5. Mairu: la hilandera megalítica

Guillermo Piquero.

No parece una hipótesis demasiado descabellada el establecer un cierto paralelismo simbólico entre la imagen de la etxekoandre con su argizaiola al pie de la sepultura (jarleku) y la de Mari hilando en la entrada de su caverna. No solo porque ambos lugares representan entradas hacia el inframundo uterino vasco, sino también porque, de manera similar, ambas hacen girar en sus manos tanto el palo del huso que permite ovillar el hilo, como la argizaiola a medida que se va consumiendo el cordón de cera. Este “girar”, que sigue direcciones opuestas en cada uno de los dos casos (ovillar/desovillar), nos recuerda igualmente a las dos direcciones posibles que pueden tomar los brazos del lauburu, como expresión simbólica de la energía dual (indar/adur) que según el telurismo mítico vasco, envuelve e impregna todas las cosas. 

 

Así, el cordón de cera (ezkobildu), que se “desovilla” por la acción del fuego a medida que avanza el rito, parece actuar como un particular hilo de (Ari)adna vasco que permite a la etxekoandre adentrarse en espíritu, y sin extravío, en los intrincados senderos subterráneos (laberinto) que alberga el vientre de Amalur. Por ello, no parece fruto de la casualidad, el que el cordón de cera se eleve en vertical precisamente sobre el punto exacto que correspondería al ombligo de la figura antropomorfa de madera (antepasado), como un particular axis mundi que vincula “umbilicalmente” a la etxekoandre con los de su linaje. De este nexo umbilical entre el mundo de los vivos y el de los difuntos, representado a través de la imagen arquetípica del hilo, deriva precisamente el significado de la palabra “linaje”, cuyo origen etimológico está en el término “línea”, que significa  “hilo” en latín (linum). Y lo mismo ocurre en el euskera, donde el término “aria” (de hari; hilo) significa casta, raza…o linaje. 

 

La importancia que tuvo en la antigüedad esta cosmovisión ancestral que entrelaza la “puerta” hacia el mundo subterráneo (etxe/caverna), el principio sagrado femenino (etxekoandre/Mari), y el simbolismo arquetípico del hilado (cordón de cera/hilo), puede  atestiguarse a través de un relato mitológico del que intentaremos “desgranar” su significado simbólico y espiritual a lo largo de las siguientes páginas. Dicha leyenda, que además de en tierras vascas se repite en muchos otros espacios sagrados de la geografía ibérica, tiene como protagonista a una Mairi, Mora o Moura (el nombre de este personaje mítico femenino varía en cada lugar) que construyó un dolmen llevando las pesadas piedras sobre su cabeza, al mismo tiempo que mantenía sus manos ocupadas en hilar. Y así, comenzaremos nuestro recorrido en la geografía vasca, dónde según José Miguel de Barandiaran, esta leyenda estaba ampliamente extendida, aunque solo ofrece detalles concretos respecto a los dólmenes de Mendibe y Armiaga:

 

En Baja Navarra es designado así un genio dotado de fuerzas colosales. Según algunos, es un tipo humano muy antiguo que vivió en nuestro país. (…) Las grandes cubiertas de piedra, tanto del Dolmen de Mairietxe “casa de Mairi” (Mendibe) como del Dolmen de Armiaga (en Behorlegi) fueron transportadas por una Mairi. (…) Se dice que la Mairi las llevó sobre su cabeza mientras traía sus manos ocupadas en hilar. He aquí lo que me refirió en 1952 el vecino J. Etxemendi, de la casa Gaxteenia, estando ambos junto al dolmen de Mendibe me dijo: Mairen-etxia. Los antiguos decían que era la iglesia de los Mairi. La piedra de la cubierta fue traída en su cabeza por una mujer mientras hilaba. (…)”

 

