amalur (Madre Tierra) como madre de Eguzki (sol) e Ilargi (luna), y nos vuelve a mostrar cómo esta matriz regeneradora es punto de origen y destino, tanto de la vida terrestre como de la celeste, por lo que una descripción más precisa del inframundo vasco sería la de “útero o matriz del cosmos”. 

 

“La Tierra, como madre, suponía el Axis Mundi de toda la existencia, dando a luz a todo lo demás que existía, incluidos al Sol y la Luna (ambas de carácter femenino en la Mitología Vasca) que actuaban a modo de hijas de Amalur. Se consideraba que cuando amanecía era que la Tierra había dado a luz al sol, mientras que la luna “había regresado” al útero materno, y cuando anochecía, se consideraba que la Tierra había dado a luz a la luna, mientras que Eguzki (la Sol) había vuelto nuevamente al útero materno.” Jack Green, “La Diosa Mari”

 

Esto es lo que queda de lo que un día fue una montaña sagrada, “Ayzerleaga” (Praileaitz).

Y así, existe una cueva en el interior de lo que un día fue una pequeña montaña (hoy devorada por una cantera) en Deba (Gipuzkoa), conocida antiguamente con el nombre de Ayzerleaga (“Peña de las abejas”) y actualmente con el menos romántico nombre de Praileaitz (“Peña del Fraile”), cuyas especiales características geográficas y morfológicas, así como su vinculación simbólica con la sacralidad mítica femenina, nos permite afirmar con más rotundidad que en otros enclaves paleolíticos, que estamos ante un templo sagrado concebido como entrada hacia la matriz de la Madre Tierra (Amalur).

 

Entrada con forma de vulva de la cueva de Praileaitz.
Entrada con forma de vulva de la cueva de Praileaitz.

El primer dato que nos reafirma en este sentido, es que una de las dos entradas de la cueva (y que tiene una evidente forma de vulva) está alineada con el solsticio de invierno (según recoge la investigación llevada a cabo por Lionel Sims y Xabi Otero en el año 2015). Esta asociación simbólica entre el mundo subterráneo y el mundo celeste, se repite en otras muchas cuevas-santuario europeas y peninsulares como por ejemplo, la cueva del Juyo (Cantabria), alineada con el solsticio de verano, o la cueva del Parpalló (Valencia) y la cueva del Cancho (Cádiz), ambas alineadas con el solsticio de invierno. Es decir, que durante esas determinadas fechas, un haz de luz solar penetra en el interior de dichas cavidades, lo cual es más que probable que fuera ritualizado por nuestros ancestros con ciertas ceremonias estacionales similares a las que en tiempos posteriores tenían lugar en los templos megalíticos preindoeuropeos (New Grange, Huerta Montero,…), también alineados con los solsticios y en los que, de igual modo, un haz de luz penetra en esas fechas concretas hasta lo más profundo de su estructura. He aquí pues la evidencia más clara que los grandes templos arquitectónicos de la antigüedad se construyeron tomando como modelo a la estructura cosmológica de la montaña sagrada. 

 

Colgante magdaleniense conocido como la "Venus de Praileaitz".
Colgante magdaleniense conocido como la "Venus de Praileaitz".

El segundo gran dato relevante en torno a la cueva de la montaña de Praileaitz es que en el interior de la misma, fue hallada en el año 2006 la que parece ser la única venus paleolítica que hasta la fecha se ha encontrado en la actual geografía vasca. Y digo “parece” porque el desgaste de la piedra negra en la que supuestamente fue tallada impide corroborar al 100% el que efectivamente estemos ante una venus paleolítica, aunque sus dimensiones, morfología, así como su comparación con otras venus de la misma época (como las de Lespugue o Kostienki), parecen confirmarlo.

 

La venus fue desenterrada en un estrato arqueológico de hace unos 15.000 años, y tiene un orificio en la parte superior, lo que induce a pensar que se usaba como colgante. Esta misma característica tiene otras 28 piezas de piedra de tamaño similar, que conformarían varios collares y que hoy en día se conocen de forma genérica como “los colgantes de Praileaitz.” Dada la coincidencia exacta del número de colgantes con el número de días de un ciclo lunar completo, que muchos de ellos contienen incisiones a modo de “cuentas” y que la venus forma también parte de esta agrupación, todo nos parece indicar que estamos ante algún tipo de simbolismo que vincula los ciclos lunares, la contabilización del tiempo y la sacralidad femenina (de la misma manera que sucede con otras venus paleolíticas como por ejemplo la de Laussell). 

