6. Cosmología chamánica y mitología vasca

Guillermo Piquero.

Ya hemos visto en la introducción de este trabajo como el llamado mito de la Diosa/Mari no puede ser entendido en toda su profundidad si únicamente lo definimos como “la personificación de Madre Tierra” en un sentido material o físico, sino que una definición más precisa, desde el punto de vista de las cosmovisiones arcaicas, sería la de que representa el alma o espíritu universal de nuestro planeta. Según esta cosmovisión, dicho Anima Mundi es el que produce o “pare” los distintos seres y fuerzas naturales que se “manifiestan” físicamente es nuestro mundo. Nuestros ancestros creían que esta fuerza espiritual, inconmensurable e inabarcable, habitaba en el interior de la Tierra, desde donde salía hacia al exterior, metamorfoseada en mil y una formas, a través de innumerables “puertas” (cueva, etxe, sepultura, dolmen,…) que conectaban la superficie terrestre con ese reino “ctónico o subterráneo” del que con tanta insistencia nos hablan las leyendas de la mitología vasca. 

 

También hablábamos en la introducción, que con el calificativo de “animistas” nos referimos, de forma genérica, a todas aquellas culturas que, como antaño la vasca, entienden que todo ser vivo, fenómeno atmosférico o ciclo natural esta “animado” por determinadas fuerzas espirituales que determinan su origen y que condicionan su vida en el mundo físico visible. Y que a su vez, el conjunto e interrelación de todos esas fuerzas conforman el cuerpo de ese Espíritu-madre universal que en este trabajo denominamos indistintamente Mari o Diosa.

 

Todos estos planteamientos resultan extremadamente difíciles de admitir (o entender) desde la perspectiva racional y científica de la llamada cultura occidental. Pero si de verdad queremos comprender en toda su profundidad la forma de concebir el mundo de nuestros ancestros, debemos de hacer un esfuerzo de empatía e intentar admitir la posibilidad de que todo esto pueda ser cierto, o al menos… que pueda tener cierta parte de verdad.

 

Desde el punto de vista del academicismo occidental, los estudios más completos y detallados hasta la fecha sobre la cosmología de las culturas animistas o chamánicas son los de Mircea Eliade, quien logró reunir y sintetizar información de extraordinario valor sobre culturas arcaicas de todos los continentes, lo que le permitió su estudio comparativo, así como la búsqueda de analogías entre ellas. En su ya célebre “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”, Eliade expuso a mediados del pasado siglo, como existen una serie de prácticas rituales y conceptos asociados a la cosmología del “más allá”, que en sus aspectos más fundamentales, son universalmente compartidos por culturas arcaicas de todos los continentes, independientemente de la inmensa distancia geográfica que en ocasiones las separe.  El más importante de todos ellos y el que más nos incube en este momento del relato es el concepto de “eje o pilar del mundo” (Axis Mundi), una simbólica línea o sendero vertical que actúa como nexo entre las tres regiones principales del cosmos chamánico: Cielo, Tierra e inframundo.    

 

Por supuesto, estas tres regiones cósmicas no deben entenderse desde una perspectiva meramente espacial o geográfica, sino que de forma complementaría podrían definirse como diferentes planos de existencia, a los que se puede acceder a través de determinados estados de consciencia (sueños, visiones, trance leve, trance profundo, etc.). Así, haciendo un paralelismo bastante esquemático desde la perspectiva de la psique humana: la Tierra o Plano horizontal,  correspondería con el espacio físico donde nos desenvolvemos a través de nuestra consciencia ordinaria, mientras que el inframundo y el cielo, que componen el llamado Plano vertical, hacen referencia respectivamente a la mente subconsciente y a la supraconsciente, es decir, diferentes niveles de consciencia que posibilitan acceder a otros mundos o realidades paralelas que catalogamos bajo el genérico término de “espirituales”. 