Mairi es el término que utilizan en la Baja-navarra (País Vasco francés) para referirse al mismo personaje mitológico que en otras partes del territorio vasco se conoce como Mairu, y que también es llamado gentil, en el sentido bíblico de no evangelizado, de pagano. A los gentiles se les atribuye la construcción de los monumentos megalíticos y los mitos les consideran como la primera cultura que desarrollo las artes y los oficios. En este sentido, podríamos decir que representan el arquetipo del ancestro primigenio, a los portadores de la originaria naturaleza humana que precedió al “mundo civilizado”.  Y así lo deja entrever Barandiaran cuando afirma que Mairu “según algunos, es un tipo humano muy antiguo que vivió en nuestro país” y también que representa a una “casta de gente que se supone vivió antiguamente en las montañas.” Por su parte, Jakue Pascual y Alberto Peñalva, lo definen así en su libro El juguete de Mari:

 

“Mairu es el hombre de otro tiempo que habita entre nosotros, el antepasado, el gentil, el no bautizado (Mairu: niño muerto sin bautismo). Su nombre es el de salvaje, el de no civilizado por el imperio (Mairukeri).” J. Pascual y A. Peñalba, “El juguete de Mari”

 

La voz euskera mairu, parece representar el substrato lingüístico más antiguo del que derivan otros términos como moro/a, moru o moura/o que aparecen reflejados en cientos de topónimos peninsulares vinculados a dólmenes, menhires, cuevas y restos arqueológicos prehistóricos como por ejemplo, el Castro de la Peña del Moro en Cataluña, de la Edad del Hierro; el Dolmen de la cueva de la Mora en Huelva, de época calcólítica o el Dolmen de Pedra Moura, en Galicia, también del Calcolítico.

 

Y aunque en el imaginario colectivo vasco, al menos durante los últimos siglos, parece haberse asociado el término mairu al género masculino, esta asociación parece más bien una proyección del imaginario mítico patriarcal, según el que cual sólo una fuerza “hercúlea” masculina sería capaz de levantar estructuras megalíticas de toneladas de peso. Así, la leyenda recopilada por Barandiaran sobre la mujer mairi que construyó el Dolmen de Mendibe a la par que hilaba, tan solo es una pequeña muestra de decenas de historias similares asociadas a dólmenes de toda la Península Ibérica.

 

Comenzando por Asturias, dónde se atribuye a una mora filandera (hilandera) la construcción del dólmen de Enterríos, conocido también como la  “Llastra da Filadora” (Losa de la hiladora). El mismo origen se atribuye también al dolmen de Pradias del que se dice que “las piedras cobertoras fueron transportadas sobre su cabeza, mientras no dejaba de filar (hilar)”. En el pueblo leonés de Rosales, en concreto en el monte llamado Alto la Salsa, está La Peña la Mora, de la que se cuenta que “fue subida por una mora desde el curso fluvial más cercano, situado a más de un kilómetro, hasta su emplazamiento y todo ello con la roca sobre su cabeza mientras hilaba”. En Galicia el Dolmen Pedra moura en Aldemunde, dicen que fue construido “por una moura llevando en su cabeza las piedras al mismo tiempo que hilaba y daba de mamar a una criatura”. En Extremadura, en la comarca de Las Urdes, se encuentra el Dolmen del Cravilejo, dónde el investigador Félix Barroso documentó el testimonio de un vecino según el cual “el dolmen lo trajo una mora en la cabeza porque como venía hilando con el huso y la rueca no podía traer las piedras en las manos”. Y en el Pirineo de Huesca, se encuentra el conocido como el Dolmen de la Losa Mora, de 4.000 años de antigüedad, del que la tradición dice que “fue construido por una mora que transportó las piedras sobre su cabeza a la par que hilaba con su rueca.”

 

El que el mito del Mairu vasco pueda haber hecho originariamente referencia a un ser de género femenino y vinculado al mismo rol mitológico que desempeñan las “moras hilanderas” en otras regiones peninsulares, puede intuirse a través de su hipotético significado etimológico. Por un lado, la misma raíz ma- (contracción de ama, “madre”) parece evidenciar que, efectivamente, está haciendo referencia al género femenino. Por otro lado, la raíz -iru (tres) guarda en euskera una evidente vinculación con irun (hilar), pues el proceso de hilatura fundamental consiste en unir (trenzar) tres hilos. Así que tenemos que el término vasco Mairu (Ma: “madre”, iru: “tres”, “trenzar”, “hilar”) parece sintetizar en su etimología, el mismo significado que otros personajes mitológicos femeninos peninsulares a las que se atribuye la construcción de los dólmenes, como la “mora filandera” (mora hilandera) de León y Asturias, o la “moura fiadora” (moura hiladora) de  Galicia.