 

 Por otro lado, ya hemos visto también en este trabajo como las características principales del mito de Mari encuentran su paralelismo simbólico en la Gran Diosa del arte preindoeuropeo, y como a su vez, ésta última tiene su origen cultural primigenio en el Paleolítico Superior. Por lo que podríamos afirmar, en conclusión, que la Venus de Praileaitz representa la imagen simbólica más antigua de la que hay constancia en el actual territorio vasco, de una deidad femenina que hoy conocemos bajo el nombre de Mari y que, según antiquísima tradición oral, habita en las cuevas de las montañas.

 

Imagen con la ubicación donde fueron encontrados cada uno de los 29 colgantes.
Imagen con la ubicación donde fueron encontrados cada uno de los 29 colgantes.

 

El tercer dato que destacamos es que, según las evidencias arqueológicas desenterradas en el estrato arqueológico de 15.500 años de antigüedad (en el que se encontró la venus y los colgantes), la cueva, o al menos ese espacio concreto, tuvo durante esa época concreta un exclusivo uso ritual. Aunque recientemente se ha descubierto otra entrada a la cavidad, así como nuevas galerías y materiales arqueológicos que se remontan hasta hace casi 200.000 años, la entrada que da acceso al espacio dónde se encontraron los colgantes estaba orientada al norte, lo que en plena Glaciación Wurm suponía un lugar descartable para vivir. Por tanto, parece que esta parte concreta de la cavidad no fue un espacio habitado por un grupo más o menos numeroso de humanos, que desarrolló en él sus actividades cotidianas de forma estable o estacional, sino que fue habitado por un solo individuo que desarrollaba esporádicamente funciones rituales. Así lo explica el director de la excavación, Xabier Peñalver:

 

“Podemos afirmar que Praileaitz, en este momento concreto del Paleolítico,  estuvo habitada de forma esporádica por alguien con cualidades especiales, que desempeñaba actividades de tipo ritual y seguramente era referencial no sólo para los habitantes de las numerosas cuevas cercanas, sino para los de otras más alejadas. No me voy a aventurar más, porque estamos hablando de hace 15.500 años, nada menos, pero, sin necesidad de recurrir a la ciencia ficción, basta fijarse en algunos pueblos primitivos que hoy en día habitan en distintas partes del mundo para encontrar personajes que viven aislados, muchas veces en cuevas, y que no desarrollan directamente una actividad para ganarse el sustento, sino que éste se lo proporciona la población, que les reconoce cualidades específicas, medicinales o de otro tipo.” Xabier Peñalver

 

 

Todos estos hallazgos han dado pie a que, durante los últimos años, los medios de comunicación se refieran a este individuo como “el chamán de Prailaitz.” Sin embargo, ahora que sabemos que existen sólidas evidencias etnográficas de que el origen del chamanismo pudo surgir en el grupo femenino, no resulta nada extraño el suponer que no fue chamán, sino chamana, la persona que habitó la cavidad de la montaña de Paileaitz. Así lo cree el colaborador de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, Javier Castro, quien propone la hipótesis de que la cueva fue habitada por una mujer que realizaba rituales de fertilidad y fecundidad relacionados con la maternidad y el parto:

 

“Sólo una mujer podría crear los ritos y pulir las piedras que asegurasen a la parturienta un buen parto. Una mujer que hubiera sido madre y a quien la suya le habría ayudado a parir, a conocer su cuerpo. Sus ciclos. En la discusión de lo que sois vosotras y nosotros no, es palpable, latente, que vosotras sois más cíclicas. (…) La luna es cambiante y les resultaba fácil fijarse en sus fases para contar el paso del tiempo, de la vida. (…) Aquí se trata de propiciar el buen nacer. Y, acaso, el buen morir. Son ritos de fertilidad, de fecundidad. (…) Acaso acudieran de muchas partes para ser recibidos por la chamana. Para ser protegidos. Y reconocidos. Diríamos entonces que Praileaitz sería un templo (…).” Javier Castro, “Era ella, si, la chamana…”.