 

“El Mundo Medio es el lugar en que vivimos (la Tierra, el mundo físico, el mundo de la consciencia ordinaria). […] El Inframundo puede ser visto como la matriz de la Madre Oscura, la materia primaria de la que surge la vida, dónde el viajero va  en busca de respuestas a preguntas fundamentales sobre las raíces de la existencia. En términos humanos corresponde al subconsciente. A través del inframundo se tiene acceso al Yo. El Mundo Celeste representa las aspiraciones del espíritu y los niveles más elevados de consciencia a los que viaja el iniciado tras su inmersión en el caldero del renacimiento.” Anna Franklin, “El círculo sagrado"

 

Para expresar gráficamente esta cosmología podemos partir de la imagen de dos líneas perpendiculares, de una cruz. La línea vertical representaría en su mitad superior el Cielo y en su mitad inferior el Mundo subterráneo. Por su parte, la línea horizontal representaría el mundo físico visible (Mundo medio) que se expande hacia las cuatro esquinas del mundo desde el punto de intersección con la vertical. Ahí está lo que en las cosmologías chamánicas se denomina el “centro u ombligo del mundo”, una puerta de entrada/salida que permite recorrer (en espíritu) hacia arriba o hacia abajo el Axis Mundi. Así lo explica Mircea Eliade:

 

"Pilar del mundo", Siberia.
"Pilar del mundo", Siberia.

“La técnica chamánica por excelencia consiste en el paso de una región cósmica a otra: de la Tierra al Cielo, o de la Tierra a los infiernos. El chamán conoce el misterio de la ruptura de niveles. Esta comunicación entre las zonas cósmicas se ha hecho posible gracias a la propia estructura del universo. El universo, en efecto se concibe grosso modo, constituido por tres regiones (cielo, tierra e inframundo), unidas entre sí por un eje central (Axis Mundi). (…) este eje pasa por una “abertura” y por este “agujero” los dioses descienden a la Tierra y los muertos bajan a las regiones subterráneas; así mismo, por él, el alma del chaman en trance puede subir o bajar durante sus viajes.” Mircea Eliade,”El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”.

 

Y así, al igual que el alma de los chamanes, Mari, como alma del mundo (Anima Mundi), también se desplaza a través del Axis Mundi, entrelazando las 3 regiones del universo cósmico chamánico. Siendo la máxima expresión de ello, sus epifanías en haz de fuego, en las que partiendo siempre de sus moradas subterráneas, sale a la superficie y asciende hasta el Cielo para recorrer el firmamento en llamas, hasta que regresa nuevamente al inframundo. Parece pues que Mari, como jefa de todas las sorginas (chamanas vascas) conoce a la perfección el “misterio de la ruptura de niveles” del que nos habla Eliade en el párrafo anterior.

 

Mari toma generalmente figuras zoomórficas en sus moradas subterráneas, forma de mujer en la superficie de la Tierra, y de mujer o de una hoz de fuego cuando atraviesa los aires.” J.M. de Barandiaran, “Mitos del pueblo vasco”.

 

 

Por otra parte, es importante reseñar que el concepto de centro del mundo (es decir, la “abertura” a la que hace referencia Mircea Eliade) no debe entenderse como un espacio geográfico único y singular, sino que cualquier punto de la corteza terrestre puede ser en potencia un “centro u ombligo del mundo”, es decir, un lugar en el que se manifieste lo sagrado. Esto se fundamente en el hecho de que al ser nuestro planeta una esfera, existen infinitas posibilidades de proyectar simbólicamente un eje en dirección al núcleo o centro de la tierra.

 

“Originariamente es centro, sede posible de una ruptura de los niveles, todo espacio sagrado, esto es, cualquier espacio sometido a una hierofanía y que manifiesta realidades (o fuerzas, figuras, etc.) que no pertenecen a este mundo.” Mircea Eliade,”El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”.