 

Pero esta significación mítica no se encuentra solo en la Península ibérica. Diferentes estudios de folklore comparado sobre la tradición oral y las leyendas entorno a los dólmenes situados en las regiones del llamado Arco Atlántico europeo, nos muestran cómo según las creencias populares, dichas estructuras megalíticas fueron erigidas por mujeres o seres mitológicos femeninos. 

 

“Según el folklore de Portugal, España, Francia, las Islas Británicas, el País Vasco y el de algunas áreas de Alemania e Italia, los dólmenes fueron erigidos por mujeres, que llevaban enormes rocas sobre sus cabezas o dentro de sus delantales, al mismo tiempo que hilaban, tejían o amamantaban a un niño.”  Luis Chaves, “As antas de Portugal”

 

Así por ejemplo, en la región de Bretaña (Francia), de cuya lengua procede precisamente la palabra dolmen (“mesa de piedra” en bretón) y que alberga una de las mayores concentraciones de estructuras megalíticas del mundo, existen numerosas leyendas sobre dólmenes que fueron construidos por hadas que llevaban las piedras en la cabeza o en el delantal, mientras iban hilando (Sébillón, P. 1985, 45). Otros relatos cuentan también como las hadas se pasan el tiempo hilando el lino que crece sobre los túmulos dolménicos (De Garis, M. 1986, 159).

 

“Es difícil averiguar los orígenes de estas leyendas, pero debieron de nacer en una época en la que tanto las Islas Británicas, como Bretaña y el noroeste de España, pertenecían a un mismo tronco cultural, que podría ser anterior a la civilización céltica, pero no posterior a ese pueblo, puesto que la impronta romana en los países nórdicos, en los que se conservan esas leyendas, fue prácticamente nula. Con este razonamiento podemos explicarnos las semejanzas que se advierten no sólo en los argumentos de las leyendas, sino hasta incluso en las descripciones de sus personajes principales. Y esto no puede ser atribuido a la casualidad, porque son demasiados los testimonios, ni tampoco a un difusionismo del folklore en épocas relativamente recientes porque las diferencias lingüísticas no lo permitirían.” Fernando Alonso Romero, “Las mouras constructoras de megalitos”

 

Estamos hablando pues de un relato mitológico, probablemente de origen preindoeuropeo, que con diversos nombres y matices, según cada cultura concreta, entrelaza en una misma historia los conceptos de mujer, hilado y dolmen. Una historia mítica que obviamente, tiene el propósito de significar a través del lenguaje simbólico, algún tipo de conocimiento espiritual antaño compartido, de manera común, por todas las regiones del llamado Arco Atlántico Europeo (culturas megalíticas).

 

Sobre cual pueda ser dicho significado, podríamos tomar como elemento comparativo, su aparente vínculo simbólico con el mito de Mari hilando en la entrada de su caverna, no solo por la similitud lingüística entre Mari y Mairu, sino porque el dolmen, al igual que la cueva, es un espacio sagrado que, como veremos a continuación, ha estado tradicionalmente vinculado al Mundo Subterráneo. Un dato, que nos permite, poco a poco, ir encajando las piezas de este rompecabezas.

 

Ya apuntábamos en la introducción de este trabajo como el  significado etimológico del término Mari, al igual que el de Mairu, podría estar también relacionado con el hilado: Ma (madre) + ari (hilo). Y como ese “hilo”, podría representar el nexo umbilical entre el mundo de los vivos y el de los antepasados (inframundo o matriz de la Diosa), cuya entrada estaba simbólicamente situada en la boca de las cuevas.

 

De igual modo, la conexión mítica de los dólmenes con el inframundo pagano, está ampliamente documentada por numerosos prehistoriadores y se corrobora simbólicamente en el hecho de que su estructura arquitectónica evoca formas uterinas. En este sentido, hay que tener en cuenta que muchas de las pequeñas estructuras que quedan en pie hoy en día, no serían más que el “chasis” de la construcción original, la cual estaría recubierta originariamente por un montículo de tierra a modo de túmulo. Los llamados dólmenes de corredor, por ejemplo, tienen una entrada en forma de pasadizo (cuello uterino) que desemboca en una sala (matriz), por lo que el túmulo de tierra representaría simbólicamente el vientre (de la Diosa). Esta hipótesis adquiere aún mayor fuerza por el hecho de que cuando estas construcciones hacen las veces de sepulcro, los difuntos son enterrados en posición fetal.