 

Por tanto, lo que nos están exponiendo tanto Xabier Peñalver como Javier Castro con sus reflexiones sobre el uso ritual de la cueva de la montaña de Praileaitz, encaja con la definición de lo que en la antigüedad era un Templo oracular, un oráculo. Un espacio sagrado al que acudían las gentes de un entorno geográfico concreto, en busca del consejo de personas con cualidades espirituales especiales que pueden “ver” más allá que el resto. Este rol espiritual era generalmente ocupado en la Europa Antigua por sacerdotisas, y sin duda, las sorginas vascas, pueden considerarse herederas de dicho chamanismo femenino europeo. En este mismo sentido, Joxe Miguel de Barandiaran nos expone, como existía tradición entre los antiguos vascos de acudir a la cueva de Anboto a consultar el oráculo de Mari, para resolver eventuales problemas de sus vidas cotidianas a los que no lograban encontrar solución:

 

“En ciertos casos se pedía consejo a Mari y los oráculos de esta resultaban verídicos y provechosos. Así, el ferrón de Iraeta, viendo que no funcionaba su ferrería, se presentó a Mari en la cueva de Anboto. Ella le explicó la causa y el remedio de la avería y el ferrón logró poner en marcha la ferrería. Un caso similar ocurrió en la ferrería de Zubillaga y gracias al oráculo de Anboto, pudo reanudar su trabajo.” J.M. de Barandiaran, “Mitología vasca.”

 

Barandiaran nos habla del “oráculo de Anboto”, como un lugar en el que “se pedía consejo a Mari.” Esta importante información, que se nos presenta en forma de leyenda, nos deja entrever que posiblemente, y al igual que ocurría en otras culturas europeas arcaicas, existieron en la cultura vasca sacerdotisas (sorginas) que ejercían el papel de oráculos para transmitir, a través de su cuerpo (“canalización”), los mensajes de seres procedentes de la dimensión espiritual de la naturaleza. Para quién esta hipótesis le pueda resultar demasiado “esotérica”, hay que recalcar que estamos hablando de un tipo de “trabajo espiritual” común a todas las culturas que practican el chamanismo, del que además existen testimonios y evidencias históricas de haberse practicado en la Europa Antigua. Quizás, el ejemplo más conocido en este sentido sea el del Oráculo de Delfos, en el que además podemos encontrar pistas muy relevantes sobre en qué pudo consistir el hipotético trabajo oracular que pudo llevarse a cabo tanto en la cueva de Praileaitz, como en la de Anboto.   

 

Así, el Templo de Delfos, situado en una escarpada orografía en las faldas del imponente Monte Parnaso (Grecia), representa un ejemplo arquetípico perfecto del concepto de montaña sagrada como axis mundi y espacio sagrado oracular. Su nombre griego, Delphi, deriva etimológicamente de delphys, que significa “útero” en griego, en clara alusión al mundo subterráneo, a la matriz de la Diosa Gaia/Gea, a la que originariamente estaba consagrada el Templo. Por otra parte, el santuario albergaba una piedra sagrada (hoy pieza de museo) conocida como “ónfalos”, del griego omphalos, que significa “ombligo” y que los antiguos griegos consideraban que señalizaba el “centro del mundo”, es decir, el punto concreto por el que se accede a “la ruptura de niveles” a la que se refiere Mircea Eliade en sus estudios sobre la cosmología de la culturas chamánicas. Bajo dicho ónfalos, la leyenda dice que dormía en su caverna el dragón pitón (Python), a quién debía su poder oracular la sacerdotisa mayor del templo: la pitonisa (pitia). Dicha sacerdotisa entraba en trance extático para permitir que los dioses “hablaran a través de ella” y atender las consultas de los visitantes del templo. Las fuentes clásicas nos indican que dichos estados acrecentados de consciencia se desencadenaban al respirar la sacerdotisa ciertos vapores procedentes de una grieta del subsuelo, que algunos investigadores relacionan con emanaciones  procedentes de la falla tectónica que atraviesa por su base al Monte Parnaso.

 

A la izquierda ilustración que representa a la pitonisa de Delfos “en trance”. A la derecha la original piedra "ónfalos" de Delfos.

 

Recapitulando: Tenemos el Mundo Subterráneo identificado como “la matriz de la Diosa” (Delphys) y la entrada hacia dicho subsuelo uterino como “su ombligo” (omphalos). Así que, por pura lógica deductiva, el concepto de axis mundi en Delfos debió de ser entendido como el “cordón umbilical” de Gaia/Gea. En este sentido, algunos autores sostienen que el axis mundi, o más bien la energía ígnea que lo atraviesa, era representado en Delfos por el dragón Pitón, al que las leyendas situaban precisamente viviendo en una gruta bajo la piedra onfálica de Delfos. Esta escena mítica, encuentra su paralelismo simbólico en otras representaciones del dragón en tradiciones espirituales arcaicas, como por ejemplo en el yoga, dónde el dragón que encarna a la energía Kundalini reposa en la base de la columna vertebral; también  en la mitología nordica, en la que dragón Nidhogg habita bajo las raíces del Árbol del Mundo nórdico (Yggdrasil), y por supuesto en las leyendas de la Europa Antigua, en las que el culebro de fuego vive en el interior de la cueva de su respectiva montaña.