 

Esto multiplicidad de centros u ombligos sobre la superficie terrestre es perfectamente constatable en el microcosmos de las comarcas y valles vascos, a través de los cuales, Mari se manifiesta en nuestro mundo:

 

“En la mitología vasca, las fuerzas de la Naturaleza residen en el mundo subterráneo, y pueden aflorar en cualquiera de las numerosísimas simas y cuevas que conectan ese mundo con la superficie terrestre, de modo que Mari, que encarna dichas fuerzas, aparecerá igualmente en una multiplicidad de lugares, lo mismo en unos que en otros.” Juan Inazio Hartsuaga, “Mitología vasca comparada.”

 

Entre las culturas animistas, existen emplazamientos geográficos que son identificados como especialmente sensibles para que se manifieste “lo sagrado” y, por consiguiente, para que se desarrollasen determinados estados de consciencia que posibilitaban acceder a la dimensión espiritual de la naturaleza. Por ello, en ocasiones, dichos “centros u ombligos del mundo” se conviertan a su vez en lugares ceremoniales en las que las diferentes culturas practican sus ritos. Gran parte de estos lugares suelen estar ubicados junto algún punto geográfico que comunica físicamente con el subsuelo (simas, cuevas, lagos, manantiales, etc…), y en otras ocasiones esta conexión ctónica, no es geológica, sino recreada simbólicamente a través de construcciones humanas que evocan en sus formas el útero de la Diosa (sepultura, dolmen, crómlech, templo megalítico, etc…) y por las que se puede entrar (en espíritu) al Mundo Subterráneo:

 

“La impresión subjetiva que se tiene al ingresar por ese “orificio” (ombligo del mundo) y penetrar en las entrañas de nuestra Madre Tierra, es la de desplazarse velozmente por un túnel en el que se suceden vertiginosamente círculos concéntricos, con un centro oscuro en la lontananza y dónde aparecerá un resplandor cada vez más intenso a medida que se llega al centro. Nótese la similitud con algunos relatos de ciertas personas que dicen haber estado en una situación de muerte aparente.” Aukanaw, “La ciencia secreta de los mapuches.”

 

Esta capacidad de desplazamiento de la consciencia humana a través de estos mundos, no debe ser entendida como un atributo únicamente desarrollado por los/las chamanes. Quien haya podido convivir con culturas indígenas que aún mantengan su cosmovisión ancestral y la memoria de sus orígenes (como antaño fue la vasca), habrá podido comprobar que los estados de consciencia de sus individuos tienen muchos más “pliegues” y son mucho más ricos y complejos que los nuestros (los occidentales actuales). Dependiendo de cada persona y de su cultura concreta, los distintos niveles ontológicos de los que estamos hablando se solapan en ocasiones entre sí en el transcurrir de su vida cotidiana, siendo testigos de visiones y fenómenos que suelen ser catalogados como “fantasiosos” e “inverosímiles” cuando llegan a los oídos de investigadores que “estudian” dichas culturas desde la a veces limitada consciencia del observador occidental. Así explica este hecho el antropólogo Michael Harner, tomando como ejemplo a la cultura shuar amazónica:

 

El problema no es, como sostienen algunos filósofos occidentales, que los pueblos primitivos como los shuar tengan una mentalidad prelógica. El problema es que el hombre occidental es, desde el punto de vista chamánico, un ser sencillamente no sofisticado. Un individuo shuar no necesita especificar a sus compañeros de comunidad en qué estado de conciencia se encontraba cuando tuvo una determinada experiencia. Ellos lo saben inmediatamente, porque ya han aprendido qué tipos de experiencias tienen lugar en el estado de conciencia chamánico y cuáles en el estado normal de conciencia. Sólo el occidental carece de este conocimiento previo. (…) Lamentablemente los observadores occidentales que no tienen gran experiencia con estados alterados de conciencia, a menudo olvidan preguntar en qué estado cognitivo se encontraban sus informantes nativos cuando tuvieron experiencias imposibles. (…) En otras palabras, los que están limitados no son los pueblos primitivos, sino nosotros, que somos incapaces de comprender la doble naturaleza de sus experiencias y el respeto con que se refieren a ellas.” Michael Harner, “La senda del chamán”