 

Esta conexión simbólica entre el dolmen y el vientre de la Diosa, parece estar reflejada en algunas leyendas de las Islas Británicas, en las que las mujeres que construyeron los dólmenes, no llevan las piedras sobre su cabeza, sino en el interior de sus mandiles. Para algunos mitólogos, este mandil sería una representación del útero de la Diosa:

 

Dolmen de Slieve Gullion.
Dolmen de Slieve Gullion.

“Uno de los enterramientos megalíticos irlandeses más conocidos es el dolmen de Slieve Gullion, en Armagh, fechado en III milenio y conocido popularmente  con el nombre de Cailleach Birrn´s House, (la Casa de la anciana Señora). Según la tradición, esta Anciana vino del norte, transportando en su mandil grandes rocas que dejó caer al suelo, y con ellas se formó ese dolmen. Según Dames, el mandil es una versión popular del vientre divino de una diosa madre (1992, 220).” Fernando Alonso Romero, “Las mouras constructoras de megalitos”

 

Por otra parte, es evidente, que dichas estructuras megalíticas fueron concebidas con algún tipo de función ceremonial y así al menos lo atestigua el vecino de Mendibe que en 1952 habló con Barandiaran, pues aunque dicho megalito se conozca como “la casa de Mairi” (Mairietxe), el paisano, atendiendo a la tradición oral de su comarca afirmaba: “los antiguos decían que era la iglesia de los Mairi”.  Esta función religiosa o espiritual se hace más evidente en algunos templos o santuarios megalíticos de mayor tamaño, que en realidad no son más que dólmenes de grandes dimensiones, como el Templo de New Grange en Irlanda o el Sepulcro de Huerta Montero en España, en los que su puerta de entrada está alineada con el solsticio de invierno, dejando entrar un “rayo fertilizador” del sol en el interior del Templo (útero) que determina el inicio de un nuevo año.

 

Por tanto, la función ceremonial de los dólmenes estaría fundamentada, al igual que la cueva o el etxe, en su papel de “puertas” hacia el Mundo Subterráneo, hacia el vientre de la Diosa. Allá dónde se originan las fuerzas de la naturaleza y moran los ancestros. Un ejemplo en este sentido lo encontramos en Galicia, en el megalito de Porta do Alen que significa “puerta al más allá”, dónde la tradición oral dice que el Día de los Difuntos (Samaín en la cultura gallega), entrando a su interior y depositando una ofrenda, “uno puede comunicarse con los familiares muertos, cuyas palabras vienen en el viento que se bate entre las piedras”.

 

Gracias a la arqueología, hoy sabemos, que entre los objetos votivos que las sacerdotisas de la Vieja Europa neolítica ofrendaban en sus ceremonias sagradas, figuraban frecuentemente  utensilios relacionados con el arte de hilar y de tejer (husos, pesas de telar, fusayolas, ovillos,…). Estos objetos eran cuidadosamente colocados junto a las estatuillas femeninas (venus) en tumbas, altares y santuarios. 

 

 

Cabría preguntarse por tanto, si del mismo modo que ocurre en la cosmovisión ancestral vasca, en el que a pesar de los numerosos nombres y apariencias con los que se conoce a Mari, sabemos que en realidad estamos hablando de un mismo ser, no podrían de igual modo las mairis/mairus/moras peninsulares y otros personajes mitológicos femeninos europeos, representar a un mismo numen o deidad femenina preindoeuropea, que con el paso del tiempo y a medida que se fueron desvaneciendo y desvirtuando las cosmovisiones indígenas europeas, terminó por “pluralizarse”, manteniéndose su esencia mítica primigenia tan solo en algunos lugares, como ocurrió, en el territorio vasco, con el mito de Mari.