 

Es obvio, que los tres ejemplos anteriores (la columna vertebral, el árbol de mundo y la montaña sagrada) son representaciones arquetípicas del concepto de axis mundi, en las que la energía ígnea que encarna el dragón, se encuentra “latente” en el Mundo Subterráneo. Pero, paradójicamente, también sabemos que el simbolismo arquetípico del dragón en las mitologías arcaicas está vinculado al principio masculino celeste (Su/Goi), por lo que cabría pensar que no “vive” en el mundo subterráneo, sino que  ha descendido ahí desde el Mundo Celeste. Este singular y aparentemente contradictorio hecho, es perfectamente comprensible si buscamos su paralelismo en el mito de Mari, quién de manera inversa, cuando recorre el cielo en forma de haz de fuego, siempre lo hace partiendo previamente de sus refugios subterráneos del interior de las montañas.

 

Esta Hierogamia ígnea entre el fuego de las alturas y el fuego del mundo subterráneo, es representada en los mitos vascos a través de la relación amorosa entre Mari y el culebro Sugaar, en los que ambos tienen la capacidad de recorrer indistintamente las tres regiones cósmicas del axis mundi (Cielo, Tierra e inframundo). De los retales culturales que consiguió rescatar el etnógrafo J.M. Barandiaran de la tradición oral vasca sobre las leyendas relacionadas con esta pareja mítica, destaca la creencia de que los encuentros entre Mari y Sugaar son desencadenantes de furiosas tormentas. Por eso, en numerosas mitologías de todos los continentes, el dragón, en virtud de encarnar el principio masculino celeste, es también portador de la lluvia seminal que provoca la germinación de la naturaleza, y de ahí que los sabios canteros medievales esculpieran infinidad de gárgolas con forma de dragón, que “escupen” el agua de lluvia que recogen los tejados de los templos. Y por eso también, las tormentas, como anunciadoras de esa agua de vida, debieron de ser entendidas por nuestros antepasados como momentos en los que tenía lugar la unión sexual entre el Padre Cielo y la Madre Tierra, como un fenómeno atmosférico que traía la fecundidad y la fertilidad a nuestro planeta. Así lo expresa el gran conocedor de las religiones y mitologías arcaicas, Mircea Eliade, para quien “la tormenta es el símbolo de la hierogamia Cielo-Tierra”.

 

Pero más allá de todo este simbolismo, estamos hablando de conceptos que son  completamente reales desde el punto de vista científico, pues los relámpagos (Dragón) restituyen la carga eléctrica que constantemente cede la Tierra (Diosa) a la atmosfera. Sin esta recarga o reequilibrio energético la vida en la Tierra no sería posible. Por tanto, el rayo, el culebro de fuego, efectivamente juega un papel fertilizador sobre nuestro planeta. Esta energía vivificadora celeste que alimenta las corrientes telúricas del campo magnético terrestre, está reflejada en lo que la tradición pagana de Gran Bretaña denomina "sendas del dragón” (también conocidas como líneas ley), corrientes telúricas que según la tradición “se deslizan como una serpiente a través del suelo.” Este conocimiento ancestral, que gracias a los estudios geobiológicos actuales sabemos que poseían las culturas preindoeuropeas que erigieron las construcciones megalíticas del Neolítico, permanece no obstante, aún vivo, en algunas culturas indígenas como los actuales mayas, dónde el simbolismo mítico del dragón y el axis mundi, sigue estando estrechamente entrelazado:  

 

“El dragón, es la suprema energía sagrada que integra los distintos planos del universo y también los diferentes estados de consciencia del ser humano, ya que los mayas no concebían a este ser fantástico y a todas sus manifestaciones solamente fuera del ser humano, como algo externo, sino también en su  interior. El dragón celeste combina caracteres de pájaro y de serpiente, es la “serpiente emplumada”, la divinidad suprema que los mayas llamaron Kukulkán o Gucumatz y los aztecas Quetzalcoatl. La energía del dragón es la fuerza que se  encuentra en diferentes estados y planos. Existe en el inframundo, como campo  energético en el interior de la Tierra circulando por senderos de corrientes telúricas que se manifiestan sobre la superficie terrestre formando vórtices energéticos en ciertas ubicaciones del planeta. En correlación, también existe esta energía del dragón en el inconsciente o inframundo humano, como energía  densa susceptible de ser sublimada y convertida en el dragón celeste.” Rubén González, “El Popol  Vuh comentado: visión espiritual del mito maya.”