 

 

Este conflicto cultural entre la cosmovisión occidental y la cosmovisión indígena a la hora de catalogar como reales, sucesos o experiencias no comprensibles desde la racionalidad científica, también se da en el caso vasco, dónde son muy numerosos, hasta mediados del siglo pasado, los testimonios sobre “apariciones” o “encuentros” fortuitos con distintos seres sobrenaturales como, por ejemplo, las lamias:

 

“Hoy se habla de lamias como de seres imaginarios de otro tiempo. Hay, sin embargo, personas que, al plantear la cuestión de la existencia de tales seres, recuerdan esta frase o sentencia tradicional en nuestro pueblo: Izena duen guztia omen da (“todo lo que tiene nombre existe”). Tal sentencia y su contraria, la cristiana,  aparece en el siguiente relato: «Mi padre era de Mendibe. Cuando era niño, solía ir al catecismo por la mañana temprano, y una vez, junto al camino, vio a las lamias en un arroyo. Eran como las personas, pero un poco más pequeñas. Después se lo contó al cura, y este le dijo: “todos los seres de los que se habla existen; pero guarda para ti el secreto, no hay que decir que existen”.»  Contado en 1948 a J.M Barandiaran, por Catalina Erri-Eyarabide.

 

Pero quizás, los episodios más conocidos sobre “apariciones” de seres  sobrenaturales, lo constituyen las famosas “epifanías de Mari”, que hoy han tomado forma de leyendas fantasiosas en muchos libros de “mitología”. Sin embargo, fue precisamente el investigador al que le debemos el conocimiento actual del mayor número de ellas, Joxe Miguel de Barandiaran quien, desde un primer momento, trató y catalogó dichos sucesos como reales (“Mari ha sido vista…”). En el mismo sentido, se reafirma el músico y folkorista vasco Enrike Zelaia, quién en una entrevista para el documental Anderea, relata algunas de las historias que recopiló a finales de los años sesenta en el municipio de Altsasua sobre el mito de Mari:

 

 “Lo que si descubrí en aquella labor de campo que yo inicie al finalizar la década de los sesenta (SXX), fue un mundo de historia popular que permanecía oculto (…) y dentro de este “mundo” estaba la mitología altsasuarra, que yo hasta entonces desconocía (…) aquello me fascinaba y pase mucho tiempo recopilando historias por las casas (…) pero lo más curioso es que no me contaban historias, no me contaban leyendas, no me contaban cuentos o cosas que se decían; lo que me contaban eran cosas que habían vivido. La gente creía en la Diosa Mari, a la que también conocían por el nombre de Dama o Señora (Anderea). Era un ser que tenía formas, presencias físicas (…) en unas ocasiones aparecía como una cola de fuego, en otras como una hoz ardiendo, en otras como luminosidades, y en otras lo hacía como un remolino de aire que recorría el espacio.” Entrevista a Enrike Zelaia para el documental “Anderea.”

 

El número de testigos de estas  “apariciones” a lo largo y ancho de la geografía vasca es tan grande, y su procedencia geográfica tan diversa, que aunque sean falsos o frutos de la imaginación algunos testimonios, sigue siendo imposible catalogarlos en su totalidad como meras invenciones fantasiosas de nuestros antepasados. Parece obvio, por tanto, que lo que Barandiaran y otros estudiosos vascos recopilaron, fueron los testimonios de personas que aún mantenían viva en su interior (probablemente de forma ya atenuada), una consciencia animista ligada a la naturaleza, en el que el fino velo que separa lo visible de lo invisible, a veces era traspasado hacia uno u otro lado.

 

Pero no todo son referencias al pasado cuando hablamos de las “apariciones de Mari”. Y así, el antropólogo Juan Inazio Hartsuaga, contaba esta anécdota en una entrevista:

 

“No todos los que han creído en Mari están muertos. Yo tengo un amigo, que además es arqueólogo, y le interesa y le apasiona la mitología vasca, y la conoce muy bien, que cuenta como su madre le dijo una vez que había visto pasar a Mari con su hoz de fuego, de un monte a otro. Y mi amigo me decía: Joder, es mi madre, y es una persona muy normal…, pero cuenta eso… y yo me quedo… Pues bueno, esa persona todavía vive.”