 

En un revelador trabajo de desciframiento a través del euskera, de los textos funerarios de algunas culturas preindoeuropeas mediterráneas (íbero, etrusco, minoico,…), Jorge Alonso y Antonio Arnaiz exponen como todas esas culturas denominaban por igual a una Gran Diosa del Mundo Subterráneo con el término “Ama.” Dicha deidad femenina presidía lo que los autores denominan la “antigua religión de la puerta” (Ata/Atean), un lugar por el que se accedía “a otra vida u otra dimensión”, y que en su caso identifican con el emplazamiento en el que era enterrado el difunto, desde el cual y según dichas inscripciones, su alma (anima) descendía hacia un lugar de oscuridad (bals) y llamas de fuego (Kar). El que la voz “anima” aparezca en dichos textos funerarios con el significado de “alma”, evidencia el origen preindoeuropeo del término, o lo que es lo mismo, que no viene del latín, como reiteradamente se empeñan en afirmar numerosos lingüistas. Por lo que, en consecuencia, podríamos aventurarnos a afirmar que la voz euskerika “arima” (alma) es entonces genuinamente vasca y puede ser incluso más antigua que “ánima”.

 

Y así, una vez más, nos encontraríamos con otro término “espiritual” vinculado al simbolismo del hilado: ari (hilo) + ma (madre/Diosa). Por lo que, cabría preguntarse, si del mismo modo la palabra izpiritu (espíritu), que la lingüística oficial también señala como un préstamo del latín al euskera, sea también originariamente vasca (recordemos que las sorginas de Zugarramurdi comenzaban su invocación con dicho palabra) y esté vinculado simbólicamente con ese “hilo” que une a todo ser vivo con la matriz creadora y regeneradora de la Diosa/Mari: “izpi” (brizna, filamento, fibra, rayo de luz,…).  

 

En resumen: Si tanto la cueva, como el dolmen y la sepultura tienen indudables connotaciones uterinas en la cosmovisión preindoeuropea, podríamos deducir por su parte que el hilo tendría un sentido umbilical, en cuanto a nexo entre el mundo físico y la matriz creadora de la Diosa/Mari. Dicha conexión umbilical (ari-ma, izpi-ritua), que posibilita la comunicación con las fuerzas espirituales de la naturaleza (entre las que se encuentran las almas de los difuntos de cada comunidad concreta), es la piedra angular en la que se fundamentan las prácticas y ritos animistas que hoy en día se engloban bajo el genérico nombre de chamanismo. Del mismo modo, podríamos afirmar de manera genérica, que en las cosmologías chamánicas el simbolismo del “hilo” no solo evoca la vinculación con la ascendencia de nuestro linaje familiar, sino también con la ascendencia de nuestro propio linaje espiritual, es decir, con las distintas manifestaciones físicas (vidas) que ha tenido un mismo espíritu a lo largo de su existencia y que trascienden lo que comúnmente conocemos como “ego.” Y así, determinados ritos iniciáticos, como los que antaño debieron tener lugar en el interior de las cuevas o de los dólmenes, debieron de estar relacionados con este conocimiento ancestral que permite llegar a conocer lo más profundo de uno mismo:

 

“Es decir, no son antepasados, sino el mismo Ser (espíritu) en anteriores manifestaciones existenciales. Usaré una metáfora, si bien alejada de la realidad nos será útil. Imaginemos que retrocedemos en el tiempo y que en pocos  segundos pasamos de la vejez a la madurez, de la juventud a la niñez, del parto  al feto y de éste al embrión. Cada una de estas etapas de vida son distintas modalidades existenciales o manifestaciones de un mismo ser ("espíritu") y todas ellas están unidas por un hilo invisible, a través del tiempo y del espacio, que nos permite conservar nuestra identidad. Ese hilo somos nosotros mismos. Ahora bien, si nos pudiéramos remontar a otras modalidades o estados, de ese mismo espíritu, pero anteriores al embrión, tendremos entonces la trama  genealógica (ontogenética). Si seguimos hasta el final nos encontraremos lógicamente con el espíritu (Ser) propiamente dicho, origen de las modalidades recorridas. Hemos reunido lo disperso, lo manifestado, de nuestro ser. Nos hemos reintegrado a la fuente de nuestras múltiples existencias.” Aukanaw,“La ciencia secreta de los mapuches.”