 

 

 

Esta explicación sobre el trasfondo espiritual del mito del dragón en la mitología maya,  así como su identificación con la energía que fluye entre los distintos estados de consciencia y planos de existencia del axis mundi, nos da las claves de la importancia que debió tener antaño el culebro de fuego en la espiritualidad naturalista de las culturas preindoeuropeas, pues solo así se puede entender el que su representación simbólica fuera perseguida con tanta saña por el catolicismo.

 

Y así, del mismo modo que en el Templo de Delfos, los invasores indoeuropeos reedificaron un nuevo santuario sobre el original y transformaron su ancestral consagración a la Diosa Gea, por la del Dios Apolo (quién desde entonces se convirtió en el “héroe” que mató al dragón Pitón); de igual modo, en el caso vasco, podríamos citar la usurpación por parte de la Santa Iglesia del espacio ceremonial indígena que estaba ubicado en la cima del monte Artxueta, en la Sierra de Aralar. En él  se edificó el famoso santuario en honor a San Miguel y cuenta la leyenda que bajo sus cimientos se encuentra la cueva en la que Teodosio de Goñi mató al dragón Herensuge.

 

 

Dicha montaña sagrada, fue un lugar ceremonial de trascendental importancia para la antigua religión naturalista vasca, pues solo así se entiende que la Iglesia se tomara el esfuerzo de construir semejante estructura arquitectónica en un lugar tan apartado. Las ceremonias paganas que allí tuvieron lugar, debían estar tan arraigadas entre las gentes del lugar, que las liturgias cristianas que posteriormente se celebraban en el interior del templo, incluyeron hasta tiempos históricos recientes, ciertos ritos paganos relacionados por un lado, con la fertilidad que supuestamente propiciaba una piedra sagrada (que nos recuerda a un ónfalos), y por otro, con las virtudes terapéuticas que para las gentes del lugar tenía la sima que está ubicada bajo el templo:

 

“Al santuario de San Miguel subían los matrimonios que querían tener hijos. En él existía una piedra, hoy desaparecida, sobre la cual se colocaba la mujer deseosa de tener descendencia, y allí, sentada, oía la misa. En el lado derecho del altar de la capilla central existe un ventanillo u orificio que comunica con un hueco de poco fondo. La gente cree que llega hasta la sima sobre la cual se supone que está construido el santuario. Muchos devotos introducen allí su cabeza y rezan un credo, a fin de verse libres de dolores de cabeza. “Auñamendi Eusko Entziklopedia”.  

 

Por tanto, podemos aventurarnos a afirmar que la sima situada en la cima del monte Artxueta, donde según la tradición habita el dragón Herensuge, no era considerada un lugar tenebroso o maligno por los antiguos vascos, sino que por el contrario, y a tenor de los cultos con reminiscencias paganas que tenían lugar en el interior de la iglesia, la cueva debió de ser un espacio sagrado vinculado con la fertilidad y la sanación, que ya era venerado como “santuario” mucho antes de que irrumpiera la Santa Iglesia en dicho lugar para matar simbólicamente a su guardián sagrado: el dragón.

 

En este sentido, no sabemos qué papel jugaba el dragón en los ritos aborígenes que tenían lugar en Aralar, pero como hemos visto hasta ahora, la etnología y mitología comparada nos permiten al menos afirmar de manera genérica, que en las cosmovisiones arcaicas, el dragón encarnaba la energía vivificadora celeste que impregna y propicia la fecundación de la naturaleza terrestre. Este hecho se ve corroborado por los testimonios recogidos por Barandiaran en las comunidades rurales vascas de principios del SXX, que vinculan al dragón con los símbolos míticos por excelencia del mundo celeste: las tormentas y los relámpagos. Así, uno de los consultados en Ataun afirmó que “suele atravesar el firmamento en forma de media luna de fuego, justo antes de una tempestad”. Según otro testimonio recogido en Betelu su aparición “es en forma de fuego, pero no se le ve la cabeza ni la cola; es como un relámpago”.