 

Por tanto, parece una hipótesis bastante verosímil el que el ser humano moderno, desconectado de la naturaleza e imbuido en el maquinismo y la tecnología, opera en unos niveles de consciencia “más bajos” que los de las culturas indígenas arcaicas. Y quizás por eso (en nuestra ignorancia) catalogamos como fantasiosas, percepciones de la realidad que en verdad son mucho más complejas y elevadas que la nuestra propia. 

 

“Estos cambios de percepción producidos por el desplazamiento de la conciencia, sin pérdida ni distorsión de la misma, han recibido distintos nombres y definiciones según los investigadores. Al estado en que la conciencia está enfocada en un nivel de realidad ordinaria, o sea el estado de vigilia consciente del hombre moderno, lo llamaremos estado de conciencia ordinario, y a aquellos estados en los cuales la conciencia está desplazada hacia realidades no ordinarias los denominaremos con el nombre genérico de estado de conciencia chamánico, por ser éste una característica típica de las culturas chamánicas, como la mapuche. Pero no se interprete esto erróneamente creyendo que es un atributo propio de los chamanes. Es importante destacar que los tipos de realidad, junto con sus respectivos niveles, son siempre objetivos, es decir externos al sujeto y por lo tanto susceptibles de ser percibidos por innumerables sujetos simultáneamente. En cambio, los estados de conciencia correspondientes a cada uno de esos tipos o niveles de realidad son siempre subjetivos, propios del sujeto que los vivencia.” Aukanaw, “La ciencia secreta de los mapuches.”  

 

 

Por tanto, el concepto cosmológico del Eje o Pilar del mundo (axis mundi) nos expresa, en su nivel más elemental, la interrelación entre el estado ordinario de consciencia (Plano Horizontal / Tierra) y el estado acrecentado de consciencia o chamánico (Plano Vertical / Cielo-inframundo), y como a su vez existen determinados espacios geográficos sagrados (centros u ombligos del mundo) que posibilitan, atendiendo a determinados ritos, el cambiar de un estado/plano a otro. Del mismo modo, ese proceso puede darse a la inversa, es decir, que no seamos nosotros los que busquemos “entrar” desde la Tierra, al cielo o al inframundo, sino que sean las propias fuerzas espirituales de la naturaleza las que “vengan” desde su mundo, al nuestro (como es el caso de las “apariciones” de númenes y seres míticos en la vida cotidiana de nuestros ancestros.)

 

Ya hemos visto anteriormente como dichos enclaves sagrados suelen tener como denominador común el estar física o simbólicamente conectados con el subsuelo, a lo que habría que añadir, para ser más precisos, que su función como “centros” sagrados es actuar de nexo entre el Mundo Subterráneo y el Mundo celeste. Esta cosmología se encuentra representada en dichos lugares, ya sea a través de las características naturales del entorno (montaña, acantilado, árbol…) o por haber construido el ser humano algún tipo de estructura simbólica con dicho fin (templo, poste, columna,…).

 

Y así, dos son y han sido las representaciones míticas más comunes del axis mundi entre las culturas arcaicas: por un lado el árbol cósmico o árbol del mundo (cuyas raíces avanzan hacia la profundidad del subsuelo y sus ramas crecen buscando el cielo) y por otro la montaña cósmica o montaña sagrada (con sus cumbres “tocando” la bóveda celeste y sus simas y cavidades comunicando con el mundo subterráneo). No obstante, ambas representaciones, no son excluyentes la una de la otra y pueden complementarse mutuamente (imagen dcha.). En los siguientes dos capítulos trataremos de conocerlas con mayor profundidad y mostraremos como también forman parte del ancestral  imaginario mítico vasco.