 

Y el mismo significado descubrimos a través de la etimología, analizando algunos de los nombres más conocidos del culebro de fuego vasco: Así, la interpretación más compartida entre los investigadores sobre el significado etimológico del término Sugaar, es la de "serpiente macho" o "culebro", de suge (serpiente) + ar (macho), por lo que parece obvia su vinculación simbólica con el principio de fertilidad masculino de la naturaleza. Otros autores también sugieren que su etimología podría significar "llama de fuego", de su (fuego) + gar (llama). En otras comarcas vascas al culebro se  le conoce como Suarra, que podría traducirse como "gusano de fuego", de su (fuego) + arra (gusano). Finalmente en otras zonas responde al nombre de Sugoi, para lo que algunos autores sugieren la interpretación de "fuego de las alturas o del cielo", de su (fuego) + Goi (arriba, cielo).

 

El que la serpiente masculina haya pervivido en el imaginario mítico vasco como amante de la Gran Diosa, puede considerarse una reliquia simbólica y espiritual de la vieja Europa preindoeuropea, que ha logrado sobrevivir hasta la actualidad a pesar de la herejía que en si misma representa para la tradición católica. En este sentido, sabemos que esta vinculación sagrada entre el culebro y la Diosa, no es un mito particular del universo cosmológico vasco, sino que formaba parte de una tradición genérica más amplia, compartida entre los pueblos preindoeuropeos con distintos matices y diversos nombres:

 

“El ejemplo más claro es el de los Pelasgos, pueblo indígena pre-helénico que habitaba las tierras de Grecia y según los testimonios arqueológicos, adscrito a la cultura neolítica pre-indoeuropea. Según resume Apolodoro de Rodas en su Argonáutica, los dioses de estos pelasgos reinaron en el Olimpo antes de que llegaran a él sus homólogos indoeuropeos. Estos dioses de los pelasgos eran justamente la pareja formada por el Dios Serpiente Ofion y la Madre Tierra Eurynome. La actividad fecundadora de la pareja da origen a toda la Creación. Parejas semejantes aparecen en otros puntos del Oriente Próximo: Enki-Damkina o Hedammu-Ishtar, por ejemplo.” Juan Inazio Hartsuaga

 

 

Con el advenimiento de las invasiones indoeuropeas y semitas sobre las culturas aborígenes de Europa y Asia Occidental, los nuevos relatos cosmogónicos que impusieron dichas religiones patriarcales, pusieron especial énfasis en representar, por un lado, el asesinato del dragón y por otro, la degradación de los atributos y capacidades de la Gran Diosa (un paralelismo asombroso con el proceder real de las culturas indoeuropeas, que según los más recientes estudios arqueogenéticos, aniquilaban a la población masculina de las culturas que invadían y se quedaban como “botín” de guerra a las mujeres).

 

Los ejemplos míticos sobre el guerrero patriarcal que asesina al dragón pueden rastrearse precisamente por toda el área geográfica en el que se extendieron los invasores indoeuropeos y semitas. Así, entre numerosos ejemplos citamos: en las culturas del Indostan, el mito veda de Indra matando al dragón Vritrá; en Oriente Próximo podríamos citar el mito hitita del dragón Illuyanka al que da muerte el Dios guerrero Teshub; en las religiones judía, islámica y cristiana al arcángel San Miguel, que como “jefe de los ejércitos de Dios” da muerte al dragón-demonio; y en la mitología griega existen varios ejemplos: como el de Zeus matando al dragón Tifón, Cronos haciendo lo propio con Ofión, o el de Apolo y el dragón Pitón (anteriormente citado).

 

Del mismo modo, esta tergiversación y degradación del originario mito preindoeuropeo protagonizado por la Diosa y el dragón, es claramente manifiesto en las leyendas y relatos medievales en los que la Diosa es transformada en una “desvalida princesa” y el dragón en un “malvado raptor”, quién mantiene cautiva a la doncella en una cueva, hasta que posteriormente es “liberada” por el guerrero caballeresco al dar muerte al dragón. Un poco menos drástica fue la degradación mitológica de esta pareja de amantes entre los vascos, pues la cosmovisión preindoeuropea pervivió mucho más tiempo que en otros lugares. Por eso, en vez de demonizar abiertamente a Mari y Sugaar, la nueva estirpe caballeresca se atribuyó ser parte de su linaje. Esto se aprecia claramente en la leyenda recogida por Lope García de Salazar en el SXV, dónde afirmaba que el mítico primer Señor de Bizkaia, Jaun Zuria, “era hijo de una princesa y de un diablo, al que en Vizcaya llaman culebro”. 

 

Uno de los relatos más tempranos de la persecución mitológica de esta pareja de amantes aparece en el Antiguo Testamento, dónde algunas evidencias muestran que la serpiente del Génesis era alada, es decir, era un dragón, pues sólo así entendemos porqué, tras el pecado original, se la condena a ir “sobre su vientre y comer el polvo”, dejando claro que antes, el suelo, no era su principal hábitat. Además deja también clara la relación amorosa que existía entre el dragón y Eva cuando Dios les condena a la enemistad eterna y a disolver su linaje: 

 

“Porque has hecho esta cosa, tú eres la maldita de entre todos los animales domésticos y de entre todas las bestias salvajes del campo. Sobre tu vientre irás, y polvo es lo que comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia." (Génesis 3:14-15).

 

Un pasaje del Apocalipsis deja definitivamente claro el asunto cuando se describe, con clara intención peyorativa, los símbolos de la Hierogamia sagrada preindoeuropea (Dragón-Diosa) y como se “destrona” de los cielos al Culebro.

 

“Apareció en el cielo una gran señal: una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento. También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata (...) Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.(...) Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo, el cual engaña al mundo entero; y fue arrojado a la tierra (...)” (Apocalipsis, 12)

 

Llama la atención el que en repetidas ocasiones, en el Antiguo Testamento, se acusa a la serpiente de “engañar” o de “encandilar” a las gentes, como en el pasaje del Génesis en el que se dice: “La serpiente era la alimaña más insidiosa de entre todos los seres creados por Dios” (Génesis 3, 1). Acudimos al diccionario para cerciorarnos del significado del término “insidioso” y nos dice: “Que engaña de modo oculto o disimulado para perjudicar a alguien”. Parece ser por tanto, que los jerarcas de la nueva religión patriarcal, estaban muy interesados en hacer ver, a quienes seguían a la serpiente, que estaban siendo engañados. ¿Pero quiénes eran los seguidores de la serpiente? Pues entre ellos estaban, los practicantes del cristianismo primitivo conocido por Gnosticismo, del griego “Gnosis” (conocimiento), entre los que estaba la corriente de los ofitas (de ophis, “serpiente”), quienes creían que la serpiente del Génesis era un símbolo positivo, relacionado con la sabiduría y en este sentido denominaban a Cristo como “la buena serpiente”. A pesar de que el catolicismo persiguió su doctrina con gran violencia (fueron los primeros herejes de la historia) y se creían destruidos todos sus textos sagrados, en las últimas décadas se ha podido conocer su doctrina gracias a descubrimientos arqueológicos como los de Nag Hammadi, que han permitido la publicación y divulgación de los llamados “Evangelios apócrifos o gnósticos”.

 

Y del mismo modo que en el resto de tradiciones espirituales pre-patriarcales, en el gnosticismo, las mujeres podían enseñar, sanar, profetizar y ocupar cualquier rango religioso. Sabemos además, gracias a diversas evidencias prehistóricas, que el sacerdocio femenino arcaico estba estrechamente unido a la serpiente mítica. Ya lo vimos anteriormente, en el caso de la pitonisa del Templo de Delfos, quién según las fuentes clásicas, debía su poder oracular al dragón Piton. Del mismo modo, las sacerdotisas cretenses aparecen representadas de forma reiterada en el arte minoico con serpientes en sus manos o entrelazadas en sus brazos. Y en Oriente próximo, las sacerdotisas del antiguo Reino de Cannan (Palestina, Israel, Líbano y Siria) también veneraban a la serpiente, según nos muestran con claridad las evidencias arqueológicas.  Pero también sabemos que posteriormente, y tras la imposición del sacerdocio masculino levita, en las escrituras sagradas hebreas se demoniza a la serpiente y se adoctrina a los varones respecto a la tradición espiritual femenina de Canaan con esta explicita frase: “no dejarás a la hechicera con vida.”

 

Esta persecución “a muerte” del chamanismo femenino por parte de las grandes religiones patriarcales indo-semitas, nos da la clave de porque en el libro del Génesis, Yahvé condena a la enemistad a Eva y la serpiente. Se trataba de expresar simbólica y mitológicamente, la prohibición que las mujeres tenían en la vida real de ejercer cualquier tipo de rol espiritual o sacerdotal, es decir, de que no tuvieran acceso al conocimiento (Gnosis) de la serpiente, que enroscada en el Árbol del Paraíso (axis mundi) encarnaba a la energía ígnea que fluye entre el Cielo y el Mundo Subterráneo (matriz de la Diosa). Dicha energía alcanzaba su representación arquetípica más sublime en las alineaciones solares que tenían lugar durante los solsticios o equinoccios en determinadas cuevas sagradas de las montañas y, del mismo modo, en numerosísimos templos que, como proyección simbólica de la montaña cósmica, se encuentran diseminados a lo largo y ancho del planeta. Este entrelazamiento entre lo celeste y lo subterráneo, origen de toda forma de vida, se expresa en la cosmovisión ancestral vasca a través de la relación amorosa entre Mari y Sugaar.

 

Silueta de Mari. El Monte Anboto visto desde Urkiola. Según la tradición, en él se puede ver a Mari recostada. De izqda a dcha: Melena, ceja, ojo, nariz, boca, barbilla y cuello.
Silueta de Mari. El Monte Anboto visto desde Urkiola. Según la tradición, en él se puede ver a Mari recostada. De izqda a dcha: Melena, ceja, ojo, nariz, boca, barbilla y cuello.
Silueta de Sugaar: en las Peñas de Arangio (Junto al Monte Anboto). Según la tradición oral de Otxandio recogida por Bittor Kapanaga, se puede ver al dragón tumbado. De dcha. a izqda: hocico, ojo, pata delantera y cuerpo alargado.
Silueta de Sugaar: en las Peñas de Arangio (Junto al Monte Anboto). Según la tradición oral de Otxandio recogida por Bittor Kapanaga, se puede ver al dragón tumbado. De dcha. a izqda: hocico, ojo, pata delantera y cuerpo alargado.
Amanecer del equinoccio de otño en "la cueva de Mari" del monte Anboto.
Amanecer del equinoccio de otño en "la cueva de Mari" del monte Anboto.

 

Y a modo de conclusión, todo lo expuesto hasta ahora podría sintetizarse a través de la imagen de un espacio sagrado absolutamente excepcional ubicado en una montaña búlgara, la cueva-útero de Nenkovo. Este Templo natural, atribuido a la cultura Tracia y al que se estima una antigüedad de unos 3.000 años, tiene una entrada en forma de vagina por la que todo los días hacia el mediodía, entra por su parte superior un rayo de sol (Sugaar) que dibuja un haz de luz alargado en la superficie de la cueva. Pero es en los días entorno al solsticio de invierno, cuando el haz de luz penetra hasta el fondo de la cavidad, en el que fue esculpido un altar en forma de útero. Y esto demuestra, en definitiva, que la cosmología ancestral vasca, que entiende a la montaña como una proyección simbólica del cuerpo de Amalur (y en el que habita su alma, Mari), puede considerarse un rescoldo cultural de una antigua cosmovisión preindoeuropea cuyos orígenes se remontan, sin duda, hasta las culturas aborígenes europeas del Paleolítico. 

 

Entrada (vagina) y fondo (matriz) de la Cueva de Nenkovo (Bulgaria) durante el solsticio de invierno.

 

 

 

Templo maya de Kukulkan (Chichén Itzá, México). En los equinoccios, la luz solar dibuja la silueta del dragón Kukulkan descendiendo por las escalinatas del Templo, como se puede apreciar en la imagen.
Templo maya de Kukulkan (Chichén Itzá, México). En los equinoccios, la luz solar dibuja la silueta del dragón Kukulkan descendiendo por las escalinatas del Templo, como se puede apreciar en la imagen.
Templo megalítico de New Grange (Irlanda). Durante el solsticio de invierno un haz de luz penetra por la entrada, atravesando un largo pasillo hasta llegar al fondo de una cavidad.
Templo megalítico de New Grange (Irlanda). Durante el solsticio de invierno un haz de luz penetra por la entrada, atravesando un largo pasillo hasta llegar al fondo de una cavidad.
Cueva de las cuatro puertas (Canarias). Solsticio de verano.
Cueva de las cuatro puertas (Canarias). Solsticio de verano.
Cueva de la mezquita en los acantilados de Tozal de Mallata (Huesca). Solsticio de invierno.
Cueva de la mezquita en los acantilados de Tozal de Mallata (Huesca). Solsticio de invierno.
Cueva Del Parpalló (Valencia). Solsticio de invierno.
Cueva Del Parpalló (Valencia). Solsticio de invierno.
Sepulcro de Huerta Montero (Badajoz). Solsticio de invierno.
Sepulcro de Huerta Montero (Badajoz). Solsticio de invierno.